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  • Juguete Rabioso: En la 11° entrega, compartimos «La novia», de Patricio Denegri

    Juguete Rabioso: En la 11° entrega, compartimos «La novia», de Patricio Denegri

    En un pueblo donde el rumor pesa más que la verdad, un crimen abre la puerta a algo más oscuro: la culpa, la superstición y una noche de tormenta que no distingue entre vivos y muertos.

    Domingo 19:12 hs.

    La anaranjada luz del atardecer se filtra por la puerta abierta de la comisaría y llega hasta el fondo del calabozo permitiendo que la sombra de los barrotes se le dibuje en el cuerpo a Tomás, que está sentado con los pies arriba del catre, con los codos apoyados en las rodillas, y con la cabeza escondida entre los brazos.

    Las libertades, o lo desestructurado de los pueblos chicos le ha permitido a Martín, de once años y hermano de Tomás, mediante permiso del comisario que los conoce desde borregos, tener unos minutos junto a su hermano.

    -Tenemos que hacer algo Tomás, no sabés las cosas que andan diciendo…

    -Ya está, Martín -Tomás habla desde el fondo del calabozo, sin levantar la cabeza y con una voz exhausta.

    -¿Cómo ya está boludo? Están diciendo pavadas Tomás, están diciendo que vos mataste a Gutiérrez, al Rubén, dicen que te lo llevaste puesto con la chata…

    -Ya está Martín.

    -¿El pueblo entero diciendo eso y vos no te vas a defender? -Martín está a punto de que se le salten las lágrimas.

    Desde el escritorio de la entrada se escucha la vos del oficial:

    -¡Pibito! ¡Dos minutos y arafue!

    Martín se queda en silencio, las manos aferradas a los barrotes, los ojos brillosos clavados en esa imagen derrotada de su hermano. Una imagen que nunca creyó ver. Tomás había sido, y era, todo para él. Lo crió después de que sus padres murieran en un accidente, cuando volvían de la ciudad hacía ya más de cinco años atrás.

    – ¿Fuiste vos? -consigue articular Martín con la voz quebrada.

    Y Tomás, al menos una parte de él, se muere por decirle la verdad, de gritarle que sí, que estaba borracho, que la Silvia lo dejó, y que dobló muy abierto y que no lo vio, ¡que eran las cuatro de la mañana! ¡Que qué carajo andaba haciendo el Rubén Gutiérrez a esa hora por ahí, en el camino para el cementerio! que lo primero que pensó fue en irse a la mierda, pero no, se quedó ahí, y ahí lo encontraron, sentado en el pasto, con los ojos rojos, a unos pocos metros del cuerpo. Pero no. No puede decirle eso. No puede decirle la verdad a Martín, porque si bien ahora no levanta la cabeza y no puede verle la cara, sabe de la mirada que tienen su hermano en este mismo momento. Son unos ojos que ruegan que no. Que él le desmienta lo que en las calles del pueblo circula. Son los mismos ojos que a menudo lo miran con idolatría, los que cuando él llega de la leñera lo reciben con orgullo. Él no puede decirle a Martín que él, que  su hermano, es ahora un asesino.

    Una parte de Tomás, la que planifica la excusa, rebusca en la memoria, y encuentra. Las historias junto al fogón, generalmente después del asado del domingo. Cuentos, leyendas del pueblo que al mismo tiempo aterran y encantan a su hermano pequeño.

    Apenas levanta la mirada.

    -No fui yo Martín. Fue la novia.

    Tomás alcanza a ver la mueca que mezcla el asombro y el horror en el rostro de su hermano. Un segundo después, el oficial esta junto a él y lo obliga a retirarse.

    *

    Domingo 22:28 hs.

    Marianela escucha los truenos desde la habitación. Le agradan, le sirven para acallar el constante cuchicheo que viene de la cocina que esta junto a su habitación. Quiere ir y mandarlos a todos a la mierda, ordenarle a los gritos que se vayan, que se vayan todos, que quiere estar sola. Pero no puede, no tiene fuerzas para levantarse, para despegarse de aquella almohada empapada por sus lágrimas. Y también sabe que no es culpa de ellos. Que ellos, sus padres, sus tíos, y sus vecinos de toda la vida, solo están preocupados por ella. Pero ese susurro constante que procura no molestarla… la está volviendo loca.

    Solo quiere poder estar en silencio. Llorar. Y pensar en Rubén, su Rubén. Poder imaginarlo, dibujarlo en su mente. No puede ser verdad. No puede estar muerto. Hoy mismo, en este mismo momento, él y ella estarían saliendo de la iglesia, casados.

    Marianela levanta la vista y ve el maniquí que está en el fondo de su habitación, junto al espejo. Calzado en él, el vestido que ella no usará, el vestido blanco que Rubén nunca verá. No sabe por qué, si guiada por la pena o el dolor, se deshace de su ropa y se lo pone. Y se mira en el espejo, y llora, y siente una puntada de fuego que le atraviesa el esternón. En un rapto de ira se rompe el vestido, le arranca partes, le hace agujeros. Pero nada le da paz. Se deja caer el velo sobre la cara. No soporta ver ni el reflejo de su propio rostro marcado por el dolor. Escucha los susurros de la cocina y no los aguanta más. Solo quiere estar con Rubén. Abre la ventana y los postigos de su habitación. Sale con su vestido de novia a la calle en el mismo momento en que la tormenta se desata.

    *

    Domingo 04:12 hs.

    Rubén recorre el camino de tierra. Agradece que sea una noche cálida de primavera porque si no se congelaría. Va en calzoncillos y camina a los tumbos porque lleva los pies atados con una soga, al igual que sus manos en la espalda. Los graciosos de sus amigos lo dejaron así, atado y en paños menores en el cementerio hace como quince minutos. Le deben faltar unos quince más para llegar al pueblo. Él suponía que su despedida de soltero iba a ser brava pero no creyó que iba a terminar así. Seguro que ahora esos cuatro hijos de puta se estarán tomando una cerveza en Barrabas, el único bar del pueblo.  El viento sacude los eucaliptus enormes que flanquean el camino. El pedregullo le lastima la planta de los pies, pero aun así, nada logra ponerlo de mal humor. Mañana se casa. Y con Marianela. Rubén se distrae de lo tedioso de la marcha rememorando los meses de conquista, los años de noviazgo.

    Pasa unos cinco minutos así, avanzando a paso de pingüino y con una sonrisa que se le dibuja en el rostro con cada recuerdo, cuando escucha el rugido de un motor que se acerca. Ve la luz amarillenta que se asoma por la calle que desemboca en el camino al cementerio. El rugido crece, no hay dudas que es una camioneta. Rubén se ilusiona con que sean sus amigos que regresan por él, o aunque sea un conocido que lo pueda llevar hasta su casa. La chata se aparece por entre los pajonales que crecen a las orillas de la calle, se bambolea, va a una velocidad demasiado alta, peligrosa. Dobla demasiado abierto y los faroles ovalados ciegan a Rubén. Intenta apartarse, pero con los pies atados, tropieza. Antes de caer al suelo la camioneta lo impacta de lleno en lo largo de su cuerpo. Rubén muere en el acto. Jamás se casará con Marianela.

    *

    Domingo 23:11 hs.

    Marianela camina en el barro. Su vestido de novia se arruina. Pero a ella poco le importa. Camina en la tormenta, bajo el agua, bajo los relámpagos que iluminan el cielo, bajo los rayos que se cortan en el cielo nocturno que se esconde tras los eucaliptus que custodian su camino. El camino al cementerio. El camino a Rubén.

    Su familia, la de Rubén no quiso ni velorio ni nada por el estilo. Incluso ninguno de ellos se acercó ni a darle su pésame. Ella sabe que nunca la aprobaron, y que solo acudirían a su casamiento porque amaban a Rubén. ¿Quién no amaba a Rubén?

    Ahora el cuerpo descansa en la cripta de su familia. Y Marianela irá hasta allí para estar con él. Para estar con él.

    *

    Lunes 02:14  hs.

    Martín aguarda. Agazapado junto al muro ennegrecido de una casa abandonada. Se resguarda allí de la tormenta que amenaza con no escampar en toda la noche. Aferra con firmeza y ambas manos una de las hachas de su hermano.

    No puede decirle la verdad al pueblo. Nadie creerá que su hermano es inocente. Se reirán de él cuando afirme que a Rubén lo mató la novia. Ese espíritu vengativo de una mujer que asesina hombres para vengarse de aquel que la abandono en el altar y la condujo al suicidio. Nadie le creerá. Martín sabe que con seguridad Tomás, todo lo que él tiene en la vida, se va a pudrir en la cárcel. Ni siquiera lo tendrá cerca, se lo llevarán a una de esas cárceles de ciudad, lejos, y él no lo verá nunca más. Y Martín está harto. Harto de no tener nada, harto de perderlo todo.

    Escucha algo como un susurro y levanta el hacha. ¿Puede matarse un espíritu asesino con un hacha? Se lo ha preguntado una y otra vez durante las horas que lleva escondido. No lo sabe. Ruega que sí.

    Asoma la cabeza por el hueco de la pared en donde antaño hubo una ventana. El camino está hecho un barrial, hace más de dos horas que no para de llover con una fuerza inusual. No ve nada, pero cuando mira hacia su izquierda, hacia el lado del cementerio, un relámpago colabora y por apenas dos segundos puede ver con claridad una figura que regresa. Que se acerca. Lleva un vestido. Martín siente que se le congela el corazón.

    El susurro se ha transformado en un lamento. La novia llora bajo el aguacero. Martín se ha arrastrado por un agujero en el muro, ha salido de la casa y ahora se esconde detrás de un árbol, oculto entre pastos largos que lo cubren. A medida que ella se acerca puede verla mejor. El vestido grisáceo, embarrado y harapiento. Los movimientos torpes, espasmódicos. El llanto continuo. El rostro oculto tras el velo y un pelo largo y oscuro que le cae desordenado sobre los hombros.

    EL corazón de Martín ya no está congelado, ahora da golpes violentos como si quisiera escaparse de su propio cuerpo. Piensa en Tomás, al que no sabe si podrá volver a ver.

    Martín salta de entre los pastos cuando la novia ha pasado justo por delante de él. Ella se gira sorprendida. Él da una patinada en el barro pero consigue recomponerse. Ella lanza un grito cuando ve el hacha en las manos del pequeño. Martín tras el velo, solo percibe dos cuencas oscuras y una mueca negra. Supone el rostro del horror. Y baja el hacha con todas sus fuerzas.

    Martín no necesita de otro golpe. El hacha rompe el pecho de Marianela. Ella cae en el barro. Su lamento cesa, y ahora su vestido, el que nunca vio ni verá Rubén, se tiñe con el rojo oscuro de la sangre.

    La tormenta no cesa, y Martín se pregunta si todos los fantasmas sangran de esa forma.

    Lunes 02:27 hs.

    La novia observa. Desde allí, desde el lugar en donde están los que no están. Ve al niño que bajo el agua, arrastra por el camino, por su camino, el cuerpo de una joven con un vestido de novia. Lo arrastra tirando desde los tobillos en dirección al pueblo, dejando un surco en el barro. En el pecho, la chica lleva incrustada un hacha.

    Desde allí, sin todavía decidir si hacerse presente o no, la novia ve junto a aquel alma en pena, la tristeza de ambos, del vivo y de la muerta. Ve la que ni la tormenta más grande podrá disipar, y se pregunta si ya no basta, si ya no es suficiente, con tanto dolor.

    *

    PATRICIO DENEGRI. Plottier, Neuquén Argentina. Publicaciones digitales en Historias Pulp, revista Insomnia, diario La mañana de Neuquén, y en el sitio del Cedie (Centro de documentación e información educativa Alicia Pifarre). Participó en Antologías 2021 y 2022 de la editorial Ofidia.En 2021 se publicó la colección de cuentos Los perros negros no traen mala suerte. En 2023 se publicó la novela Todos los pájaros de humo. En 2025 Publicó en la Antología En el susurro de los primigenios, de Editorial Tirnanog. En 2022 fue primer puesto del concurso de cuento de ciencia ficción “De Abreu”  organizado por la “Asociación venezolana de ciencia ficción”. En 2024 ganó el segundo premio del mismo certamen.

  • La Chascona. Editar desde la Patagonia

    La Chascona. Editar desde la Patagonia

    En un contexto donde la industria editorial se concentra cada vez más en grandes centros urbanos, surgen proyectos que buscan abrir otros circuitos de lectura y producción. Es el caso de La Chascona, una editorial independiente nacida en la Patagonia que apuesta por visibilizar voces locales y construir un catálogo propio, arraigado en el territorio.

    Detrás de esta iniciativa está Horacio Margenat, docente y editor, quien encontró en el libro no solo un soporte para la palabra escrita, sino también un objeto artístico y una herramienta de encuentro comunitario. En esta entrevista, repasaremos el origen del proyecto, los desafíos de editar desde el sur y su mirada sobre la literatura, en un mundo que —según define— se vuelve cada vez más extraño.

    Te invitamos a que conozcas un poco más sobre este hermoso proyecto.

    Caro Alemán: Para empezar, ¿cómo nace la editorial Chascona?

    Horacio Margenat: Siempre me interesó el mundo editorial, pero por cuestiones de trabajo nunca tenía el tiempo suficiente para dedicarme a formarme y luego publicar. Siempre me atrajeron las revistas locales y participar en la edición. Incluso participé en la revista Desvío a comienzos de los años 2000 junto con Gustavo Santos y Delia Boucau. También seguía otras publicaciones locales como La Grieta o El Legendario.

    En 2019, cuando todavía me faltaba para jubilarme, empecé a escribir y a hacer cursos vinculados con las artes del libro: encuadernación, edición y corrección. Así fui involucrándome de a poco con la actividad editorial.

    Maite Sampablo: Y contanos…¿por qué elegiste “La Chascona”?

    Horacio Margenat: Buscaba una imagen que representara el espíritu de la editorial y que tuviera un vínculo local. Cuando llegué a la Patagonia como maestro de grado me llamó la atención la palabra “chascona”. Los chicos la usaban entre ellos, a veces de forma cariñosa y otras como insulto. Después aprendí que se usaba tanto en Chile como en Argentina.

    Significa algo así como “despeinado”, “desprolijo”, “distraído”. Me gustó porque la editorial tampoco pretende ser algo rígido o perfectamente ordenado. La idea es algo más dinámico, más genuino, donde lo importante sea el contenido más que la apariencia.

    Caro Alemán: ¿Cómo está pensado el catálogo?

    Horacio Margenat: En principio quiero editar autores y temas locales. Es decir, textos que estén vinculados con temáticas de nuestro territorio o con los sujetos de la región. El catálogo está dividido en dos líneas: ficción y no ficción.

    El primer libro que publicamos fue Crónicas Bomberiles, dentro de la línea de no ficción. Son textos de Martín Comezaña que originalmente habían sido publicados en diarios digitales. Surgió la idea de reunirlos en un libro y además destinar los beneficios al área de cuidados paliativos del hospital local Ramón Carrillo.

    Maite Sampablo: Nos preguntábamos si existe algo así como una identidad literaria patagónica. ¿Crees que si?

    Horacio Margenat: No estoy seguro de que exista una identidad tan definida todavía. En algunos textos aparecen ciertos elementos recurrentes: el paisaje, la población dispersa, la relación con los pueblos originarios o con los pioneros. Pero en lugares como San Martín de los Andes aparece mucho más la experiencia individual de quienes llegaron a vivir acá.

    Además, la región tiene relativamente poca tradición de cultura escrita. Aunque la cultura en sí tenga miles de años, la cultura escrita local tiene menos de 130 años aproximadamente.

    Caro Alemán: ¿Cómo es el proceso desde que llega un texto hasta que el libro está impreso?

    Horacio Margenat: Depende del proyecto. Por ejemplo, en la antología Branario primero definí el tipo de cuentos que quería reunir, dentro de lo que se llama ficción “weird”, una especie de ficción extraña que mezcla elementos de ciencia ficción y fantástico.

    Luego hice una búsqueda de autores: primero locales y después de otras partes de la Patagonia. Finalmente reunimos textos de varios autores y también invitamos a un autor colombiano, Luis Barragán, con la idea de que la presencia de un autor de fuera del territorio permita que se conozcan los autores locales. 

    Después viene el proceso editorial habitual: corrección, revisión con los autores, armado de la maqueta y diseño. Acá recibí colaboración de Martín Castañera, quien se encargó del arte general del libro. En nuestro caso no hicimos corrección de estilo profunda, porque me interesa respetar la voz de cada autor.

    Caro Alemán: ¿Y luego?

    Horacio Margenat:  Hicimos una prueba de impresión para verificar la calidad, y una vez aprobada se produjo la tirada completa. El libro se presentó en la Feria del Libro local y luego empezó todo el proceso de promoción y distribución tanto a Bibliotecas Populares como en librerías de la localidad. Además de entregas a los escritores, incluso lo enviamos a Colombia.

    Maite Sampablo: Dentro del proceso editorial, ¿qué parte disfrutás más?

    Horacio Margenat: Me gusta mucho la lectura de los manuscritos. Cuando encontrás una historia que te atrapa, desde la forma en que está contada y el modo en que está escrita, sentís que ahí hay algo que vale la pena publicar.

    También disfruto la etapa de diseño del libro: pensar cómo se va a ver en la página, qué tipografía usar, cómo presentar el texto. El libro no es solo un soporte para palabras, también tiene una dimensión estética.

    Maite Sampablo: ¿Qué significa Branario? El nombre del último libro publicado

    Horacio Margenat: Cuando tuvimos todos los cuentos se nos dificultaba pensar en un título que hiciera referencia a los 14 cuentos hasta que notamos que cada uno de ellos contaba una suerte de universo, de mundos raros. Pensamos en el multiverso que tiene una referencia en la ciencia y ahí fuimos a buscar palabras. Entonces encontramos que para la Teoría de las Cuerdas de la física, cada universo está dividido por membranas que se llaman branas, y este libro es una colección de universos y de allí viene la palabra Branario.

    Maite Sampablo: ¿Qué nos podés decir de la nota del editor que escribiste en Branario?

    Horacio Margenat:  En el prólogo trato de hacer dos movimientos. Por un lado, presentar la colección de ficción de La Chascona y, por otro, introducir el libro en sí. Lo que intento plantear allí es que la elección de este tipo de ficción busca poner en el centro la forma en que percibo el mundo hoy.

    Siento que el mundo está extraño, casi distópico. Muchas cosas que antes imaginábamos como propias de una distopía hoy parecen parte de la realidad; incluso a veces parece que uno pudiera empezar a hacer un documental sobre ello. En ese sentido, aunque se trate de ficción, creo que refleja de manera metafórica cómo se siente el mundo actualmente.
    Al mismo tiempo, lo que me interesa es que esta literatura pueda generar una reacción en los lectores: que invite a tomar conciencia y a involucrarse activamente en la búsqueda de salidas. La idea no es avanzar hacia una distopía, sino abrir la posibilidad de imaginar caminos distintos, algo nuevo que se acerque más a nuestros deseos.
    En ese contexto aparece la referencia al Caleuche, una leyenda que se ha ido transformando con el tiempo y cuyo origen exacto no está del todo claro. Se trata de la historia de un barco misterioso donde ocurrían cosas extrañas: quienes se acercaban corrían peligro, pero aquellos que regresaban lo hacían transformados. A partir de esa imagen surgen muchas historias, y me interesaba utilizarla como una metáfora dentro del prólogo.

    Caro Alemán: ¿Cuál sería el lector ideal de La Chascona?

    Horacio Margenat: Más que un lector ideal, me gustaría que haya más lectores. Pero si tuviera que imaginar uno, sería alguien que se comprometa con la lectura, que no solo lea para distraerse sino para inspirarse y hacer algo con lo que leyó.

    Caro Alemán: ¿Qué dificultades aparecen al editar desde la Patagonia? 

    Horacio Margenat: Es muy distinto, para mal y para bien. Para bien, porque editar autores locales en ciudades grandes es muy difícil: son desconocidos y cuesta que se distribuyan. En cambio acá es posible darlos a conocer, visibilizarlos y que circulen. Además, el libro cumple otra función: permite que vecinos que también son escritores se conozcan entre sí y puedan generar más proyectos.

    Maite Sampablo: O sea que el ámbito regional termina siendo más favorable.

    Horacio Margenat: Exactamente. Es más probable que alguien de San Martín compre un libro escrito por alguien de San Martín que que ese mismo libro se venda en Buenos Aires.

    Maite Sampablo: ¿Las ferias regionales funcionan mejor para la difusión?

    Horacio Margenat: Sí, mucho mejor. En ferias o eventos culturales el contacto entre el lector y el libro es directo. La gente se acerca, lo mira, pregunta, conversa. En esos espacios se venden muchos más libros que en una librería tradicional.

    Por ejemplo, estuve en una feria en Valdivia y fue una experiencia muy buena. El público se interesa más, hay más diálogo entre autores y lectores, y eso hace que el libro circule de otra manera.

    Caro Alemán: También mencionaste que escribís. ¿Qué proyectos tenés como autor?

    Horacio Margenat: Me interesa escribir ficción, pero una ficción muy ligada a lo real. Tengo pensado publicar un libro basado en hechos reales y en un personaje real de la zona. También estoy trabajando sobre un acontecimiento histórico ocurrido en San Martín de los Andes y en el área rural cercana. La idea es ficcionalizar esos hechos, pero manteniendo una parte documental.

    Maite Sampablo: ¿Te identificás más como escritor o como editor?

    Horacio Margenat: Como editor. Me da más miedo escribir que editar. Igual sigo aprendiendo en ambos casos, así que trato de tomar los dos procesos con naturalidad.

    Caro Alemán: Si hablamos de cambios tecnológicos, ¿qué lugar creés que ocupa el libro en la era digital?

    Horacio Margenat: Es curioso: nunca se publicaron tantos libros como ahora. El problema no es la producción, sino la visibilidad y las ventas.

    Al mismo tiempo, lo digital permitió que editoriales pequeñas, como La Chascona, puedan producir libros con más facilidad. Antes era mucho más difícil. Hoy existe una diversidad editorial muy grande.

    Además, el libro es también un objeto. No es solo un texto: tiene un diseño, una materialidad, un trabajo artístico.

    Maite Sampablo: Como docente que fuiste durante muchos años, ¿cómo ves hoy la relación de los jóvenes con la lectura?

    Horacio Margenat: Los jóvenes leen mucho, pero lo hacen principalmente en pantallas. Es un tipo de lectura diferente al que propone el libro.

    Sin embargo, los géneros que publicamos —fantástico, terror, ficción rara— sí son géneros que les interesan. Por eso también pensamos en ellos como posibles lectores, porque son la frontera del futuro.

    Caro Alemán: Para cerrar, ¿te gustaría agregar algo más?

    Horacio Margenat: Me gusta pensar el libro como un objeto artístico, como una forma de expresión. También invito a los lectores a acercarse a autores que no aparecen en las grandes editoriales.

    En lugares como San Martín de los Andes, donde muchos vecinos venimos de otros lugares, invito a los vecinos a conocer el lugar desde las visiones que se fueron construyendo de los que llegamos un poco antes que los actuales, porque todos hemos llegado en algún momento y los libros también pueden ayudarnos a construir comunidad.

    Si te interesa enviar tu manuscrito a La Chascona podés contactarte por Instagram en @la.chascona.editoria

  • Juguete Rabioso: En la décima entrega de esta temporada, «La Condición de la Estrella», de  Viviana Núñez Cabral

    Juguete Rabioso: En la décima entrega de esta temporada, «La Condición de la Estrella», de Viviana Núñez Cabral

    Un fotógrafo marcado por una extraña condición: un beso en la frente capaz de apagar la vida. Entre memoria, violencia y amor, su don —o condena— lo enfrenta al límite entre la piedad y la muerte.

    Lo esperaba, tenía una peregrina idea en la cabeza sobre los procedimientos, pero el mazazo hizo que saltara sobre el banco de metal renovándole el frío en los muslos a través de la bermuda. Por instinto abrazó la mochila para evitar que los rollos se desparramaran en el piso. El equipo le golpeó el pecho que, gracias a la correa, se mantuvo colgando en su cuello. Adentro estallaron carcajadas.

    Imbéciles.

    Enseguida hubo golpes casi rítmicos como si trataran de picar una barra de hielo. El pensamiento voló al refugio de un recuerdo de la niñez, cuando todavía no se le había revelado la condición. Sobre una bolsa de arpillera limpia, prolijamente extendida en el mesón de madera, su papá y el tío martillaban un punzón para sacar cubos de extrañas geometrías que enfriaran las jarras de agua, o vino, o granadina. Si tenían suerte, podían capturar pequeños cristales y metérselos en la boca.

    No se metan muchos, que les va a doler la garganta.

    Alguien empezó a aserrar del otro lado. No tenía recuerdos coincidentes; lo más parecido era su padre serruchando tablas para arreglar alguna cosa de la casa. El abuelo sí tenía sierras, dos tenía y dos serruchos. Uno muy chiquito, que sin embargo era pesado para sus manos infantiles. Quería usarlos, aprender, pero siempre se le saltaban a la primera mordida, entonces venían la reprimenda y el secuestro de la herramienta. Con el martillo, a veces tenía mejor suerte. Pero si no, mejor era aguantarse el machucón en el dedo para poder seguir practicando.

    Deje de travesear y guarde esas herramientas.

    El ruido adentro es insoportable, agudo. Lo odia tanto como a los dentistas. De eso dicen que se murió su primo. De una infección. El dentista lo había atacado con ese aparato que le metía adentro de la boca y a la boca la tenía abierta como si fuera a tragarse entera la sandía, agarrada con unos fierros la tenía. Esa vez también esperaba del otro lado. Se asomó con desesperación cuando escuchó gritar a Ramoncito. Parecía el chancho que carneó una vez el tío para una navidad y que ninguno de ellos comió. Se hizo pis y alguien dijo que hubiera sido menos problema si se quedaba en la casa. Pero en la casa no quedaba nadie, todos salieron urgente para llevarlo a Ramón, que pegó el primer alarido cuando mordió la sandía y después se desmayó.

    Que no le pase nada, cuántas veces te dijo que tenía ese dolor.

    Se putean, se amenazan. Cayeron instrumentos, algún órgano tal vez. Que la sangre que la mierda que este enchastre que te voy a reventar la cabeza hijo de puta que te voy a cagar matando pará pará pará. Sale uno, violento, da un portazo. Pero no mira; aprendió a focalizar en lo importante. El padre de Ramoncito estaba rojo, transpirado, y los ojos se le iban saliendo de la cara cuando gritaba insultando a la tía. Ella, que era tan grandota al lado de él, no hacía otra cosa que llorar y se iba achicando como un trapo empapado. No lo quería al padre de Ramoncito, nadie lo quería. Quería irse a su casa, que su papá viniera, pero entró al dormitorio y como si no tuviera miedo, ni los viera, se enfocó en su primo. Estaba muy feo, todo hinchado, con un poco de sangre y baba en la cara; no le importó: mejoró su foco y lo miró directo a los ojos, todavía estaba ahí adentro. Se inclinó sobre él y le besó la frente. Ramoncito sonrió; se agarraron las manos.

    Las personas a veces se mueren porque necesitan descansar.

    Aquella habitación quedó en silencio y su primo al fin pudo dormir. En la sala habían menguado las voces, apenas se escuchaba algún intercambio de murmullos y el sonido apagado de cosas que se iban poniendo en orden. Suspiró. Sacó de la mochila unos hilos encerados y se puso a tejer una trama. El tipo violento volvió, se había cambiado el ambo. Antes de entrar hizo un gesto como para decirle algo, pero se arrepintió enseguida, en cambio le largó una mirada de reojo, mezcla de registro y demarcación. No hizo caso, mantuvo la atención en el diseño que tenía entre sus manos. Ya había recibido miradas de ese estilo: impersonales, de escaneo. Como los lectores que evalúan el precio de un producto en los supermercados. Antes no había esos lectores, pero sí esas miradas. Los compañeros de su papá miraban así.

    Dios sabrá por qué.

    Por mucho tiempo revisó esa escena minuciosamente en el recuerdo; como si se tratara de un rompecabezas intentaba descubrir la pieza adulterada, la faltante. No había nada que su mente infantil de entonces pudiera aportar para resolverlo. Se había levantado temprano, con la urgencia de orinar a pesar de la oscuridad que separaba la cama del baño. Un sonido familiar le trajo alivio, su papá estaba vestido, listo para irse a trabajar. Con un dedo sobre los labios le indicó que no hablara y escoltó su regreso del baño a la cama. Le cubrió hasta el mentón con las cobijas y le pasó el dedo por la nariz para que cierre los ojos y vuelva al sueño. En un impulso sacó los brazos y, tomándolo del cuello, atrajo hacia sí la frente de su padre y la besó. A la mañana siguiente se encontró en la casa velatoria junto a su mamá, sus abuelos y un sinnúmero de hombres vestidos de azul observándoles con esa mirada de costado. Cuando hablaban decían que eran familia, cuando miraban, no. Adentro reinaba el silencio.

    Es temprano todavía para despertarse.

    Parecía que todos se hubieran retirado por otra puerta. Podría dormir ahí mismo si no fuera por la situación y por el frío imperante del lugar. La dureza del banco no sería condicionante para su sueño. Así de rígido era el asiento del tren conque llegó, después de un día y medio de viaje, al lugar más ignoto de la Patagonia. Su nueva casa, su decisión. A unas semanas de su arribo, un cartero le entregaba el telegrama donde le avisaban que había muerto la abuela. Deambuló por calles desconocidas hasta llegar a la orilla del río donde se sentó a llorar. Al despedirse antes del viaje, en el portón de su casa, le corrió un mechón y besó la frente de su abuela. Entonces tomó conciencia de su estrella.

    Cuidate mucho, siempre cuidate.

    La puerta se abrió. Un tipo flaco, con el ambo manchado le indicó que ya podía pasar. El lugar estaba impecable, mejor que la primera vez que entró. Se habían esmerado en no dejar rastro del zafarrancho que causaron un rato antes. El único espectáculo ostensible estaba sobre la camilla. Cuando volvió a Buenos Aires lo hizo para cuidar la agonía de su abuelo. No merecía morir así; le habían rebajado la morfina porque el hospital no tenía insumos ni remedios. Y tenía cama porque una sobrina de él era médica y se la había conseguido. Dudó; se torturó tres noches seguidas, alentándose en los momentos de sueño y descanso del abuelo que cada vez eran menos. Se retaba a hacerlo bajo el pertinaz razonamiento, pero el estómago y la voluntad le impedían el gesto liberador. El abuelo gritaba y gemía aún dormido, entonces no tuvo corazón para negarse y en medio de un llanto estremecido, lo besó. Un hondo suspiro apagó los signos vitales, quitándole toda duda para su espanto.

    Me lo pedía el corazón.

    Los tipos no le sacaban los ojos de encima. La clásica broma del muerto agarrándose la poronga, no surtió el efecto que esperaban cuando entró antes. Hizo una sesión rápida; un rollo de doce para el frente, ahora carga otro de veinticuatro para espalda y detalles. Mintió algunos disparos; no como las bestias que lo habían acribillado. La Patagonia es ventosa porque el viento tiene dónde ser. Su condición hizo que se apartara del contacto con la gente. Se valió de su capacidad para escribir, redactando algunas notas para un diario regional. A falta de recursos desde la redacción, se compró una cámara de segunda para ilustrar sus publicaciones. Creció en el periodismo gráfico y le encomendaron todo tipo de registros. En los grandes latifundios aprendió mucho del poder verdadero. No pudo sustraerse a la tentación de besar el visor de la Canon antes del último disparo a un hacendado que celebraba la apropiación de tierras de varias comunidades junto a un diputado de turno. Fue un gesto infantil, un juego. Enfocó directo a la frente; el efecto fue inmediato y la conmoción de todos los presentes fue tal, que nadie se percató de su turbación. Un derrame cerebral, diagnosticaron. El diario y otros medios le ofrecieron fortunas por la última foto, pero la familia del occiso le ofreció mucho más.

    Mírame, mírame, mírame y no me toques.

    Manuel yacía abierto ante sus ojos. En la primera sesión se convenció de que dormía. Corrían juntos, registrando la violencia de los hidrantes y esquivando balas cuando quedaron al resguardo de un móvil volcado; en la inminencia de la hora se atrevió a abrirse y habló con verborragia de su mala estrella. Al salir de Télam, decidieron tomar una cerveza en un bar de Retiro. Después de la sexta botella, Manuel, emergiendo de un profundo silencio entre ambos, miró directo a sus ojos y le dijo que no quería morir de otro modo que no fuera con un beso suyo en la frente.

    Y se hicieron leyenda los dos amantes.

    Entre los presentes en la sala, estaba su asesino. Piensa en flores, enormes cantidades, pletóricas de colores, muchas flores rabiosas de rojos. Dispara sin mirar. Sólo ve flores en la geografía del cuerpo de él. No tienen idea de quién tienen delante. El centralismo porteño, tal vez, era una frontera más sólida que la cordillera. Ahora esa frontera protege su fama. La de Manuel, era suficiente como para que ellos lo consideraran una presa de coto. Germinan amarillos en las capas expuestas de su piel y al fin el rojo se repliega ante un manto naranja. Manuel amó la Patagonia y embelleció el tiempo de su mirada. Algún día tendrían su hogar allí, un pedacito de tierra, quizá algún arroyo cercano. Y su beso en la frente para cerrar los ojos.

    Ya despiértate nena sube al rayo al fin.

    Los tipos están inquietos, tanta pericia los incomoda. Sobre su cuerpo sin vida regaron balas sin sentido, como todos los perros hacen cuando uno mea para marcar el territorio. Pero hay uno, uno, que está deseoso de develar su destreza. Lo capta cuando está registrando los disparos certeros; ninguno en el rostro para no arruinar la presa. Es una presa con mensaje. Reconoce el sudor frío que amenaza delatarse en su ropa. Reacciona y pregunta quién entalló esos tiros. El estatus de la palabra cautiva a la bestia que sonríe triunfal y se declara protagonista con un gesto de manos apuntándose en el pecho. Levanta una ceja, besa el visor, hace foco y dispara.

    *

     Viviana Núñez Cabral

    VIVIANA NÚÑEZ CABRAL. Técnica en Política, Gestión y Comunicación; Gestora Cultural Universitaria; Diplomada en DDHH. Integra: Allan Verse, Colectiva de Escritoras Patagónicas y la Unión Argentina de Escritores y Escritoras. Publicó: 2017: 27 Lenguajes+1 Arte y Psicoanálisis (co-autoría).  2019: Taller de Tango, narrativa. Los días del vinagre, poesía. 2020: Vestido, en Grito de Mujer 2020 Mar del Plata. Colgado en la plaza, Chile en Vigilia. Antología Internacional de Poesía: Contra molinos de Viento. Mención Premio Nacional Manuel Mujica Láinez, Como el Paraná. 2021: Antología. Poemas que serán árboles. Voces invisibles, antología de Literatura Infantil Juvenil del FEN. Los días del vinagre en antología Poetas del Neuquén FEN. 2022: Bitácora, poesía. 2023: Tren Patagónico, poesía. 2024: Poesía del Sur de Neuquén; CeDIE. 2025: Romance de la Insolda. Romancero patagónico. (También en formato de radioteatro). Premio Nacional CFI 2020 por revista web Patagonia CulturaS. Participante de los Encuentros “Chileno Argentino de Escritores, Puerto Montt”. Dicta talleres en línea y presenciales de poesía erótica y narrativa

  • Juguete Rabioso: En la décima entrega de esta temporada, «La Condición de la Estrella», de Viviana Núñez Cabral

    Un fotógrafo marcado por una extraña condición: un beso en la frente capaz de apagar la vida. Entre memoria, violencia y amor, su don —o condena— lo enfrenta al límite entre la piedad y la muerte.

    Lo esperaba, tenía una peregrina idea en la cabeza sobre los procedimientos, pero el mazazo hizo que saltara sobre el banco de metal renovándole el frío en los muslos a través de la bermuda. Por instinto abrazó la mochila para evitar que los rollos se desparramaran en el piso. El equipo le golpeó el pecho que, gracias a la correa, se mantuvo colgando en su cuello. Adentro estallaron carcajadas.

    Imbéciles.

    Enseguida hubo golpes casi rítmicos como si trataran de picar una barra de hielo. El pensamiento voló al refugio de un recuerdo de la niñez, cuando todavía no se le había revelado la condición. Sobre una bolsa de arpillera limpia, prolijamente extendida en el mesón de madera, su papá y el tío martillaban un punzón para sacar cubos de extrañas geometrías que enfriaran las jarras de agua, o vino, o granadina. Si tenían suerte, podían capturar pequeños cristales y metérselos en la boca.

    No se metan muchos, que les va a doler la garganta.

    Alguien empezó a aserrar del otro lado. No tenía recuerdos coincidentes; lo más parecido era su padre serruchando tablas para arreglar alguna cosa de la casa. El abuelo sí tenía sierras, dos tenía y dos serruchos. Uno muy chiquito, que sin embargo era pesado para sus manos infantiles. Quería usarlos, aprender, pero siempre se le saltaban a la primera mordida, entonces venían la reprimenda y el secuestro de la herramienta. Con el martillo, a veces tenía mejor suerte. Pero si no, mejor era aguantarse el machucón en el dedo para poder seguir practicando.

    Deje de travesear y guarde esas herramientas.

    El ruido adentro es insoportable, agudo. Lo odia tanto como a los dentistas. De eso dicen que se murió su primo. De una infección. El dentista lo había atacado con ese aparato que le metía adentro de la boca y a la boca la tenía abierta como si fuera a tragarse entera la sandía, agarrada con unos fierros la tenía. Esa vez también esperaba del otro lado. Se asomó con desesperación cuando escuchó gritar a Ramoncito. Parecía el chancho que carneó una vez el tío para una navidad y que ninguno de ellos comió. Se hizo pis y alguien dijo que hubiera sido menos problema si se quedaba en la casa. Pero en la casa no quedaba nadie, todos salieron urgente para llevarlo a Ramón, que pegó el primer alarido cuando mordió la sandía y después se desmayó.

    Que no le pase nada, cuántas veces te dijo que tenía ese dolor.

    Se putean, se amenazan. Cayeron instrumentos, algún órgano tal vez. Que la sangre que la mierda que este enchastre que te voy a reventar la cabeza hijo de puta que te voy a cagar matando pará pará pará. Sale uno, violento, da un portazo. Pero no mira; aprendió a focalizar en lo importante. El padre de Ramoncito estaba rojo, transpirado, y los ojos se le iban saliendo de la cara cuando gritaba insultando a la tía. Ella, que era tan grandota al lado de él, no hacía otra cosa que llorar y se iba achicando como un trapo empapado. No lo quería al padre de Ramoncito, nadie lo quería. Quería irse a su casa, que su papá viniera, pero entró al dormitorio y como si no tuviera miedo, ni los viera, se enfocó en su primo. Estaba muy feo, todo hinchado, con un poco de sangre y baba en la cara; no le importó: mejoró su foco y lo miró directo a los ojos, todavía estaba ahí adentro. Se inclinó sobre él y le besó la frente. Ramoncito sonrió; se agarraron las manos.

    Las personas a veces se mueren porque necesitan descansar.

    Aquella habitación quedó en silencio y su primo al fin pudo dormir. En la sala habían menguado las voces, apenas se escuchaba algún intercambio de murmullos y el sonido apagado de cosas que se iban poniendo en orden. Suspiró. Sacó de la mochila unos hilos encerados y se puso a tejer una trama. El tipo violento volvió, se había cambiado el ambo. Antes de entrar hizo un gesto como para decirle algo, pero se arrepintió enseguida, en cambio le largó una mirada de reojo, mezcla de registro y demarcación. No hizo caso, mantuvo la atención en el diseño que tenía entre sus manos. Ya había recibido miradas de ese estilo: impersonales, de escaneo. Como los lectores que evalúan el precio de un producto en los supermercados. Antes no había esos lectores, pero sí esas miradas. Los compañeros de su papá miraban así.

    Dios sabrá por qué.

    Por mucho tiempo revisó esa escena minuciosamente en el recuerdo; como si se tratara de un rompecabezas intentaba descubrir la pieza adulterada, la faltante. No había nada que su mente infantil de entonces pudiera aportar para resolverlo. Se había levantado temprano, con la urgencia de orinar a pesar de la oscuridad que separaba la cama del baño. Un sonido familiar le trajo alivio, su papá estaba vestido, listo para irse a trabajar. Con un dedo sobre los labios le indicó que no hablara y escoltó su regreso del baño a la cama. Le cubrió hasta el mentón con las cobijas y le pasó el dedo por la nariz para que cierre los ojos y vuelva al sueño. En un impulso sacó los brazos y, tomándolo del cuello, atrajo hacia sí la frente de su padre y la besó. A la mañana siguiente se encontró en la casa velatoria junto a su mamá, sus abuelos y un sinnúmero de hombres vestidos de azul observándoles con esa mirada de costado. Cuando hablaban decían que eran familia, cuando miraban, no. Adentro reinaba el silencio.

    Es temprano todavía para despertarse.

    Parecía que todos se hubieran retirado por otra puerta. Podría dormir ahí mismo si no fuera por la situación y por el frío imperante del lugar. La dureza del banco no sería condicionante para su sueño. Así de rígido era el asiento del tren conque llegó, después de un día y medio de viaje, al lugar más ignoto de la Patagonia. Su nueva casa, su decisión. A unas semanas de su arribo, un cartero le entregaba el telegrama donde le avisaban que había muerto la abuela. Deambuló por calles desconocidas hasta llegar a la orilla del río donde se sentó a llorar. Al despedirse antes del viaje, en el portón de su casa, le corrió un mechón y besó la frente de su abuela. Entonces tomó conciencia de su estrella.

    Cuidate mucho, siempre cuidate.

    La puerta se abrió. Un tipo flaco, con el ambo manchado le indicó que ya podía pasar. El lugar estaba impecable, mejor que la primera vez que entró. Se habían esmerado en no dejar rastro del zafarrancho que causaron un rato antes. El único espectáculo ostensible estaba sobre la camilla. Cuando volvió a Buenos Aires lo hizo para cuidar la agonía de su abuelo. No merecía morir así; le habían rebajado la morfina porque el hospital no tenía insumos ni remedios. Y tenía cama porque una sobrina de él era médica y se la había conseguido. Dudó; se torturó tres noches seguidas, alentándose en los momentos de sueño y descanso del abuelo que cada vez eran menos. Se retaba a hacerlo bajo el pertinaz razonamiento, pero el estómago y la voluntad le impedían el gesto liberador. El abuelo gritaba y gemía aún dormido, entonces no tuvo corazón para negarse y en medio de un llanto estremecido, lo besó. Un hondo suspiro apagó los signos vitales, quitándole toda duda para su espanto.

    Me lo pedía el corazón.

    Los tipos no le sacaban los ojos de encima. La clásica broma del muerto agarrándose la poronga, no surtió el efecto que esperaban cuando entró antes. Hizo una sesión rápida; un rollo de doce para el frente, ahora carga otro de veinticuatro para espalda y detalles. Mintió algunos disparos; no como las bestias que lo habían acribillado. La Patagonia es ventosa porque el viento tiene dónde ser. Su condición hizo que se apartara del contacto con la gente. Se valió de su capacidad para escribir, redactando algunas notas para un diario regional. A falta de recursos desde la redacción, se compró una cámara de segunda para ilustrar sus publicaciones. Creció en el periodismo gráfico y le encomendaron todo tipo de registros. En los grandes latifundios aprendió mucho del poder verdadero. No pudo sustraerse a la tentación de besar el visor de la Canon antes del último disparo a un hacendado que celebraba la apropiación de tierras de varias comunidades junto a un diputado de turno. Fue un gesto infantil, un juego. Enfocó directo a la frente; el efecto fue inmediato y la conmoción de todos los presentes fue tal, que nadie se percató de su turbación. Un derrame cerebral, diagnosticaron. El diario y otros medios le ofrecieron fortunas por la última foto, pero la familia del occiso le ofreció mucho más.

    Mírame, mírame, mírame y no me toques.

    Manuel yacía abierto ante sus ojos. En la primera sesión se convenció de que dormía. Corrían juntos, registrando la violencia de los hidrantes y esquivando balas cuando quedaron al resguardo de un móvil volcado; en la inminencia de la hora se atrevió a abrirse y habló con verborragia de su mala estrella. Al salir de Télam, decidieron tomar una cerveza en un bar de Retiro. Después de la sexta botella, Manuel, emergiendo de un profundo silencio entre ambos, miró directo a sus ojos y le dijo que no quería morir de otro modo que no fuera con un beso suyo en la frente.

    Y se hicieron leyenda los dos amantes.

    Entre los presentes en la sala, estaba su asesino. Piensa en flores, enormes cantidades, pletóricas de colores, muchas flores rabiosas de rojos. Dispara sin mirar. Sólo ve flores en la geografía del cuerpo de él. No tienen idea de quién tienen delante. El centralismo porteño, tal vez, era una frontera más sólida que la cordillera. Ahora esa frontera protege su fama. La de Manuel, era suficiente como para que ellos lo consideraran una presa de coto. Germinan amarillos en las capas expuestas de su piel y al fin el rojo se repliega ante un manto naranja. Manuel amó la Patagonia y embelleció el tiempo de su mirada. Algún día tendrían su hogar allí, un pedacito de tierra, quizá algún arroyo cercano. Y su beso en la frente para cerrar los ojos.

    Ya despiértate nena sube al rayo al fin.

    Los tipos están inquietos, tanta pericia los incomoda. Sobre su cuerpo sin vida regaron balas sin sentido, como todos los perros hacen cuando uno mea para marcar el territorio. Pero hay uno, uno, que está deseoso de develar su destreza. Lo capta cuando está registrando los disparos certeros; ninguno en el rostro para no arruinar la presa. Es una presa con mensaje. Reconoce el sudor frío que amenaza delatarse en su ropa. Reacciona y pregunta quién entalló esos tiros. El estatus de la palabra cautiva a la bestia que sonríe triunfal y se declara protagonista con un gesto de manos apuntándose en el pecho. Levanta una ceja, besa el visor, hace foco y dispara.

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     Viviana Núñez Cabral

    VIVIANA NÚÑEZ CABRAL. Técnica en Política, Gestión y Comunicación; Gestora Cultural Universitaria; Diplomada en DDHH. Integra: Allan Verse, Colectiva de Escritoras Patagónicas y la Unión Argentina de Escritores y Escritoras. Publicó: 2017: 27 Lenguajes+1 Arte y Psicoanálisis (co-autoría).  2019: Taller de Tango, narrativa. Los días del vinagre, poesía. 2020: Vestido, en Grito de Mujer 2020 Mar del Plata. Colgado en la plaza, Chile en Vigilia. Antología Internacional de Poesía: Contra molinos de Viento. Mención Premio Nacional Manuel Mujica Láinez, Como el Paraná. 2021: Antología. Poemas que serán árboles. Voces invisibles, antología de Literatura Infantil Juvenil del FEN. Los días del vinagre en antología Poetas del Neuquén FEN. 2022: Bitácora, poesía. 2023: Tren Patagónico, poesía. 2024: Poesía del Sur de Neuquén; CeDIE. 2025: Romance de la Insolda. Romancero patagónico. (También en formato de radioteatro). Premio Nacional CFI 2020 por revista web Patagonia CulturaS. Participante de los Encuentros “Chileno Argentino de Escritores, Puerto Montt”. Dicta talleres en línea y presenciales de poesía erótica y narrativa