En la industria del shale argentino hay una máxima no escrita: la eficiencia siempre es bienvenida, pero cuando se transforma en presión estructural sobre la cadena de valor, deja de ser virtud y pasa a ser riesgo. ¿Vaca Muerta está en ese límite?
En los últimos meses se instaló con más fuerza el debate sobre costos en la cuenca. La primera piedra la tiró el presidente y CEO de YPF, Horacio Marín, que señaló que durante el último año se observó una reducción en los precios de los servicios, en línea con la búsqueda de mayor competitividad y eficiencia en el desarrollo del shale. «Cuando yo estudié economía, los textos sobre oligopolios decían: ‘hablan en un café y se ponen de acuerdo’, de casualidad todos tenían los mismos números», explicó y detalló que cuando llegaban las propuestas en Vaca Muerta eran todas iguales.
«Hay dos formas de romper un oligopolio, con competencia o con monopolio. Entonces les dije (a los oferentes): uno de los dos va a estar afuera. Y hoy tenemos precios honestos y morales de lo que corresponde para nuestra actividad, comparado con Permian, hay costo argentino en el medio que no les puedo pedir que bajen de ahí», concluyó. A partir de allí, se abre una discusión más amplia: ¿estamos frente a un sistema que evoluciona hacia mayor competencia o hacia una configuración más concentrada? La respuesta no es lineal y probablemente combine elementos de ambos procesos.
Bajo el objetivo de mejorar la eficiencia y acercar costos a referencias internacionales como el Permian, se lograron avances en términos de reducción de precios relativos. Sin embargo, el denominado “costo argentino” continúa siendo un factor relevante y, en algunos casos, con tendencia creciente. Esto introduce una tensión natural entre eficiencia buscada y estructura real de costos.
Desde el punto de vista operativo, los datos sugieren que el sistema no enfrenta hoy restricciones de capacidad instalada. Por el contrario, el equipamiento disponible en la cuenca podría, en condiciones ideales, alcanzar del orden de 250 a 300 etapas mensuales por set. “Sin embargo, la actividad efectiva se ubica significativamente por debajo de esos niveles: en la práctica, los promedios actuales se sitúan entre 120 y 170 etapas por mes por set, incluso considerando configuraciones más eficientes como bombeo continuo o SimulFrac. Esto evidencia una brecha relevante entre la capacidad técnica instalada y su nivel real de utilización”, explicó a VacaMuerta.ar un especialista de la industria.
“En términos generales, esto se traduce en niveles de utilización que, en promedio, se mantienen por debajo de su potencial. Este desfasaje no necesariamente responde a un exceso de inversión, sino más bien a cómo se distribuye y ejecuta la actividad disponible”, agregó.
En este contexto, es razonable pensar que los precios comienzan a reflejar no solo mejoras en eficiencia operativa, sino también dinámicas asociadas a escala, continuidad y concentración de la demanda. Cuando ciertos operadores, por su peso relativo, concentran volumen en determinados proveedores, el resto de la cadena tiende a competir por una porción más acotada del mercado, generando presión adicional sobre márgenes y utilización.
El “Efecto Permian” versión argentina
La experiencia internacional ofrece algunos antecedentes que invitan a la reflexión. En cuencas como el Permian, procesos sostenidos de presión sobre costos derivaron en etapas de consolidación, salidas de mercado y reconfiguración de la oferta de servicios. Si bien cada cuenca tiene particularidades propias, estos casos sirven como referencia para analizar posibles trayectorias, más que como predicciones directas.
En el caso de Vaca Muerta, la escala, el acceso a financiamiento y el grado de madurez del sistema son distintos, lo que hace que cualquier comparación deba tomarse con cautela. Aun así, la discusión de fondo sigue siendo válida: cómo equilibrar eficiencia de corto plazo con sostenibilidad del ecosistema en el mediano plazo.
El punto central no parece estar en la reducción de costos en sí, sino en los mecanismos a través de los cuales se logra. Cuando la eficiencia adicional no necesariamente se traduce en mejores condiciones para toda la cadena, pueden aparecer tensiones que impacten en la inversión, la incorporación de tecnología y el mantenimiento de la capacidad operativa.
En este escenario, las operadoras logran capturar mejoras en costos y márgenes, especialmente en contextos internacionales favorables. La pregunta relevante es si ese equilibrio puede sostenerse en el tiempo sin afectar la solidez del sistema de servicios que lo soporta.
El desarrollo del shale argentino se encuentra en una etapa clave. Más allá de la discusión sobre costos, el desafío pasa por consolidar un modelo que permita escalar de forma sostenida. Entender la cadena de valor como un sistema interdependiente es parte central de ese proceso: cuando uno de sus eslabones se tensiona, el impacto, tarde o temprano, se traslada al conjunto.
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