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  • A 40 años de su muerte, Jorge Luis Borges sigue jugando su partido contra el fútbol

    A 40 años de su muerte, Jorge Luis Borges sigue jugando su partido contra el fútbol

    Por estos días, el planeta vuelve a detenerse frente a una pelota. El Mundial de Estados Unidos, México y Canadá ocupa pantallas, conversaciones, redes sociales y portadas de diarios. Cada cuatro años el fútbol construye una geografía propia, una especie de idioma universal capaz de hermanar o enfrentar a millones de personas detrás de una camiseta. En medio de esa fiebre global, una fecha invita a mirar hacia otro escenario. Este 15 de junio se cumplieron 40 años de la muerte de Jorge Luis Borges, ocurrida en Ginebra en 1986, cuando otro Mundial —el de México que coronaría a la Selección Argentina— acababa de comenzar.

    La coincidencia tiene algo de ironía literaria. Pocos intelectuales argentinos fueron tan implacables con el fútbol como Borges. Y, sin embargo, pocos quedaron tan asociados a él a partir de sus críticas.

    «El fútbol es popular porque la estupidez es popular», dijo alguna vez, en una de las frases más citadas de su repertorio. La sentencia recorrió décadas, provocó enojos, debates y respuestas de hinchas, periodistas y escritores. Pero detrás de la provocación había una idea más profunda: su rechazo a las manifestaciones masivas y a las formas de nacionalismo que, según entendía, el deporte potenciaba.

    Borges veía en el fútbol una representación de aquello que más desconfiaba: la exaltación colectiva, la pertenencia tribal y la necesidad de vencer al otro. «El fútbol despierta las peores pasiones», sostuvo en otra entrevista. Le molestaba menos el juego que aquello que se construía alrededor del juego. Su mirada chocaba frontalmente con la cultura argentina.

    Mientras la Selección debutaba frente a Hungría en el Mundial 1978, Borges brindaba una conferencia sobre la inmortalidad.

    Mientras generaciones enteras organizaban sus recuerdos alrededor de goles, campeonatos y hazañas deportivas, Borges prefería los laberintos, los espejos, las bibliotecas y los tigres. Donde el país encontraba épica, él encontraba ruido. Donde millones descubrían belleza, él observaba una maquinaria de fervor colectivo que le resultaba ajena.

    La anécdota más famosa ocurrió en 1978, pocos meses después de que Argentina conquistara su primera Copa del Mundo. César Luis Menotti, flamante campeón mundial, cumplió entonces uno de sus sueños: entrevistar a Borges.

    La presentación fue inolvidable. «Usted debe ser muy famoso», le dijo el escritor. Menotti sonrió, sorprendido. «Porque mi empleada me pidió un autógrafo suyo», remató Borges. La respuesta condensaba su humor, su ironía y también su distancia respecto de un fenómeno que movilizaba al país entero.

    Durante el Mundial de 1978 fue todavía más lejos. Mientras la Selección debutaba frente a Hungría, Borges decidió ofrecer una conferencia sobre la inmortalidad exactamente en el mismo horario del partido. Era una forma elegante —y también provocadora— de señalar su desacuerdo con la centralidad que el fútbol ocupaba en la vida pública.

    El encuentro entre Borges y Menotti.

    Sin embargo, como ocurre con casi todos los grandes escritores, Borges era mucho más complejo que sus frases célebres.

    Nunca fue un aficionado al deporte, pero tampoco ignoró completamente el fenómeno. Junto a Adolfo Bioy Casares escribió «Esse est percipi» (Ser es ser percibido), un relato donde el fútbol aparece como metáfora de una sociedad dominada por los medios de comunicación y la construcción artificial de la realidad. Allí imaginó partidos inexistentes que sólo cobraban vida porque eran narrados por la radio y la televisión. El texto forma parte del libro «Crónicas de H. Bustos Domecq» que escribieron juntos Borges y Bioy Casares.

    Leído desde 2026, en tiempos de transmisiones globales, redes sociales, inteligencia artificial y realidades digitales, aquel cuento parece una premonición. Borges, que desconfiaba del fútbol, terminó comprendiendo antes que muchos cómo funcionaban los mecanismos de representación que lo rodeaban.

    Existe además una paradoja final. Borges murió el 14 de junio de 1986. Apenas ocho días después, Diego Maradona convirtió el Gol del Siglo y el de la Mano de Dios frente a Inglaterra en el estadio Azteca. Mientras el escritor desaparecía físicamente, el fútbol argentino comenzaba a escribir una de sus páginas más extraordinarias.

    Existe además una paradoja final. Borges murió el 14 de junio de 1986. Apenas ocho días después, Diego Maradona convirtió el Gol del Siglo y el de la Mano de Dios frente a Inglaterra en el estadio Azteca. Mientras el escritor desaparecía físicamente, el fútbol argentino comenzaba a escribir una de sus páginas más extraordinarias.

    Quizás Borges nunca habría entendido por qué millones de personas siguen emocionándose frente a un partido.

    La literatura y la pelota, dos universos que parecían irreconciliables, quedaron unidos para siempre por una extraña coincidencia del destino.

    Quizás Borges nunca habría entendido por qué millones de personas siguen emocionándose frente a un partido. Quizás tampoco habría cambiado una sola línea de sus críticas. Pero hay algo que seguramente habría apreciado: la capacidad del fútbol para generar relatos.

    Porque si algo demostró el tiempo es que el fútbol no sólo produce goles y campeones. También fabrica mitologías, héroes, derrotas memorables y narraciones que atraviesan generaciones. Y en eso, curiosamente, se parece bastante a la literatura.

    Tal vez por esa razón, cuarenta años después de su muerte, Borges sigue disputando su propio partido contra el fútbol. Un partido que, para fortuna de lectores e hinchas, todavía no terminó.

  • La muerte íntima de Jorge Luis Borges

    La muerte íntima de Jorge Luis Borges

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    En la ciudad de Ginebra, Suiza, en la calle Rue de la Muse 4, murió Jorge Luis Borges, el 14 de junio de 1986, a eso de las 6 de la mañana. Habrá escuchado a Ferrer : “…será de madrugada, que es la hora en que mueren los que saben morir”. 

    La enfermera que lo cuidaba de noche despertó suavemente a María Kodama y le susurró: “Acaba de morir”. No hubo gritos desgarradores, la noticia era esperada desde al menos tres días. María se levantó rápidamente. Lo besó en la frente, aún tibia, con la sábana le tapó la cara. 

    Tomó el teléfono y llamó inmediatamente a su abogado, Fernando Soto, quien, temporariamente vivía en Ginebra. “Georgie ha muerto”. La respuesta fue inmediata: “Está bien yo me ocupo”, dijo el abogado. Estaba todo previsto. Dar parte oficial a la muerte para obtener el certificado de fallecimiento. Proporcionar información pública a la prensa. El texto estaba escrito desde hacía 10 días y solo le faltaba la fecha y la hora. María tenía en la casa el dinero necesario para los gastos inmediatos y el abogado contaba con una suma considerable para responder a imprevistos. 

    El diseño de la lápida ya lo tenía desde unos meses atrás un conocido marmolista de Córdoba, Argentina, al que se le había dado el dibujo que había hecho un arquitecto belga amigo de María. No le habían dado el nombre ni las fechas a labrar. Ni Borges, ni María podrían haber leído el texto escrito en sajón antiguo.  La lápida era de ostentosa humildad, ginebrina. Un extremo es el dolor a la italiana, entre admiración, desgarro, y mayúsculas. Otro extremo es el despojo calvinista. Ambos estallidos emocionales. 

    La tumba de Jorge Luis Borges en el Cementerio de los Reyes, en Ginebra.

    Ni bien quebrada la rama, Borges, transformado, se posó levemente en el suelo como una ligera niebla con todos los sentidos recuperados. Lo sacudió un ligero temblor y con decisión dejó la habitación, luego la casa, pasando por debajo de las puertas. Su cuerpo quedó atrás,  y por primera vez, no tenía alrededor  a nadie que lo cuidara ni orientara sus pasos. No dudó y se dirigió rectamente hasta la casa que había ocupado por el año 1913 cuando había llegado a Ginebra junto a sus padres. Estaba tal como la recordaba. Se distrajo recorriendo las habitaciones con sus vivencias pegadas a las paredes. Tuvo la certera intuición que esta nueva etapa era larga; no imaginaba todo lo que sería. Y por nostalgia, recuerdos o debilidad se propuso hacer un viaje extenso por las dos ciudades que lo habían formado, Ginebra y Buenos Aires. Poco después cruzó las calles que lo llevaron hasta el Colegio Calvin donde había cursado el que sesenta años después llamaría “mi dudoso bachillerato” 

    Continuaba siendo un prestigioso centro de enseñanza media, fundado por Jean Calvin en 1559. Hoy es Colegio  más antiguo de la ciudad. Reconoció desde la puerta a los ladrillos de sus aulas, el pupitre que le habían asignado y por un momento tuvo la visión que, en silencio y respetuosamente ingresaba junto a sus compañeros en la sala. Le costó despegarse del recuerdo, como esas cintas adherentes que cuando se intenta quitarlas se pegan en las puntas de los dedos. 

    Se deslizó las pocas cuadras que lo separaban de la Catedral calvinista de San Pedro. Imponente. Una roca brotando del mar. Así de adusta. Gris. Sin una sola imagen, prohibidas por el calvinismo. Sin el color de ningún vitraux. Con la silla de hierro y madera en un lugar apartado, pero de todas formas centro de referencia, que había usado Jean Calvin para sus meditaciones.  Buscó el reclinatorio que utilizaba ese muchacho argentino cuando visitaba la Catedral. No lo encontró. Todo cambia. Él no era un punto de referencia. 

    Subió a la torre del campanario donde ese mismo día, algunas horas después, doblarían por su alma las campanas de bronce. Sonido acompasado, de barítono y bajo profundo, para hacernos meditar que así pasa la gloria del mundo. Como nubes, como velas, como sombras. 

    Borges nunca vivió en Suiza. No le interesaba Suiza, como sí le interesaba Italia. Borges vivió en Ginebra que es otra cosa, y de la ciudad sólo vivió en el casco histórico, de modo que aprovechó la altura en la que estaba, para formarse flecha y volar al Atlántico Sur hasta el Río de la Plata. 

    En la superficie María Kodama seguía paso a paso su estrategia, que había sido estructurada con los consejos y la experiencia de Soto que se había transformado en el ejecutor del plan. El interés del abogado en llevarlo adelante tiene que imaginarlo cada uno. 

    María era nisei asumida. Hija de un inmigrante japonés, Yosaburu Kodama, tal ves técnico químico, que había llegado a Buenos Aires en  1928, porteña pura.  Por mandato ancestral estaba obligada a perfeccionar al máximo sus cualidades y una vez logrado, dar un elástico salto para subirse sobre los hombros de su padre. Así aumentar el poder y prestigio familiar. 

    María, hija única ya había dado ese paso. Pero, como en los circos famosos, la trapecista podía complicar la acrobacia dando otro salto para caer, ahora sobre los hombros de Borges. Ella fue la primera persona en percibir la oportunidad de crear “Borges Co.” Y pretendía el derecho de ser el CEO General de la Corporación. Tenía ejemplos para seguir. El más próximo era el de Marina Castaño, la viuda de Camilo José Cela, enemigo íntimo de Borges. 

    Al igual que Marina ambas mujeres fueron 40 años menores que sus famosos esposos. Treinta y ocho en el caso de María, cuarenta en el caso de Marina. Camilo, que gozaba tanto como Borges en destruir a los periodistas incautos que los entrevistaban, eran en todo lo demás diametralmente opuestos. “Lo sorprendió el haber sido laureado como Nobel de la Literatura” le preguntaron a Cela que respondió: “Absolutamente. Sobre todo porque yo esperaba el de Física”. Y Borges a otro periodista que lo indagó sobre si le afectaba no haber sido designado: “El Nobel no es para escritores, sino para personajes públicos que hacen algo fuera de la literatura. No me interesa, realmente no”. 

    La flecha llegó a Buenos Aires y se clavó en su barrio. La Recoleta. Se hizo sombra en un rincón de la esquina de Maipú y Tucumán. Era temprano para el horario comercial del barrio. El movimiento comenzaba después de las nueve de la mañana. Descansó. 

    Más tarde comenzó a recorrer el conocido barrio. Fue hasta la Librería de Alberto Casares donde compraba algunos libros y conversaba con el dueño: “después de los sesenta nunca compro un libro actual. No me interesan las novedades”, le había dicho al librero. El restaurante en el que solía almorzar ya no estaba. Ahora era una zapatería. No intentó entrar, prefirió el recuerdo. A la vuelta estaba su casa. Entró sigilosamente en ella y allí se quedó un rato. Su habitación, el cuarto de estar donde charlaba con su madre, Doña Leonor. Fue a la cocina, reinado de Epifanía Úbeda fiel empleada doméstica durante casi de 40 años. Epifanía fue tomada por Doña Leonor de adolescente, recién llegada de Corrientes.  Dio una vuelta a su alrededor y aprobó: “para trabajar en casa primero tenés que cortarte las dos trenzas, y olvídate del guaraní. Aquí se habla español. Ah… te llamarás Fanny”, “Sí Señora“,  alcanzó a decir la muchacha. Me pregunto si el corte de la identidad de las trenzas, quitarle el idioma natal, y cambiarle de nombre,  no es expresión del esclavismo más profundo. Pero Doña Leonor era una dama católica que rechazaba todo esclavismo.  

    Fanny no fue cocinera, o mucama, o lavandera, solamente. Ella fue la puerta abierta del escritor al resto del país. Por ella entendió el verdadero arrabal, los cuchilleros que amorosamente relata, los vio con los ojos de Epifanía. Borges era un niño tímido, físicamente cobarde, un aterciopelado  osito de peluche que descubrió el valor de lanzas y sables en la vida de sus antepasados, y el ballet de los cuchilleros en las letras de los tangos. 

    En la superficie se dice que Fanny utilizó dinero de la casa y fue despedida por María sin pagarle un peso. A Borges la acusación familiar no lo sumaba. Le tenía afecto cierto a la mujer.  Salió sigilosamente, con respeto de la casa y se dirigió al Cementerio para ver y charlar con los suyos. No lo esperaban. Visitó a su amigo Bioy Casares porque había comprendido que él fue su único y verdadero amigo. No era incondicional, era amigo. De paso calculó donde podría descansar cuando le hiciera su nicho. 

    El sol ya calentaba un poco los frescos días de junio y se dirigió hasta Retiro con su ajetreo diario. Trenes, pasajeros, cargas generales, y los nombres remotos de Córdoba, Tucumán, Salta en el aire, como un amanecer lejano. Suspiró profundamente y comenzó a tomar velocidad. Se hizo torbellino alrededor de la Torre de los Ingleses, y de pronto salió disparado como un cohete rumbo de los cielos. 

    Allí una Sala de Recepción amplia, limpia, sin papeles en el suelo. Un letrero luminoso: “Nada para declarar”, y ese camino eligió la flecha borgiana.. No fue interrogado y pasó al patio intermedio. Un oficial de Admisión se le acercó afable: “¿Algún olvido? ¿Nada para declarar?”. Insistió la flecha:: “No.. Nada para declarar”.  Le respondió el oficial: “Entonces pase” y le abrió la puerta al Jardín. 

    Era suavemente empujado por millones de husos algodonosos como él, que entraban en el Jardín. Se dejó llevar y el amplio espacio le fue dando más comodidad. No sabía a dónde dirigirse. Vivía como en esos grandes recitales, con la expectación de lo que tenía que suceder, pero nada comenzaba. 

    Buscó identidades, rasgos comunes, reconocibles, sin hallar nada. No lo esperaban, no lo guiaban. Tardó en darse cuenta de que eso era la libertad que nunca había experimentado. No estaba Victoria Ocampo que lo hizo secretario perpetuo de sus emociones. Tampoco su madre, Doña Leonor que lo manipuló toda la vida.. María estaba en la superficie construyendo su empresa. No tenía que escribir bajo las exigencias de sus editores. Estaba con su propio tiempo en sus manos. “Maestro, ¿qué debo hacer para ser libre?”.  Respuesta: “¿quién te sujeta?”. Nadie lo sujetaba y esa fue la primera enseñanza del Jardín. Le faltaba la última. 

    Una sombra ligeramente gris teñía su apariencia. Un pecado escondido, que había, sin embargo, reconocido públicamente. “He cometido el peor de los pecados que un hombre puede cometer. No he sido feliz. Que los glaciares del olvido me arrastren y me pierdan despiadados…” 

    La repetida exageración borgeana, invocar a los “glaciales del olvido y  que lo pierdan despiadados”, es cómo Almafuerte diciendo:” Yo soy el resuello del mar, del mar augusto y perverso, la repercusión, el verso, la placa donde resuena, la formidable y serena rotación del universo”. Moderación, Almafuerte, no eres tanto. Sólo un excelente maestro rural, una personalidad imponente, pero muchísimo menos que la placa del Universo. 

    A Borges el hierro de la infelicidad lo lastraba  como lo había hecho en la superficie, pero no era un gran crimen, sino una lastimadura familiar. De todos modos era una astilla de su propia cruz la que lo molestaba y le causaba ardor en lo que le quedaba de alma luego de haberla traficado tantas veces. 

    “Pero Alá es más sabio y en un parpadeo puede cambiar todas las circunstancias”. Notó que se le acercaba un hombre de baja talla y mirar intenso que con palabra de fuego le dijo: “me llamo Pablo. Te recuerdo que se te ha dado la libertad, para ser libre. Sé feliz”. 

    Dichas estas palabras sintió algo parecido a un choque eléctrico,  su niebla comenzó a perder las moléculas de su pecado,  como si fuesen escamas ferrosas se desprendían  en  diminutas motas grises que la lastraban. Comenzó a brillar con su plena luminosidad. Pablo de Tarso se fue sin dejar estela. 

    Ésta fue la gloria de Don Jorge Luis Borges. 


  • Hebe Uhart: vuelve «Del cielo a casa» y el arte de hacer reír en serio

    Hebe Uhart: vuelve «Del cielo a casa» y el arte de hacer reír en serio

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    Reírse a carcajadas no es algo tan frecuente. Reírse a carcajadas delante de un libro, menos. “Del cielo a casa”, el libro de Hebe Uhart que la editorial Adriana Hidalgo publicó hace más de 20 años y que ahora acaba de reeditar, es la posibilidad de entregarse a esa chance maravillosa -y muy poco habitual- que es reír frente a un libro. No una. Muchas veces.

    ¿Cómo hacía esa mujer que -quizás ya parezca un lugar común, de tanto repetirlo, pero no- fue considerada la mejor cuentista argentina, incluso por el poco regalón de Fogwill; que Haroldo Conti comparó con Carson McCullers y de la que Elvio Gandolfo decía que construía un mundo a partir de su lenguaje? ¿Cómo hacía para que todo parezca simple? ¿Cómo, para hacer estallar el lenguaje, su mirada rara y su oído absoluto, en una frase genial que desarma al que lee en una carcajada?

    En “Congreso”, por ejemplo, donde cuenta una invitación a Alemania para participar, justamente, de uno de esos encuentros de escritores, investigadores y especialistas, pone en primer plano el snobismo de algunos de los participantes. En un momento, cuando van a leer uno de sus textos en alemán, ella no sabe cómo ponerse los auriculares. El “estudioso”, como llama al colega que fue invitado como ella, “me los puso de mala gana y le dijo al presentador:
    —Sepa disculpar el subdesarrollo.
    Pero no pude detenerme en esa observación, porque ya un actor empezaba a leer mi cuento en alemán. Yo no entendía absolutamente nada. ¿Por dónde iría en el cuento? Solo entendí que decía ‘tomates’ y ahí me di cuenta de por dónde iba. Que ese cuento, escrito en un lenguaje tan cotidiano, que contaba un amor adolescente no correspondido, fuera leído en alemán no me producía satisfacción: más bien estaba perpleja. ¿Qué entenderían los alemanes de eso? Y, además, mi compañero de lecturas, cuando escuchara la versión en castellano, pensaría que, además de ser subdesarrollada, nunca nadie me había dado bola”.


    Una observadora de las cosas mínimas


    Hebe Uhart (Moreno, 1936–Buenos Aires, 2018) construyó una obra singular dentro de la literatura argentina, lejos de la grandilocuencia y cerca, muy cerca, de las inflexiones mínimas de la vida cotidiana. Fue maestra y, también, una observadora infatigable: viajaba, conversaba, escuchaba y tomaba nota de las modulaciones del habla, de las rarezas de la conducta, de esos desajustes leves que revelan mundos enteros. Publicó cuentos, nuevas crónicas de viaje y novelas breves que se fueron convirtiendo en objeto de culto, primero entre escritores y después entre lectores cada vez más amplios. Su consagración tardía no hizo más que confirmar lo que muchos ya sabían: que había en su prosa una inteligencia afectiva, una ironía sin crueldad y una precisión que le permitían ver donde otros apenas miraban.

    “Del cielo a casa”, el primer libro que Uhart publicó en Adriana Hidalgo editora, hace más de 20 años, en 2003, es una puerta privilegiada a su universo. Reúne relatos donde lo doméstico, lo aparentemente menor, se vuelve materia de revelación y humor.

    Puede ser aquel congreso, una visita a una veterinaria (donde “quizás el conocimiento de que hay tantos bichos cn problemas en este mundo aplaste un poco a la gente de la sala de espera; no son sólo ellos; el mundo está poblado de problemas”). Es Uhart en estado puro: le basta con una frase torcida, un detalle que descoloca , los comentarios de una mujer que viaja junto a ella en el avión que la trae de vuelta a casa.

    Allí están sus personajes -viajeros desconcertados, interlocutores ligeramente desfasados- y, sobre todo, su oído, ese instrumento finísimo, esa antena que usaba como una marciana para captar lo que se dice y lo que se escapa en lo dicho. Ahí está ese poder que nos hace reír, a carcajadas, frente a un libro. No es frecuente y es genial.


  • La pasión por Borges que lo llevó a Ginebra

    La pasión por Borges que lo llevó a Ginebra

    Hay destinos que parecen escritos de antemano. O al menos eso podría pensar cualquiera que conozca la historia de Marcos Liyo.

    Nació en Neuquén, estudió Ciencias de la Comunicación, trabajó como cartero, bartender y gerente administrativo de un centro de salud. Vivió en distintos países, pero nunca imaginó que terminaría instalándose en Ginebra, la ciudad donde murió Jorge Luis Borges y donde descansan sus restos.

    Sin embargo, cuando cuenta cómo empezó todo, la historia tiene algo de las casualidades que tanto le gustaban al propio escritor. A los 19 años, mientras estudiaba en Buenos Aires, un amigo que cursaba Derecho le pidió un favor. Debía retirar unos apuntes de una materia de Literatura y no podía hacerlo él mismo. Marcos aceptó.

    Cuando tuvo aquellas fotocopias en sus manos comenzó a leerlas por curiosidad. Eran poemas de Borges. «Me puse a leer y me pareció buenísimo. A partir de ahí no paré», recordó en conversación con Mejor Informado.

    Aquella lectura casual terminó convirtiéndose en una pasión que marcaría el resto de su vida.

    El célebre escritor argentino decidió pasar sus últimos días en Ginebra, ciudad europea donde vivió en su juventud y estudió durante la Primera Guerra Mundial.

    Una amistad con Borges

    Con el paso de los años llegaron los cuentos, los ensayos, las biografías, los estudios académicos y una lectura cada vez más profunda de la obra borgeana. Pero para Liyo, la relación con Borges trascendió lo literario.

    «Yo siento que Borges es uno de mis amigos. No es una persona ajena a mi vida ni una persona lejana en mi vida cotidiana», contó. La frase resume una relación que fue creciendo durante más de dos décadas.

    Marcos habla de Borges como quien habla de alguien cercano. Memoriza versos mientras camina, cita frases del escritor en conversaciones cotidianas y dedica gran parte de su tiempo a estudiar y divulgar su obra.

    Esa pasión fue tan intensa que terminó influyendo incluso en el lugar que eligió para vivir. El viaje hacia una ciudad imaginada Antes de llegar a Suiza, Marcos pasó temporadas en España y Nueva Zelanda. Pero Ginebra tenía un significado especial. Era una ciudad que conocía mucho antes de recorrer sus calles.

    Había llegado a ella a través de las páginas de Borges. Durante años leyó sobre la etapa adolescente que el escritor pasó allí entre 1914 y 1918, cuando la familia Borges se instaló en Suiza en plena Primera Guerra Mundial. También conocía la importancia que esa ciudad tuvo en sus últimos años.

    No fue casualidad que Borges eligiera regresar a Ginebra para pasar sus últimos días. Tampoco fue casualidad que decidiera ser enterrado allí.

    Para el autor de El Aleph, aquella ciudad era, según sus propias palabras, una de las más proclives a la felicidad. Cuando Marcos finalmente llegó a Ginebra sintió algo extraño. «Es una ciudad íntima para mí desde hace 25 años», suele decir.

    En 2023 Liyo fundó junto a argentinos, franceses, uruguayos y suizos una asociación cultural llamada Los Conjurados. El nombre está inspirado en uno de los últimos poemas escritos por Borges.

    El descubrimiento que lo sorprendió

    Una vez instalado en Suiza encontró una paradoja inesperada. Mientras en Argentina Borges ocupa un lugar central dentro de la cultura, en Ginebra muchas personas apenas conocían detalles de su historia.

    La mayoría sabía que se trataba de uno de los grandes escritores del siglo XX, pero pocos conocían el profundo vínculo que mantuvo con la ciudad. «Llamativamente, mucha gente no tiene idea de Borges. Eso me pareció raro. Entonces pensé que había que divulgarlo», contó.

    Así nació una idea que terminaría convirtiéndose en un proyecto cultural de alcance internacional.

    Los Conjurados: una misión argentina en Europa

    En 2023 fundó junto a argentinos, franceses, uruguayos y suizos una asociación cultural llamada Los Conjurados. El nombre está inspirado en uno de los últimos poemas escritos por Borges.

    En ese texto, el escritor celebra la convivencia de distintas culturas, idiomas y tradiciones dentro de Suiza. La asociación busca mantener viva la memoria del escritor argentino, promover su obra y fortalecer los vínculos culturales entre Argentina y Suiza. «Sentimos que también estamos trabajando para la patria», explicó Marcos.

    Para él, divulgar la obra de Borges no es solamente una pasión personal. También es una forma de llevar la cultura argentina más allá de sus fronteras.

    Desde su creación, Los Conjurados organizó exposiciones, conferencias, seminarios, encuentros literarios y actividades académicas que convocan tanto a especialistas como a lectores curiosos.

    La tumba del célebre escritor argentino se encuentra en el Cementerio de Plainpalais (también conocido como Cementerio de los Reyes) en Ginebra, Suiza.

    Los tours que muestran la Ginebra de Borges

    Entre todas las actividades que realiza la asociación hay una que suele despertar especial interés. Una vez al mes organizan recorridos literarios por Ginebra siguiendo los pasos de Borges. Los tours duran aproximadamente una hora y media y permiten descubrir la ciudad desde una perspectiva diferente. Los participantes visitan los lugares donde Borges vivió, estudió y transitó durante distintas etapas de su vida.

    También conocen sitios que aparecen mencionados directa o indirectamente en sus textos. «Sirven para conocer la ciudad y también para conocer la vida y la obra de Borges», explicó Liyo.

    Durante el recorrido aparecen historias poco conocidas, anécdotas biográficas y referencias literarias que conectan a Ginebra con algunos de los textos más importantes del escritor. Lo curioso es que muchas veces los propios ginebrinos descubren aspectos desconocidos de su ciudad gracias a estos paseos.

    La misión de Marcos no termina en los recorridos turísticos. También organiza encuentros literarios informales en bares y espacios culturales. Allí se leen poemas, se comentan cuentos y se conversa sobre literatura alrededor de una copa de vino.

    El objetivo es acercar Borges a quienes todavía sienten cierta distancia frente a una obra considerada compleja. «La idea es hacer amigable la palabra de Borges para aquellos que no conocen su obra», explicó. Esa tarea parece estar dando resultados.

    Según cuenta, todas las actividades organizadas por la asociación tienen una gran convocatoria. Existe un interés creciente por descubrir quién fue Borges y por comprender por qué sigue siendo una de las figuras más influyentes de la literatura universal.

    Jorge Luis Borges y María Kodama.

    El homenaje por los 40 años de su muerte

    Este año tiene un significado especial. El próximo 14 de junio se cumplirán 40 años de la muerte de Borges en Ginebra y Los Conjurados preparó una serie de homenajes.

    Las actividades incluirán conferencias con especialistas internacionales, conciertos, mesas redondas y un acto frente a la tumba del escritor en el Cementerio de Plainpalais.

    Allí se leerán poemas en español y francés y se depositarán 40 rosas amarillas, una por cada año transcurrido desde su fallecimiento.

    Entre los invitados participarán figuras de relevancia internacional como el escritor Alberto Manguel, quien fue lector de Borges durante su juventud; la académica Annick Louis; el coleccionista y biógrafo Alejandro Vaccaro; y los escritores Alejandro Roemmers y Roberto Alifano, amigo personal del autor argentino.

    Un neuquino que nunca se fue del todo

    A pesar de la distancia, Marcos mantiene un fuerte vínculo con Neuquén. En febrero regresó a la provincia para brindar una conferencia sobre Borges en el Centro Cultural Alberdi, organizada junto a la Embajada de Suiza en Argentina. Y asegura que espera volver pronto.

    De hecho, encuentra en Ginebra algunas similitudes inesperadas con su tierra natal. La más llamativa está en el paisaje. Así como Neuquén nació en la confluencia de los ríos Limay y Neuquén, Ginebra tiene su propia confluencia, conocida como La Jonction, donde se unen los ríos Ródano y Arve.

    También encuentra semejanzas en las montañas que rodean la ciudad y en el ritmo de vida, más tranquilo que el de otras grandes capitales europeas.

    Quizás por eso nunca sintió que estaba completamente lejos de casa.

    Cuando se le pregunta por qué dedica tanto tiempo a Borges, Marcos no suele hablar de prestigio académico ni de reconocimiento intelectual. Habla de amistad. Habla de compañía. Habla de una presencia que lo acompaña desde hace más de dos décadas.

    Por eso, mientras organiza conferencias, guía recorridos por las calles de Ginebra o prepara homenajes frente a una tumba visitada por lectores de todo el mundo, sigue haciendo lo mismo que hacía cuando era un joven estudiante. Leer. Y compartir con otros el asombro que sintió aquella vez, cuando abrió una fotocopia cualquiera y descubrió, sin saberlo, una pasión que terminaría cambiándole la vida.

    La entrevista a Marcos Liyo

  • Tomás Watkins y los cazadores del mito perdido

    Tomás Watkins y los cazadores del mito perdido

    La obra del poeta y gestor cultural Tomás Watkins (nacido en la ciudad de Neuquén, en 1978, el Día de la Bandera) me hace pensar en Hagakure. El camino del samurai, de Yamamoto Tsunetomo; el Zen en el arte del tiro con arco, de Eugene Herrigel; en El héroe de las mil caras, de Joseph Campbell.

    Luego, esas intertextualidades iniciales me disparan otra serie de asociaciones, concéntricas, acaso arbitrarias: el inoxidable Tótem y tabú, de Freud; Mitológicas. Lo crudo y lo cocido, de Lévi-Strauss; Alguien consultará por qué todas estas referencias ignoran olímpicamente al universo de obras poéticas. Las hay, las habrá, y serán señaladas más adelante. Pero en estas casi dos mil palabras intentaré explicar por qué el índice de lectura de las obras completas de Tomás Watkins, según mi parecer, es doble: por una parte, el camino del artista; y por otra, ese viejo conocido de los discursos humanos, el mito.

    Sábado de súper acción

    Leí/releí todos los libros de Watkins a lo largo de un extenso e intenso día, un sábado para ser preciso. Los leí en orden estrictamente cronológico, siempre obro de la misma manera desde que se fundó esta columna, hace ya tres primaveras.

    Arranqué entonces con la plaqueta personalísima llamada Grito, del año 2003.

    En ese collage original hay ya varios elementos fundamentales, claves de acceso a la obra del poeta neuquino: los conceptos físicos y metafísicos ladeados, rozándose, interviniéndose mutuamente; los préstamos lingüísticos; las preguntas retóricas; y una palabra resonante, que cierra la plaqueta y dispara el sentido, PALIMPSESTO. Ya regresaremos a ello.

    Watkins no llega: Watkins irrumpe en la escena poética, cultural.

    Su primer libro, formal, organizado, fue 26, publicado originalmente por Libros Celebrios en 2004 y luego reeditado en el 2007 por El Suri Porfiado Ediciones. Pero en esos cuatro años (lo que duraba y dura aún una olimpíada) pasaron cosas, caudalosas y profundas, en la vida artística de Tomás Watkins: cosas que al menos vale la pena reseñar fugazmente. A los veinticuatro conformó, con los poetas Miguel Ángel Sabatini, Raúl Mansilla, Pablo Betesh, Carlos Blasco, Juanse Villarreal, Cristian Carrasco y Sebastián González  el grupo músico-poético “Celebriedades” (denominación que adoptaron del libro Celebriedad, del ecuatoriano Edwin Madrid). Con ellos, entre 2003 y 2007, recorrió gran parte de la Patagonia argentina y la región de la Araucanía, en Chile, ofreciendo un espectáculo de poesía, música y humor: fueron más de una veintena de presentaciones en diversos escenarios. En ese raid, conoció de primera mano, por experiencia propia, los caminos y pueblos de la Patagonia central y la Patagonia profunda también.

    En 2004, decíamos, llega su primer libro formal, denominado 26, republicado en el 2007 por El Suri Porfiado, casa editorial dirigida por el inmenso poeta Carlos Aldazábal.

    Los primeros versos del volumen son una presentación y, prácticamente, una declaración de principios:

    “yo hablo demasiado

    y me importa un carajo el payaso que soy

    las panoplias

    fideicomisos

    apremios de mi voz

    escupida en la barbarie”

    Jorge Spíndola, en el “prólogo” ya había señalado: “el poeta escribe con urgencia su registro del caos, del conflicto perenne entre la belleza y el infierno del mundo. escribe en el límite, en el cruce donde el lenguaje se disuelve y no alcanza a morder su presa. escribe con la memoria de un perfume que a veces lo invade de resonancias, de imágenes, de pequeñas iluminaciones que quedan latiendo en algún sitio.”

     

    El poeta registrando el caos, acechando a su presa con su única arma: el lenguaje. El universo simbólico como terreno de caza. He aquí el punctum barthesiano de la obra de Watkins, donde se anudan y se desgarran sus dos guías: el camino del artista, con su ethos y su eros; la búsqueda del sentido original, del mito exegético que lo resuelva o lo aniquile todo.

    “pienso el mundo

    mientras camino por la calle

    me dicen que lo escriba

     

    acá estoy

     

    pido disculpas

    por el tiempo perdido”

    Ya en el camino, conoce su tarea, reconoce su destino:

    “Escribo mientras la gente

    se va quedando dormida;

    los colectivos tienen luces

    dentro y fuera.

    Escribo porque ahora no tengo

    las manos vendadas,

    estoy en paz.”

    Hechos y protagonistas

    En “Obertura, I”, Claude Lévi-Strauss espoilea que el objeto del libro que está iniciando (que no es otro que Mitológicas. Lo crudo y lo cocido, editado por Librairie Plon en 1964) es mostrar cómo ciertas categorías empíricas, como crudo-cocido, fresco-podrido, mojado-quemado, que son definibles por la pura observación etnográfica y variando la perspectiva cultural, pueden servir de herramientas conceptuales para llegar a nociones abstractas y encadenarse en proposiciones. “Partiremos de un mito”, anuncia Lévi-Strauss, proveniente de una sociedad, y lo analizaremos recurriendo inicialmente al contexto etnográfico, y después a otros mitos de la misma sociedad”.

    La obra de Tomás Watkins parece plantearse un plan de acción diametralmente opuesto al del antropólogo y filósofo francés. En Mitología (EDUCO, 2012), propone a la imaginación del lector una colección de 69 elementos, trascendiendo la organización espacial y temporal: casi todos corresponden a nombres propios, algunos son deliberadamente mitos, otros son de furiosa actualidad. Quien lee (quien va leyendo) va adivinando o creando la lógica de esa organización, su necesidad y razón. Un sistema más heroico, más épico, una verdadera batalla cultural de sentido, de los sentidos.

    “Kadmos

     

    Alfabeto entre los dientes

    del dragón que nos condena

    al futuro de los actos

     

    Sueñan griegos y tebanos

    en las fauces que devoran

    la palabra empeñada”

    El sábado 2 de junio de 2012 (a escasos días del cumpleaños número treinta y cuatro de nuestro autor), en el Salón Azul de la Biblioteca Central de la UnComa), se presentó Mitología, con las presencias de Macky Corbalán, Alejandro Finzi y Raúl Mansilla.

    En las palabras prologales, Alejandro Finzi observa agudamente: “Watkins ensaya ese camino por la historia, por esa palabra que nos contenga, desde la leyenda babilónica a la griega, de las tierras castellanas a las centroamericanas y de allí a las costas inglesas o a la evocación del amigo. Su voz es letra de andariego, de quien descubre entre fábulas y páginas enamoradas las literaturas del mundo y los mitos. Por ese camino se llega, hacia el final del libro, a las soledades patagónicas hechas de “agua aire vida”, donde al loco Darwin se le perdió la brújula. Ninguno de nosotros pudo encontrarla después.”

    Refrendando estos dichos, el poeta admite:

    “Quijote

    El juicio prepara el concepto

    yo me aferro a mi lanza

    y jalo las bridas del viento

     

    Mi cabello se funde en las crines

    de lo que es

    hacia lo incierto y el futuro

     

    Represento la voluntad del hierro

    soy héroe por amor y por olvido”

    En Mitología, Watkins parece haber entendido y abrazado su destino, el de recreador y reorganizador de un universo simbólico, con una bibliografía y una metodología; aunque, como todo héroe, la teleología, el sentido último, no esté tan claro y tampoco esté clara la posibilidad de la victoria.

    En 2015, ven la luz editorial dos nuevas obras de Watkins: Hora blanca (Espacio Hudson) y  Bien de consumo (Ediciones Con Doble Zeta). Ambos pueden ser leídos desde la doble clave asumida desde el principio. Insisto en este concepto, que sostiene esta columna: en OBRAS COMPLETAS no se analizan libros sueltos, se analizan, se pretenden analizar, obras en su conjunto.

    En “Primero”, leemos lo siguiente:

    “Algo,

    no digo todo ni lo mejor del mundo,

    lo que espera a la vera de occidente

    cubierto de frágil apariencia,

    el amor como remedio,

    la carta y la siesta,

    algo…”

    En “MELODÍA del imposible asir lo DESEADO”, afina el pincel:

    6:40

    Lo macro en el micro,

    la potestad de todos

    quienes agarrados,

    manijas consiguen ver: montescos

    en la piedra nocturna, en la frenada

    avenidesca, heroínos camuflados

    en atuendos cívicos

    y pudores matinales.”

    Otra vez, el tiempo anonadado: lo que vence, lo único que existe, es la reedición de los clásicos. Por eso, las referencias librescas constantes; por eso, los heroínos ahora vistiendo atuendos cívicos; por eso, el moderno quijote, héroe por amor o por olvido. En una entrevista de 2020, Ricardo Herrera Alarcón apunta al centro del asunto: “En Hora Blanca parece que el poeta es un espectador mejor preparado para dar su batalla o, por lo menos, asume el dolor como parte de la enseñanza sentimental de las cosas y los seres.”

    La verdadera lucha, entonces, es contra el olvido. En “Welcome al non plus ultra”, el poeta reconoce ese riesgo:

    “Un buen día te das cuenta de que algo salió mal,

    todo gira y se te mezclan los recuerdos,

    espuma negra en boca de monstruos

    lacera lo que ves, veneno crece,

    latigos gigantes como una cordillera, como una ética,

    la afrenta de sonidos callados en una conciencia normal:

    la demencia,

    frondosa angustia que juega a prostituir sombras,

    canalla de los días idos sin libido,

    de la inmolación del amor, de perdonar y exigir

    las tormenta…”

    (las cursivas son mías).

    Ojo, poeta cazador de mitos: una cosa es jugar a ser un moderno quijote; y otra, muy distinta, es querer ser “el Quijote”; ya de eso ha dado clara cuenta el Pierre Menard de Borges. De ese peligro, lo salva una autoconciencia casi corrosiva: “Soy un círculo vicioso”, confiesa, cruel, en las páginas inaugurales de Bien de consumo: “Soy (si es que somos)/ finito (aunque grueso)/ más que groso.”

    Vuelve a reconocer la falta de sentido intrínseca de su búsqueda: “Necesito algo que no existe”.

    “Consumidor final, en principio.

    Acompañante terapéutico.

    Fumo, fumo, tomo, tomo,

    fumo y tomo

    por defecto. Sufro de

    El Mal de Watkins:

    soy excesivo y verborreico.

    Parto del margen de error.”

    En un delirio por huir de una psicosis poética anacrónica, se define:

    “Soy desprolijo

    un cachivache

    inconveniente

    Soy”

    Copia (palabra más, palabra menos) para salvar su identidad, una célebre sentencia de pura cepa borgeana: “El mundo, desgraciadamente, es real; yo, desgraciadamente, soy Watkins”.

    La bonita página

     Luego de un lustro de silencio, el poeta regresa al campo poético con Árboles (El Suri Porfiado, 2020) y Tordos (Honorable Legislatura del Neuquén, 2021).

    Estos dos volúmenes parecen ser un remanso, un descanso en la incansable labor del cazador de mitos. En cierta forma, recuerda al poeta griego que, luego de cantar la batalla más grande de las generaciones de hombres en la Ilíada y la Odisea, se dedicó a cantar la guerra de las ranas y los ratones en la Batracomiomaquia.

    Aparenta serlo, en realidad. Desde el vamos, en inquietantes tiempos de paz, sigue escudriñando sus armas, su arma dilecta, el lenguaje:

    “La escritura de una lengua

    En tiempos de paz, todo cuerpo

    que detiene la experiencia y pulsa

    la escritura de una lengua,

    crea un monstruo inferior

    al silencio.

     

    Es sabido, mas

    prosigue:

    cada acto puede expandirse

    con la forma de otro, distante,

    sobre todo interés. La

     

    Palabra; pequeña

    acción fuera de la contienda

    madre. No es lo dicho,

    porque madre indica sangre

    y tolera que Platón la llame perra

    y pudre siglos, y

    perdona.

     

    El círculo reanuda el movimiento.”

    El poeta, crítico y filósofo inglés Samuel Taylor Coleridge advirtió que todos los hombres nacen aristotélicos o platónicos. Si algo faltaba en la obra de Tomás Watkins para posicionarse en esta grieta histórica, más allá de su declarada afición hacia lo mítico, todo se refunda, se fortalece con estos claros indicios de la mención a Platón y la fe manifesta en el eternamente retornante eterno retorno.

    La aparente tranquilidad es pura tensión.

    La clave de todo

    El silencio del árbol

    dice. Su consejo es

     

    la contradicción:

    hay que aferrarse.

     

    La perpetua contradicción que postulaba Foucault como condición necesaria del intelectual. Contradicción que jamás se resuelve ni debe resolverse, más allá del anhelo del poeta.

    “…si la palabra con que entiendo y legitimo el poder

    si la palabra con que quiero designar y fuego el cuerpo

    si cuando escribo Árboles siento que los toco.

     

    soy, al fin,

     

    por ellos”

    Poder. Cuerpos. Tópicos foucaultianos, si los hay.

    En Tordos, poema/s acompañados por imágenes de Carlos Juárez, el poeta sabe, íntimamente, que su tiempo de relativo reposo ha culminado:

    “mi texto-de-la-asfixia cada día se oxigena con danza de tordos

     

    quiero decir quiero sentir

     

    lengua de símbolos

    desnuda, para gustar y del beso

    antes que de la dicción

    quiero sentir

    sin

    comunicar”

     

    Este Aquiles moderno también abandona el campo de batalla. Y si, como observa amorosamente, “nada pregunta a los tordos/ la razón de su vuelo”, asimismo, nada pregunta al cazador la razón de su cacería.

    Watkins arremeterá su búsqueda primigenia con redoblado ímpetu, con un tesón casi ciego.

     

    Función privada

               En el declive de la pandemia, el poeta y editor Daniel Tórtora me convocó para curar/coordinar dos colecciones: una de poesía y otra de narrativa. Debo admitir que casi todo el trabajo duro lo hizo Tórtora, a mí me tocó lo más placentero. Una de mis tareas fue la de bautizar las colecciones: la de poesía la llamé Les desatormentades; la de narrativa, Mundo disperso. Toda una declaración de mi pasión spinetteana.

    El volumen MIRAGE, de Tomás Watkins, integró la colección de poesía. Silvia Mellado comparte su visión de este libro en la contratapa: “Leo estos poemas como la bitácora de un rock star tocado por momentos luminosos/numinosos: la noche energética, personajes nocturnos, la temporada celebria, el tedio gris de la pequeña ciudad, el amor. Lenguaje y recuerdo, lenguaje y evocación: todo en la danza de la fricción de una palabra con otra.” Sí, precisamente eso, la poeta Mellado, conocedora del oficio, da en el clavo, filosofa a martillazos poéticos.

    ¿Por qué MIRAGE?, se pregunta el lector. “¿MIRAJE o MIRAGE?”, se pregunta el poeta. A priori, MIRAGE son dos cosas: «Mirage» es una palabra de origen francés que se traduce como espejismo, un fenómeno óptico natural. Sin embargo, el término tiene múltiples usos, desde un icónico avión de combate y modelos de motos en Argentina, hasta videojuegos. MIRAGE es un espejismo. MIRAGE es una aventura gráfica. MIRAGE es una nave de combate, una máquina de guerra.

    “¿Es milagro o es

    pejismo?

    ¿Si el poeta avista, ve?

     

    Más la pérdida, de nuevo, ya no es

    idioma, bandera, traición: perder

    es

    ver

    sin amor el refugio.”

     

    En 2025 (trece años después de la publicación de Mitología), Watkins publica con el mismo sello editorial, el volumen Nueva Mitología, una reedición definitiva de aquel libro, renovado y aumentado, en dirección y alcance. Raúl Mansilla señala en la contratapa: “Celebramos la edición de esta Nueva Mitología de Tomás Watkins, cuyo panteón configura un notable fresco de poesía escrita en Patagonia.
    Más vigentes que nunca, las mitologías de Watkins nos llevan desde lo profundamente onírico a la salvaje aprehensión de la realidad por la palabra.”

    Sin temor al vértigo, el poeta reanuda su labor inicial, de anudar signos, entrelazar rasgos de figuras mitológicas con vivencias personales, amigos, leyendas y referencias a escritores patagónicos. El número de sus poemas se eleva, de los 69 textos originales, a 145 poemas. Es probable que este (que no se incluía en la primera edición) sea el mejor de todos, el más intenso y honesto.

    “Hybris

     Escasez o exceso

    y caemos

     

    Los extremos tocan

    un cuerpo infinito

     

    Ocurre la acción

    y el error no existe

     

    Tiembla la trampa

    que el universo ignora

     

    Tiembla la trampa

    en cada gota

    de emoción”

    Además de sus libros individuales, la poesía forma parte de diversas antologías regionales y nacionales como Desorbitados. Novísimos poetas del sur de la Argentina (2009) y Si Hamlet duda le daremos muerte (2010). Asimismo, su trabajo de gestor cultural es ampliamente conocido, cristalizado paradigmáticamente en Almacén Literario, proyecto de reunión de voces de escritoras y escritores de la Provincia del Neuquén comandado por Watkins y que en 2025 cumplió 15 años de trayectoria.

    OBRAS COMPLETAS se propone esto: leer ordenadamente una obra en su conjunto, no aislar o diseccionar. Y después volar, claro. Recordemos aquel principio de Ockham, de que “la explicación más simple y suficiente es la más probable, mas no necesariamente la verdadera”.

    La obra de Tomás Watkins parece postular una nueva manifestación del camino del héroe de las mil caras, de Joseph Campbell, donde el poeta/cazador de mitos abandona el mundo ordinario para sumergirse en el mundo desconocido: en ese periplo enfrenta retos y tentaciones, cae al abismo, muere, renace, se transforma y alcanza, acaso, la expiación.

    Sin embargo, en algún momento del camino entiende que él mismo se ha convertido en el propio mito y que, por ello mismo, todo regreso ya es imposible:

    Escaldo

    Soy quien narra

    protagonista y testigo

     

    Vivo si escribo

    con pluma o con hacha

     

    Mira cómo blando

    el metal del aire

     

    Mira cómo despido hermanos

    cantando”

     

     

  • María Alejandra Lapuente lanzó la novela «A orillas del gran lago» escrita y ambientada en Villa La Angostura

    María Alejandra Lapuente lanzó la novela «A orillas del gran lago» escrita y ambientada en Villa La Angostura

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    La escritora bonaerense continúa consolidando su trayectoria literaria con “A orillas del gran lago”, una novela sobre la identidad local a través de una investigación realizada en nuestra localidad. 

    La escritora María Alejandra Lapuente presentó su novela A orillas del gran lago, una obra ambientada en Villa La Angostura que combina ficción e investigación histórica, y que forma parte de una prolífica carrera literaria iniciada en 2017.

    Lapuente nació en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y, tras recibirse como docente de nivel inicial, se radicó en Mar del Plata, donde ejerció su profesión durante varios años. Tiempo después comenzó a desarrollar su faceta como escritora, publicando en 2018 su primer libro titulado Persigue tus sueños, un relato autobiográfico que marcó el inicio de su camino literario.

    Posteriormente publicó las novelas Renacer de las cenizas (2021), El hábito de amar (2021), Una gota en el mar (2022) y finalmente A orillas del gran lago (2025), inspirada en la historia y el entorno de Villa La Angostura.

    Durante ese mismo período también escribió la novela El Remanso, que aún permanece inédita, además de numerosos cuentos surgidos de talleres y actividades vinculadas al radioteatro. Actualmente participa en clases dictadas por el profesor Rodolfo Barone y en maratones internacionales de escritura.

    La autora también ha desarrollado trabajos en el género del radioteatro. Una de sus obras, Café con sabor a almendras, fue distinguida en México durante 2025 en el concurso internacional “Urgen Musas”.

    A su vez, uno de sus cuentos, La historia del traje, fue seleccionado en Colombia para integrar una antología junto a otros autores latinoamericanos.

    A lo largo de su carrera participó en diversas ferias virtuales del libro realizadas en España, Colombia, México y Perú, donde presentó sus distintas publicaciones. Además, recibió reconocimientos de la productora “Despertar por el Arte” en los años 2022 y 2023.

    Actualmente, María Alejandra Lapuente se encuentra finalizando su séptima novela, que llevará el título Lo que dice el viento.

    La novela A orillas del gran lago puede adquirirse a través de la editorial Tinta Libre Ediciones, desde donde realizan envíos a cualquier parte del mundo. En Mar del Plata sus libros también se encuentran disponibles en librerías, mientras que en Villa La Angostura pueden conseguirse las obras Renacer de las cenizas y El hábito de amar en la librería Dulcinea.

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  • ¿No sabés qué leer? Los seis libros que sugiere Lecton para esta semana

    ¿No sabés qué leer? Los seis libros que sugiere Lecton para esta semana

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    Ellas
    Historias breves y no tanto de mujeres como vos
    Viviana Rivero

    El libro reúne relatos ambientados en distintos lugares del mundo y en diferentes momentos históricos, pero atravesados por una misma pregunta: qué significa ser mujer. A través de historias breves y otras más extensas, la autora construye personajes femeninos que enfrentan miedos, violencias, mandatos sociales y decisiones que marcan un antes y un después en sus vidas. Cada relato se siente íntimo y cercano, aun cuando el contexto sea lejano en el tiempo o el espacio.

    Uno de los grandes aciertos del libro es la forma en que Rivero retrata la complejidad de la experiencia femenina. Sus protagonistas aman, dudan, lloran, se equivocan y se rebelan, mostrando que no hay un único modo de ser mujer. En ese recorrido, aparecen temas como la maternidad, la enfermedad, el deseo, la culpa y la necesidad de reinventarse, siempre narrados con sensibilidad y sin idealizaciones.

    La amistad y la sororidad ocupan un lugar central en Ellas. Las mujeres del libro se sostienen unas a otras, se acompañan en el dolor y celebran juntas las pequeñas alegrías cotidianas. Esa red de vínculos se presenta como una fuerza transformadora, capaz de ayudar a sanar heridas profundas y de impulsar la lucha por los derechos y la dignidad en contextos adversos.


    Como agua para chocolate
    Laura Esquivel

    Como agua para chocolate, la primera obra de Laura Esquivel, publicada en 1989, marcó un hito en la literatura mexicana y conquistó lectores en todo el mundo.

    Ambientada a comienzos del siglo XX, en el contexto de la Revolución mexicana, la novela narra el amor imposible entre Pedro Muzquiz y Tita de la Garza, sometida a la férrea autoridad de su madre. A través de recetas y sabores que atraviesan la relato, Esquivel construye una historia donde la cocina se vuelve lenguaje del deseo, la memoria y la resistencia. Su extraordinaria repercusión llevó a la historia a ser adaptada al cine y, décadas después, a una serie, confirmando la vigencia y el poder de su universo narrativo.


    Vamos a comprar un poeta
    Afonso Cruz

    En una sociedad imaginaria, muy parecida a la nuestra, el materialismo rige todos los aspectos de la vida. Las personas tienen números en lugar de nombres, los afectos se contabilizan por gramos y los artistas se han convertido en mascotas. La familia protagonista de esta historia ha elegido comprar un poeta porque, a diferencia de los pintores o los escultores, no cuesta mucho ni ensucia demasiado. Pero tras su llegada nada volverá a ser igual.

    Afonso Cruz, uno de los autores más sobresalientes de la literatura portuguesa actual, nos regala una novela tan divertida como sutil, una crítica al consumismo, el utilitarismo y la obsesión por la eficiencia. Un fenómeno editorial que nos recuerda la importancia de la creatividad y la poesía.


    Padre
    Sierra Simone

    Novela de romance contemporáneo que se inscribe dentro del llamado dark romance y que ganó popularidad por abordar temas polémicos como la fe, el deseo y el celibato. La historia se centra en Tyler Bell, un sacerdote profundamente comprometido con su vocación, cuya vida se ve alterada por la aparición de Poppy Danforth, una mujer que despierta en él sentimientos para los que no encuentra respuestas fáciles dentro de los límites de su fe.

    A lo largo de la novela, Simone explora los conflictos internos del protagonista, atrapado entre la devoción religiosa y una atracción que pone en crisis sus votos y su identidad. Con un tono intenso y provocador, Padre se adentra en la culpa, la tentación y la búsqueda personal, proponiendo una reflexión incómoda —y deliberadamente transgresora— sobre los límites entre lo sagrado y lo humano.


    La verdad que nos separa
    Rokia

    La verdad que nos separa es una novela juvenil de romance y fantasía que se desarrolla en una ciudad dividida por el odio entre dos bandos enfrentados: los Rojos y los Blancos. La historia sigue a Isabella, una joven criada entre prejuicios y silencios, cuyo mundo cambia por completo cuando conoce a Kinan, el líder del grupo rival, tras la decisión del alcalde de unir a ambos sectores en una misma escuela.

    A partir de ese encuentro, la tensión, el rechazo y la atracción se entrelazan, dando inicio a una relación marcada por secretos, mentiras y una verdad que ha sido ocultada durante demasiado tiempo. La novela destaca por su construcción emocional y por abordar temas como la discriminación, el poder de la verdad y la lucha entre lo que se debe sentir y lo que se permite sentir.

    Rokia combina el romance tipo «de enemigos a amantes» con un trasfondo oscuro y dramático, para lograr una historia intensa que invita a reflexionar sobre las consecuencias del odio heredado.


    Donde esconder una estrella
    Oliver Jeffers

    Dónde esconder una estrella es un álbum ilustrado entrañable que retoma a los personajes clásicos de Oliver Jeffers: el niño, la estrella y el pingüino.

    La historia comienza como un simple juego de escondidas, pero pronto se transforma en una aventura cuando la estrella desaparece y el niño decide buscarla con la ayuda de nuevos y viejos amigos. A lo largo del viaje, la narración combina humor, ternura e imaginación, llevando a los lectores a escenarios sorprendentes que refuerzan el espíritu aventurero propio de la infancia y el valor de no rendirse ante la incertidumbre.

    Las ilustraciones cumplen un papel fundamental: transmiten emociones profundas y complementan el texto.


  • Rossana Martínez: la escritora que unió la Patagonia y el Paraguay a través de los sentidos

    Rossana Martínez: la escritora que unió la Patagonia y el Paraguay a través de los sentidos

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    La historia literaria de Rossana Martínez está ligada a la Patagonia. Aunque nacida en Corrientes, vivió más de veinte años en la región: pasó por Viedma y, sobre todo, estuvo catorce años en Villa Regina, donde se asentó, formó su vida adulta y dio sus primeros pasos como autora publicada. Escritora de literatura infantil, juvenil y para adultos, además de autora de un libro técnico sobre comunicación no verbal, Martínez construyó una obra atravesada por el paisaje, la memoria y la experiencia acumulada en el sur del país.

    “Empecé a publicar en el 2013, aunque escribía desde mucho antes. Pero ese año fue cuando realmente me animé a presentar mis libros”, cuenta desde el otro lado de la pantalla, en su casa de Asunción del Paraguay, donde vive ahora.

    Hasta 2013, escribir había sido una práctica sostenida pero más bien íntima. Desde la secundaria, Rossana guardaba cuentos, relatos breves, textos que se acumulaban en cuadernos y carpetas. La diferencia, en ese punto, fue la decisión de sacar la escritura del ámbito privado y ofrecerla a los lectores.

    “Lo hice como autora independiente. Eran quinientos libros, imprimía de a quinientos libros que iba editando”, recuerda. El comienzo fue lento y exigente, con tiradas pequeñas, financiadas y gestionadas por ella misma. Sin embargo, ese trabajo fue encontrando eco en el ámbito regional. Sus libros recibieron declaraciones de interés provincial en educación y luego interés municipal en Villa Regina y en Bariloche. La Patagonia fue su primer espacio de validación.

    El personaje que funcionó como punto de partida fue “Dufy, un duende excepcional”. “Dufy fue la plataforma, y no fue una plataforma fácil”, explica, risueña. “A un niño no es sencillo conquistarlo: o le gusta o no le gusta. No hay público más sincero que el infantil”.

    A partir de allí, la producción comenzó a ampliarse. Una invitación del municipio de General Roca marcó un nuevo hito: incorporar un libro suyo al área juvenil infantil.
    Así llegó “Todo por robar una oveja”, un texto que la autora menciona con especial afecto. “Ese libro lo amo”, dice. La edición realizada en Roca fortaleció su presencia en el circuito regional y funcionó como puente hacia el trabajo con editoriales.

    Formada como licenciada en Relaciones Públicas, con especialización en Gestalt, Programación Neurolingüística y comunicación no verbal, Martínez nunca disoció completamente su profesión de la escritura. “Mis libros atraviesan un poco lo que yo hago”, dice. Incluso en los cuentos infantiles aparecen metáforas sobre las emociones, el vínculo con los otros, el miedo, la empatía y el aprendizaje. “Todo por robar una oveja” ya apunta a un público juvenil y adulto, con un abordaje más explícito del mundo emocional.

    Luego llegó “Humberto del Sauce Viejo”, la historia de un sapo que hace yoga y que se propone hablar del bullying desde un lenguaje accesible.
    “Para mí era importante dejar una enseñanza”, explica. El libro fue editado por una editorial paraguaya y tiene, además, un fuerte componente personal: está dedicado a su hermano menor. “En casa, como soy la mayor, yo era la cuentacuentos”, recuerda. Era ella la que les contaba historias antes de dormir. Esa escena familiar aparece como una constante en su obra.

    La infancia ocupa un lugar central en su recorrido creativo. “Soy una amante de los cuentos infantiles. Sigo comprando cuentos infantiles , siempre”, dice sin dudar. Asocia ese vínculo con la lectura a su padre, que acercaba libros y fascículos a la casa. “Eso viene desde la nostalgia”, agrega. Justamente, el libro del sapo Humberto recupera esa memoria compartida y la transforma en relato.

    Aunque muchos lectores la asocian con Villa Regina, Rossana Martínez nació en Corrientes. De joven vivió en Asunción del Paraguay, donde estudió la licenciatura en Relaciones Públicas. Más tarde regresó a la Argentina y se instaló en Viedma. “Directamente me fui al sur”, dice. Luego pasó por Buenos Aires y finalmente por Villa Regina, donde permaneció catorce años. “En Regina tengo recuerdos muy lindos. El aroma a manzana, el paisaje, el río encajonado”, enumera. “Pasé momentos muy bellos”.
    La Patagonia aparece en su obra más como clima emocional que como escenario literal. “Mis libros tienen algo de esos cielos y esos vientos”, dice.

    El recuerdo sensorial ocupa un lugar central en su manera de narrar. “El aroma es clave”, explica, y vincula esa idea con sus conocimientos en neurociencia: los olores tienen la capacidad de transportar directamente a la infancia y a los recuerdos tempranos.


    El olor al coco


    Hace tres años decidió volver a vivir en Asunción del Paraguay. El cambio geográfico no implicó un alejamiento del trabajo que venía realizando.

    Ya instalada, escribió por ejemplo, “Aromas de Coco y Cuentos de Navidad”, un libro que dialoga con las tradiciones locales y recupera, una vez más, el valor de los sentidos. “En Asunción, cuando llega la Navidad, el aroma a coco envuelve toda la ciudad”, cuenta. Inspirada en esa costumbre -las flores de coco colocadas junto al pesebre-, Martínez construyó una historia que conecta celebraciones de distintos lugares del mundo y refuerza una idea que atraviesa toda su obra: los recuerdos también se escriben desde el olfato.

    Otro de los proyectos es “Almasenda”, un libro pensado para lectores adultos que combina literatura y artes visuales. Se trata de una compilación de quince cuentos breves, cada uno inaugurado por una aldaba que funciona como umbral narrativo. Las aldabas fueron fotografiadas en Europa por Susana Curuchet, fotógrafa amateur de General Roca, e intervenidas luego por la artista Daniela Dunes, oriunda de Carmen de Patagones. El resultado es un libro que dialoga con la imagen y que expande el relato más allá de la palabra escrita.

    Desde Paraguay, Martínez continúa asesorando y capacitando empresas tanto en su nuevo país de residencia como en Argentina, a través de BIM, su empresa de capacitación y consultoría. Viaja con frecuencia al interior del país vecino, dicta talleres y mantiene vínculos profesionales en distintos puntos de la región.

    Ese recorrido profesional desembocó en un proyecto inesperado: ”Telarium”, un libro técnico sobre comunicación no verbal. La propuesta llegó desde Ugerman, una editorial empresarial con medio siglo de trayectoria. “Fue un desafío muy grande”, reconoce. “Venía del cuento, de la ficción, y acá tuve que volver a los papers, a los autores, a lo último que se trabaja en neurociencia”.

    “Telarium” fue presentado en la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires y cuenta con prólogo de Antonio Di Génova, presidente de la Red Iberoamericana de Relaciones Públicas.
    La obra incorpora además una característica singular: códigos QR que permiten escuchar a la autora reflexionando sobre conceptos clave. “Pensé que, si hablaba tanto de los sentidos, era bueno que también escucharan la voz de la autora”, explica.

    Lejos de abandonar la literatura infantil, Martínez continúa escribiendo para ese público. En agosto publicará “Gentilius y el reino de la cortesía”, un libro orientado a niños, centrado en las normas de convivencia. El proyecto vuelve a poner en primer plano el trabajo colectivo. “Yo creo mucho en los equipos”, sostiene. Para este libro convocó a una artista platense especializada en ilustración científica, a quien invitó a trabajar fuera de su registro habitual.
    Su manera de escribir no responde a rutinas estrictas. “No tengo horarios fijos. Ando con libretas, me grabo frases”, cuenta. Escribe en viajes, de noche, de madrugada, cuando aparece la idea. “No es una escritura estratégica. Es más intuitiva”, dice. Parece funcionar: lleva seis libros publicados, con registros muy distintos.

    La lectura en la infancia es una de sus convicciones más firmes. Tiene pruebas: le leyó a su hijo todas las noches cuando era un niño. “A él no le gustaba leer, pero le encantaba escuchar”, recuerda. Y ahora que su hijo es músico y periodista, ve cómo “el léxico queda”. Es una apuesta que quiere reforzar: “Va a haber dos cosas que van a ser muy fuertes, en medio de este avance de la Inteligencia Artificial: la creatividad y la confianza”. Ambas, dice, se siembran y se cultivan desde temprano, con palabras, historias y libros.


  • “Siempre hay un libro para cada persona”, aseguró el director de la Feria del Libro de Buenos Aires

    “Siempre hay un libro para cada persona”, aseguró el director de la Feria del Libro de Buenos Aires

    La edición 50 de la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires no pasa desapercibida. Con medio siglo de historia, el desafío no es menor: celebrar sin caer en lo obvio. Así lo plantea su director general, Ezequiel Martínez, quien apuesta por una renovación profunda que combine memoria, innovación y nuevas formas de acercar la literatura al público.
    “Es una de las ferias más importantes de Latinoamérica, con visitantes de distintos países. Pero llegar a los 50 años nos obligó a pensar cómo hacer algo distinto, cómo celebrar sin quedarnos solo en el repaso histórico”, explica en una entrevistas con Mejor Informado.
    En ese camino, la historia reciente del país también se volvió eje. La coincidencia con los 50 años del último golpe de Estado en Argentina marcó una línea curatorial clara: recuperar voces silenciadas. “En los primeros años de la feria había libros que no se podían exhibir y autores que no podían ser convocados. Por eso decidimos reivindicarlos”, señala Martínez.
    El resultado es una gran muestra en uno de los pabellones, donde se exhiben libros, editoriales y escritores que fueron censurados o debieron exiliarse. A eso se suma una maratón de lectura con esos textos, en una propuesta que cruza memoria y participación.
    Otro de los ejes destacados es el homenaje a Jorge Luis Borges, a 40 años de su muerte. Lejos de un tributo tradicional, la feria propone una experiencia inmersiva pensada especialmente para nuevas generaciones. “Creamos una sala con frases, un laberinto en el que Borges va dando pistas para salir. Buscamos una forma más lúdica de conectar con su obra”, detalla.
    La renovación también se percibe en la estética y los contenidos. La feria presenta una nueva imagen, logotipo y sitio web, junto con espacios temáticos innovadores. Entre ellos, uno dedicado al fútbol, que reconoce una de las pasiones más arraigadas de la cultura argentina.
    En esa misma línea, la propuesta internacional también se amplía. Este año, el país invitado es Perú, que no solo desembarca con autores, sino también con expresiones musicales, gastronómicas y culturales.
    Pero si hay algo que define a la feria, es su capacidad de convocatoria. “La masividad es clave. Es un espacio muy heterogéneo: vienen jóvenes, familias, escuelas. La gente se la apropia”, afirma Martínez.
    Esa apropiación trasciende el hábito de lectura. “Muchos dicen ‘fui a la feria’ como una experiencia en sí misma. Incluso quienes no son lectores habituales participan igual. Siempre hay un libro para cada persona, sin importar sus intereses”, agrega.
    Las escuelas, en tanto, tienen un rol central en esta edición. Miles de estudiantes visitan la feria, y este año se suma una iniciativa concreta: un acuerdo con la Secretaría de Educación para que los chicos reciban un “cheque libro”. Con ese beneficio, pueden elegir y comprar el ejemplar que quieran, incentivando el vínculo directo con la lectura.
    A sus 50 años, la feria demuestra que no solo resiste el paso del tiempo, sino que busca reinventarse. Entre la memoria y la innovación, la propuesta de Ezequiel Martínez apunta a sostener lo que la convirtió en un clásico, pero con una mirada puesta en el futuro.

    La entrevista a Ezequiel Martínez

  • Juguete Rabioso: Hoy compartimos: «Opio Azul», de José Ignacio Hernández

    Juguete Rabioso: Hoy compartimos: «Opio Azul», de José Ignacio Hernández

    Una cena compartida abre la puerta a un visitante inquietante y a una historia donde lo cotidiano se vuelve sospecha. Entre el deseo de escribir y una red oscura de videntes, dinero imposible y obsesiones, el narrador desciende hacia una verdad que tal vez siempre estuvo destinada a alcanzarlo.

    Luis

    Nunca tendría que haber visto a Luis aparecer esa noche por el pasillo. Salir del ascensor y doblar justo para ver su sombra recortándose hacia mí, como si alguien le hubiera dicho que a esa hora, esa noche, él me vería y me hablaría por primera vez. Nunca. Nunca debí apurarme para entrar en el ascensor y besarme con la vecina del quinto. Pero Luis me vio y caminó hacia mí: yo sé que ustedes cenan de noche, dijo, me gusta escucharlos.

    Yo no estaba bien de plata; cada mes que pasaba me dejaba menos tiempo para escribir. Pero el pedido no estaba tan fuera de lugar. Un plato más no traía nuevos gastos y una cena de tres siempre es mejor cuando dos no se hablan. Entramos y llamé a Silvina:

    – Él es Luis.

    – ¿Y quién es Luis? – dijo.

    – Luis, el vecino de acá al lado, el silencioso. Siempre te elogiamos porque no hacés ruido. Tenemos problemas con la de arriba, con la del quinto.

    – Un gusto, Luis. No sabés lo bien que nos caíste siempre y eso que no te conocíamos.

    – Un gusto,…

    – Silvina, soy Silvina.

    – Me dice que le gustaría quedarse a cenar con nosotros, que no cocina y le gustaría…

    – No sé si saben pero me encanta escucharlos, cuando hacen ese arroz, no sé qué le ponen…

    – Ah, el guiso de azafrán – dijo Silvina – mirá cómo te diste cuenta.

    – Es la única noche en la semana que puedo dormir bien – dijo Luis –. Cuando cocinan ese guiso.

    – Bueno, váyanse un rato de la cocina así empiezo.

    – Vamos, ella también tiene sus secretos.

    La puerta de Luis estaba pegada a la nuestra, formaba una esquina al final del pasillo. Los guardias nos decían que tenía el departamento más grande del piso. Nunca antes lo había visto en persona, ni siquiera en el ascensor, en el piso de la basura, en el lavadero o en el estacionamiento. Ese día habíamos quedado con Silvina que en la noche comeríamos el arroz. 

    – Esto es lo mejor de la semana, ¿azafrán me dijiste que tenía?

    – Sí – respondió Silvina – no, en realidad le pongo un reemplazo que me enseñó mi mamá, más barato. Amor, ¿me ponés vino? Luis, decime, ¿a qué te dedicás?

    – Soy escritor y…

    – Yo también – interrumpí.

    – ¿Sí? Mirá, de haber sabido…

    – Sí pero tengo otro trabajo durante el día, estoy un poco estancado. ¿Qué escribís? Tenés pinta de escribir mucho…

    – Ja, ja, no, de hecho estoy un poco estancado también. Estoy investigando sobre un tema, empecé hace unos años… venía bien… ahora me está costando encontrar evidencias nuevas.

    – ¿Y qué es lo que investigás? – dijo Silvina – ¿se puede saber?

    – Estudio personas videntes.

    – ¿Videntes? ¿Cómo? – pregunté.

    – ¿Como Nostradamus? – preguntó Silvina.

    – Un poco más contemporáneos pero sí, algo así, Baba Vanga, Gushterov, Briggs, eh, Cayce, muchos.

    – ¿Y… por qué…?

    – Estoy siguiendo, más que nada, la historia de los escritos robados de ciertos videntes. Hay un grupo muy reducido, curiosamente son los más importantes, que dejó muchos escritos después de morir y…

    – ¿Y eso qué…?

    – Y que fueron robados, todos, apenas murieron.

    – ¿Estás rastreando los textos robados? Amor, ¿vino? Servile a él también…

    – Venía bien – siguió, sin responder – gracias… había dado con un vidente local, que murió hace poco. El Facha Motarda le decían. En la escuela era el tigre blanco porque su mamá le remendaba toda la ropa con hilo del mismo color. Uh, no saben. Tenía visiones cuando soñaba. Se lo podía ver todas las noches en una esquina, en el centro. Le preguntabas lo que quisieras, él siempre te escuchaba apoyado sobre la moto, campera de cuero, una rodilla desnuda por el jean descosido, ahora sí, siempre lúcido. No te aceptaba ni un cigarrillo siquiera. A mí nunca me dijo nada, apenas me le acercaba él sabía a qué iba. Yo igual caía todas las noches.

    Así pasó un año, más o menos. Ya no le hablaba, lo espiaba de lejos. Una mujer lo veía seguido; después supe que era la esposa. Me mudé a este edificio para estar más cerca de esa esquina. Estuve a punto de bajar los brazos, no tenía ningún indicio nuevo, no había podido averiguar dónde vivía. Nada.

    – ¿Pudiste…?

    – Hasta que una noche – me interrumpió y me asustó la manera en que empezó a hablar – una noche llego y veo la moto sin el Facha. La esposa estaba tirada en el piso, llorando, dando puñetazos. Yo le pedía, decía, le pedía que dejara a esa gente, que era peligrosa. Logré que me diera el domicilio del Facha y corro lo más rápido que puedo. No estaba lejos pero igual ya era tarde. Yo sabía, yo sabía – clavó el índice en la mesa y rebotó un tenedor – que este era el tipo de videntes que tenía escritos. El departamento olía a vómito, o pis de gato, no sé, tenía un cuarto todo revestido con estantes. No había un solo papel. Todo había sido vaciado, eso era obvio.

    – Traigo más vino…

    – Pero hubo algo – Luis me tomó del antebrazo y me impidió levantarme de la mesa – en ese departamento hubo algo que los saqueadores no advirtieron esa noche.

    – ¿Qué? – preguntó Silvina.

    – Un baúl. Estaba bien escondido, detrás de un placard. Un baúl lleno de billetes. Eran millones en billetes que decían ser argentinos. Hasta tenían cierto desgaste por el uso. Pero no se parecían a ningún billete argentino, histórico o actual, que hubiera circulado jamás.

    – Era plata de mentira, imaginaria – dije.

    – No, querido. Esa plata se usa, circula y vale más que la nuestra.

    – ¿Dónde se usa, entonces?

    Luis revolvió el último cono de vino en la copa y dijo:

    – Ojalá nunca tengas que conocer a las personas con las que usarías esa plata – se llevó el vino a la boca.

    – ¿Y qué pasó con la chica? – preguntó Silvina.

    – Nunca dije que era una chica – Luis y Silvina se miraron –. Supe que ella lo había dejado mucho antes de que todo esto pasara. Se cansó de vivir con miedo. El Facha trabajaba para esa gente, o esa gente lo usaba, no sé. La cosa es que no podía equivocarse con ellos. Cualquiera sabe que las visiones no siempre son fáciles de interpretar. Es fácil caer en un error, o leer muy antes de tiempo. El Facha leyó su propia muerte y ni siquiera se dio cuenta. Esa gente lo torturaba, muchas veces lo dejaron en coma. La mujer se escapó y se fue a vivir con otro. Al poco tiempo volvió a verlo en la esquina todas las noches.

    – Una mujer devota – dijo Silvina.

    – Yo no lo podría haber dicho mejor.

    – ¿Y el cuerpo del Facha? – quise saber.

    – Puf, se evaporó. Increíble. Mirá que he investigado. Lo limpiaron de la faz de la tierra.

    – ¿Y toda esa plata? – insistí – ¿qué pasó?

    – La plata azul – respondió Luis, pensativo – yo la llamo opio azul, por el uso que tiene y lo que le hace a las personas que la manejan. Somos cada vez más infantiles. Siempre extrañamos a Dios, por eso queremos ser dioses. Antes nos bastaba dar la vida en la guerra para sentir que éramos héroes. Hoy somos más voraces. Les damos palabras a las máquinas, como si fuéramos creadores, con la esperanza de hacer algo nuevo que nunca será nuevo, ni significativo.

    – No entiendo… ¿por qué opio azul?

    – Porque se usa para traficar inteligencias, entre otras cosas.

    – Mm, Luis, ¿tenés familia? ¿Estás en pareja?

    – Sil…

    – Está bien, está bien. Te lo digo de esta manera: antes miraba el precio de los preservativos para hacer chistes en mis grupos de amigos. Tenía miedo de que alguna vez me preguntaran y yo no supiera ni dónde se compran. Después, más o menos desde la muerte del Facha, ya no me importa seguirles el precio ni mostrar mi ignorancia.

    – El diablo siempre vuelve a pedirnos demostraciones – agregué –, como si se olvidara de las cosas.

    Luis me miró y dijo:

    – Como el buen viejo que es…

    *

    *

    II

    MMC

    Las cenas siguieron y mi trabajo me hacía llegar cada vez más tarde. Después de unos meses empecé a perderme la mitad de las conversaciones. Una noche estaban comiendo otra vez el guiso de arroz:

    – Está igual que siempre – dije – pero tiene algo distinto, está increíble, ¿qué le pusiste?

    Ella no me respondió pero alcancé a ver cómo se miraron con Luis:

    – No… ¿le pusiste azafrán?

    La noche siguiente no volví a comer. Cuando llegué, Luis ya no estaba.

    – Puedo lavar yo, Sil, andá a dormir…

    – ¿Dónde estabas?

    – En el trabajo, ¿no te avisé acaso?

    – Sí, claro…

    – ¿Cómo?

    – Encima no encuentro el cucharón de la mamá, ¡no lo encuentro! ¡Carajo! Es lo único que me queda de mi mamá…

    – Bueno, tranquila, ya aparecerá…

    – Ah, sí, menos mal que llegaste justo para decírmelo. Todo con vos es así… va apareciendo, cae y aparece, ¿viste?

    – Callate, caradura, ¿y vos? ¿Qué hacés poniéndole azafrán al tarado ese?

    – ¿Qué te molesta? A mí no me callás, ¿entendiste?

    – ¿Y? ¿Vos pagaste el puto azafrán? ¡No, querida! ¡Yo lo pagué! Capaz que el hijo de puta este te robó el cucharón…

    – ¡Es culpa tuya! ¡Imbécil! ¿Qué más querés que haga? ¡Carajo!

    – Bueno, dejá de romper las cosas, por favor, ¿qué querés que haga yo? ¿No ves la hora a la que llego?

    – Mañana le decís al tipo ese que para él no cocino más. Tampoco para vos, ¡ahora te vas, imbécil! ¡No te quiero acá!

    Tuve que decirle a Luis que no viniera más. Se mostró un poco incómodo al principio. La excusa de que mis horarios dificultaban las cosas pareció convencerlo. Hay algo que me preguntó en un momento y no supe responder. Decidí quedarme unos días en el departamento donde guardo las herramientas de mi trabajo. No recuerdo haber pasado en ese lugar ni una noche siquiera. La primera vez que amanecí ahí sentí un olor a encierro desagradable, como el vómito y el pis de gato del Facha Motarda. ¿Qué le preguntarías a un vidente? Esa pregunta me golpeaba el pecho, ¿por qué tuvo que hacérmela? ¿Habrá adivinado que la sola idea de acercarme a alguien así me produce espanto?

    Todos somos adictos a lo desconocido. Despegamos la cabeza de la almohada para creer que estamos a salvo, que el sueño ha terminado. Y no hay nada mejor, tengo que admitirlo, que seguir durmiendo, con los ojos pegados a ese brillo azul en la noche y, por qué no, hasta me gusta vivir entre el vómito y el pis de gato. Todo con tal de no ver esa luz temprana que me dice es hora de hacer las cosas que no quiero hacer. Que no querría haber hecho.

    Silvina me llamó una noche, desesperada. Eran cerca de las cuatro de la mañana y me pidió que fuera a verla. Cuando llegué estaba terminando de hacer las valijas. Me dijo que se iba a vivir con la hermana. Alguien había entrado en el departamento mientras dormía. Así no podía seguir. Respondí algo, no recuerdo bien qué, la vi de pronto gritando, temblando, apuntándome con el Buda de hueso. Después me vi apretándole el cuello con las manos. Yo no quería que se fuera, no así.

    Pero tuve que dejarla ir…

    La noche siguiente invité a Luis a cenar. ¿Qué pasó con Silvina?, es lo primero que me preguntó.

    – ¿Whisky?

    Chasqueó los dedos y dijo:

    – Tomarás whisky en conmemoración mía.

    – Amén. Estás animado hoy.

    – No sabés – habló casi en secreto –, encontré la pista de un depósito.

    – ¿De un vidente nuevo?

    – No, no, encontré el depósito, ¿y la Sil, no va a venir a cenar?

    – Está en lo de su madre, viste cómo es, ¿un depósito?

    – Sí… con hielo, por favor, gracias. Si llego a dar con este lugar… no sé…

    – ¿Cómo lo encontraste?

    – En mi archivo está todo – siguió, sin responder – es el mejor trabajo que hice, le puse mi mejor cuento, ja, ja, ¿qué te parece?

    – ¿Mi mejor cuento?

    – Tiene un toque de añejo… agradezco que pusieras esa música, no soporto a los escritores que se la dan de rockeros…

    – Amén.

    – Y a volver a casa con olor a jabón chico – chocamos los vasos –. Cambiando de tema – dijo –, o volviendo al tema, ja – tomó un sorbo de whisky, agitó los hielos y volvió a tomar –, ¿sabías que la esposa del Facha se llamaba Silvina, no? 

    – ¿Y? ¿Tu pregunta es acaso una forma de decirme que estás al tanto de eso?

    – ¿De qué? No, no sé…

    – ¿Qué querés, Luis? Decime qué querés.

    – Mirá, te voy a dejar esto en claro… – me miró, con la boca abierta.

    – ¿Luis? ¿Estás bien?

    Empezó a atragantarse, se le hincharon los labios, sus ojos despidieron un líquido amarillo. Con una mano levantó el vaso como para tirármelo en la cara. Pero el esfuerzo fue en vano, perdió el equilibrio y se cayó de la silla. Supe que agonizaba, podía escucharlo a pesar de la música. En algún momento, los sollozos se aplacaron, se perdieron en una última erupción de saliva. La música terminó, me levanté y caminé hacia él. Palpé en sus bolsillos un juego de llaves.

    Es verdad lo que decían los guardias. Tiene un departamento impoluto, cuatro veces más grande que el mío. La cocina está adelante, hay una fuente alta con forma de flor de loto en el centro. Por un pasillo se llega a las habitaciones. Casi todas las paredes cubiertas con bibliotecas. A los pies de su cama, el baúl. No me costó encontrarlo, siempre supe que si él lo tenía, ese sería el lugar donde lo guardaría. Lo guardaría y no tocaría ni un solo billete. Sobre los fajos azules había una carpeta que decía: MMC.

    Le di la carpeta a mi editor, le dije que ese era mi mejor cuento. Lo demás es innecesario, como la sentencia que hoy firmó el juez Versa, declarándome culpable. Yo nunca leí el escrito; por lo que me dijeron, es una declaración de Luis en mi contra, donde me acusa de matarlo a él, a Silvina y a la vecina del quinto piso. Todo es mentira, es un cuento. Pero mi editor pensó que debía terminar en manos de un juez. Mi único trabajo era recuperar el baúl. Me habían prometido una buena paga en opio azul por hacerlo. Si la policía no hubiera llegado justo cuando lo llevaba al depósito – no sé quién me delató –, lo hubiera conseguido. Cuando esa sombra, Luis, apareció por el pasillo, yo ya era su presa. La rara presa, irrefutable, del deseo de escribir.

    *

    JOSÉ IGNACIO HERNÁNDEZ (1988, Mendoza, Argentina) es escritor y estudiante de música. Desde el año 2019 hasta el 2024, estudió en el taller literario de Diego Niemetz. Publicó en diversas revistas literarias, entre ellas Ceniza, Surco, Buenos Aires Poetry, Irradiación, Ulrica, Santa Rabia Poetry, Phantasma, Grifo, Autores, Portal Azimut, El Poeta Ocasional. También participó en distintas antologías, como la antología de cuento psicológico, Psicogramas, de la Editorial Palabra Herida; en la Segunda Antología de Poesía, de Autores; en la primera antología de relatos, La casa, lo extraño, de la Editorial Lengua Suelta; en la colección La caravana del rayo: 28 poetas panhispánicos, de Santa Rabia Poetry; en Criaturas y mundos fantásticos: Antología de cuentos, del sello Nébula. En 2025 fue seleccionado para estudiar en el Writers’ Workshop de la Universidad de Iowa, con el poeta Mark Levine. En el presente, continúa sus estudios de escritura con el poeta Lucas Margarit.