Etiqueta: literatura argentina

  • Cipolletti honra a Osvaldo Soriano: colocan una placa en su casa y el mítico “peral de Rosebud” vuelve a latir

    Cipolletti honra a Osvaldo Soriano: colocan una placa en su casa y el mítico “peral de Rosebud” vuelve a latir

    La memoria también tiene raíces. Y en Cipolletti, esas raíces crecen firmes en la tierra de un patio donde un chico soñaba con ser futbolista, relator o simplemente contar historias. Este jueves 30 de abril a las 18, en la intersección de Blas Parera y Mengelle —actual sede de Aguas Rionegrinas— se descubrirá una placa en homenaje a Osvaldo Soriano, uno de los escritores más populares y queridos de la Argentina.

    El lugar no es casual. Allí vivió junto a su familia entre 1956 y 1959, en una casa de Obras Sanitarias donde su padre trabajaba como inspector. En ese mismo patio, todavía resiste el paso del tiempo un peral añoso, el mismo que décadas después se convertiría en protagonista de “Rosebud”, uno de sus relatos más entrañables. Ese árbol, con sus ramas torcidas y sus pequeñas peras esparcidas en el suelo, es hoy un símbolo de la infancia, la nostalgia y la literatura.

    La placa —realizada por el escultor Raúl Domínguez— será emplazada muy cerca de ese peral que Soriano trepaba cuando estaba triste, como si allí pudiera encontrar respuestas o refugio. La obra incluirá referencias a algunas de sus creaciones más reconocidas, en un gesto que une arte, historia y emoción.

    El homenaje es impulsado por la iniciativa cultural La Gira de los Barrios y la Biblioteca Popular Fernando Jara, con el objetivo de mantener viva la palabra de un autor que supo narrar como pocos la identidad argentina, combinando humor, política y vida cotidiana.

    El peral que inspiró al escritor a escribir uno de sus mejores relatos.

    El Cipolletti que marcó a Soriano

    Aunque nació en Mar del Plata en 1943, Osvaldo Soriano tuvo una infancia itinerante, marcada por los traslados laborales de su padre. Pero fue en Cipolletti donde su historia encontró un anclaje profundo. Allí transitó años decisivos, en los que empezó a moldear la mirada que luego llevaría a sus libros.

    En esa ciudad que él mismo definió como un “verdadero Far West”, vivió aventuras con amigos, asistió a la Escuela Industrial, trabajó en un galpón de empaque y pasó tardes enteras en el Club Cipolletti, escuchando música y soñando futuros posibles. En 1958, su padre le compró una moto y sobre esas dos ruedas recorrió calles, bardas y horizontes patagónicos.

    Aquella vida sin literatura —rodeado más de revistas deportivas que de libros— fue, paradójicamente, el germen de su universo narrativo. Porque en Cipolletti aprendió a mirar, a escuchar y a transformar lo cotidiano en relato. Esos años quedaron inmortalizados en “Cuentos de los años felices”, donde reconstruye ese territorio afectivo con una mezcla de melancolía, humor y épica.

    Si hay una imagen que sintetiza el vínculo entre Soriano y Cipolletti, es la del peral. Ese árbol no es solo un recuerdo: es un personaje. En “Rosebud”, el autor convierte ese rincón de su infancia en un símbolo de todo lo que permanece.

    El peral de “Rosebud”, memoria viva

    Si hay una imagen que sintetiza el vínculo entre Soriano y Cipolletti, es la del peral. Ese árbol no es solo un recuerdo: es un personaje. En “Rosebud”, el autor convierte ese rincón de su infancia en un símbolo de todo lo que permanece.

    Años más tarde, en una de sus visitas a la ciudad, Soriano volvió a encontrarse con ese árbol y dejó una reflexión que hoy cobra un nuevo sentido: las huellas de la vida pueden borrarse o confundirse, pero siempre nos acompañan. El peral sigue ahí, testigo silencioso de una historia que no deja de contarse.

    Un adolescente Soriano en el patio de su casa en Cipolletti.

    Un homenaje que invita a volver

    El acto de este jueves no será solo un reconocimiento institucional. Será también una invitación abierta a vecinos, lectores y amantes de la cultura a acercarse, recordar y redescubrir la obra de Soriano desde el territorio que la vio nacer.

    Bajo la consigna “La literatura es una forma de la memoria”, el encuentro propone reconectar con esas historias que, aunque escritas hace décadas, siguen dialogando con el presente.

    Osvaldo Soriano murió el 29 de enero de 1997, a los 54 años. Pero en Cipolletti, entre perales, calles de viento y recuerdos compartidos, su voz sigue intacta. Y este jueves, con una placa y un árbol como testigos, volverá a decir presente.

  • Los seis libros recomendados para esta semana

    Los seis libros recomendados para esta semana

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    El otoño del huemul
    Gloria V. Casañas

    A los habitantes del idílico paraje de Los Notros, ese pequeño pueblo al borde de la cordillera de los Andes, no les gustan los extraños. Viven en armonía entre cóndores y huemules, ríos, lagos y arroyos, montañas y bosques, integrados con la naturaleza y estrechando lazos con la comunidad. Por eso, la aparición de dos extraños -que hacen muchas preguntas, pero ocultan todo sobre sí mismos- genera recelos, desconfianza y malestar.

    Un joven deja Chile y cruza la cordillera en búsqueda de su verdadera identidad. Y una mujer que llega desde Buenos Aires arrastrando el peso de su infancia, despliega su mal carácter, su belleza y sus evasivas, y provoca inquietud en el pueblo, especialmente en el corazón de un hombre, quien, luego de un matrimonio conflictivo, deja de luchar contra la idea de enamorarse después de mucho tiempo. Mientras todos intentan descubrir los secretos de los recién llegados, una amenaza real y concreta avanza desde las sombras, poniendo en peligro la supervivencia misma de Los Notros.

    En El otoño del huemul, Gloria V. Casañas construye una atmósfera donde el paisaje funciona como una fuerza viva que modela los vínculos humanos. Los Notros emerge así como un microcosmos donde la naturaleza protege y, al mismo tiempo, pone a prueba a sus habitantes.


    Tinta china
    Juan Sasturain

    Hugo Pratt y Jean Giraud, Moebius, dos encantadores dibujantes, aterrizan en Buenos Aires en el año 1979. Llegan, junto con su amigo Opi, para participar de una bienal de historieta. Cuando Opi desaparece del hospital donde estaba internado, recurren a la agencia de Julio Etchenike, quien a pesar de algunas dudas iniciales decide tomar el caso.

    Este es apenas el principio de la nueva aventura de nuestro investigador privado, que irá adentrándose cada vez más en una colosal estafa que implica a policías, militares, servicios, dibujantes, editores, esposas, madres, hijos, amigos y amantes en un momento de la historia argentina donde es difícil definir con precisión quién es quién y cuáles son los objetivos de cada uno.


    Ventana magnética
    Fernando Fagnani

    A partir de un funesto diagnóstico de salud, un hombre que es lector, esposo, padre e hijo, deberá convertirse en testigo y testimonio de su propia historia. Puesto a hacerlo, el hallazgo de la palabra justa se vuelve esencial. Ya no hay lugar para el malentendido en esta cartografía emocional hecha de esquirlas.

    Cada detalle cuenta, promete el desastre o la salvación. Frente al descontrol, persigue señales, inventa esquemas y anhela un refugio. ¿Pero dónde reside el amparo? Aquí, lo inesperado, la fatalidad y el afecto adquieren la más humana de las dimensiones.


    Stephen Hero
    James Joyce

    Este libro es una de las primeras versiones del célebre «Retrato del artista adolescente». Dice la leyenda que el manuscrito original había superado la frontera de las mil páginas de extensión antes de que el autor resolviera deshacerse de él arrojándolo al fuego. Fue su hermana Eileen la que rescató varios pasajes incólumes.

    Aunque Joyce reescribió más tarde la novela en la que el joven irlandés se rebela contra la iglesia, el país y la familia, en esta primera versión, el ambiente es más discursivo y personal que en el Retrato. Muchos episodios cercenados con posterioridad en aras de una buena forma novelesca, en especial los de carácter autobiográfico, que dan cuenta de la vida íntima y familiar del protagonista, se presentan aquí en su totalidad.


    Hipersueño
    Hélène Cixous

    Hipersueño es una obra profundamente experimental en la que Hélène Cixous reflexiona sobre la muerte, el duelo y la escritura desde un lugar íntimo y poético. Escrita como un flujo fragmentario y no lineal, la novela transcurre en un “tiempo entre tiempos”, marcado por la cercanía de la muerte de su madre y la memoria de Jacques Derrida.

    Más que narrar una historia tradicional, el texto explora la experiencia de acompañar el fin, desarmando las formas narrativas convencionales mediante una puntuación libre, una sintaxis quebrada y un lenguaje inventivo. El libro propone así una manera distinta de pensar la muerte: no como cierre definitivo, sino como un espacio de pensamiento, amor y creación, donde la escritura se convierte en acto de resistencia y de vida.


    Elefante y Gato
    de Mauro Scarpa (Escritor), Benedetta Sala (Ilustradora)

    Elefante y Gato son amigos del alma. Hacen las mismas cosas, pero de manera diferente. Mientras Elefante come demasiado, ríe demasiado y trabaja demasiado, Gato hace todo lo contrario: come muy poco, ríe poco y trabaja poco. A medida que la historia avanza, Elefante y Gato se dan cuenta de que la clave para una amistad duradera no está en hacer todo de la misma manera, sino en aprender a convivir con sus diferencias, aceptarlas y encontrar un equilibrio juntos.

    Con la sencillez de una fábula contemporánea y el apoyo de ilustraciones expresivas y cálidas, Mauro Scarpa y Benedetta Sala ofrecen una historia que celebra la diversidad de temperamentos y la riqueza del vínculo amistoso. Elefante y Gato propone, con humor y delicadeza, una reflexión accesible para lectores pequeños —y no tanto— sobre la convivencia, la empatía y la aceptación del otro tal como es, recordándonos que la verdadera amistad no exige similitudes, sino comprensión y cuidado mutuo.


  • Juguete Rabioso: hoy compartimos «La Alarma», de Santiago Darío López

    Juguete Rabioso: hoy compartimos «La Alarma», de Santiago Darío López

    En este relato, el autor refleja la rutina y la frustración empujan a un hombre al límite moral ante una escena de violencia.

    “Tu alarma sonará en 3 horas 23 minutos”.

     Apagó la pantalla y dejó el celular cargando sobre la mesita de luz. Bostezando se giró en la cama en una oscuridad tan absoluta, que hubiera dado lo mismo si hubiera tenido los ojos abiertos o cerrados, pero él los tenía abiertos.

     Aquellas noches había estado particularmente inconforme con la vida… con su vida. Iván había comenzado su carrera laboral hace 24 años, como bachero en un restaurante, meses después y solo a causa de su larga insistencia, lo ascendieron a mozo. Allí estuvo unos 9 años hasta su despido resultado de una escandalosa discusión que mantuvo con un importante cliente al principio y que terminó luego en la oficina con su jefe, todo en la misma fatídica noche. Iván se había iniciado en los puestos más bajos y, muy a su pesar, ahí se mantuvo toda su vida. Nunca se amigó con la idea de que quizá estaba predeterminado psicológicamente solo a esos puestos y que inútil sería aspirar a cargos superiores, por esta negación es que Iván siempre trató de imponer su dignidad en todo momento y tarea, aunque esto le significara albergar una fuerte frustración.

    Pasados unos meses de aquel episodio en el restaurante, finalmente encontró trabajo en un hotel de egresados en el sector de limpieza, el horario rotativo le trajo algunas dificultades para dormir hasta el día de hoy, pero eso es secundario. A quienes realmente padece es a los estudiantes, todas las noches los ve allí eufóricos, con una alegría molesta, exaltada y según Iván hasta fingida. Cada 7 noches, nuevos estudiantes, los mismos disfraces, el mismo boliche, los mismos gritos, preservativos usados, etc. Pero los baños… con los baños ocurría algo curioso, a Iván le costaba creer lo que veía al entrar en ellos: era el absurdo mismo en forma de mierda, de todas las texturas y colores, mierda en el piso detrás del inodoro, mierda dentro del bidet, pero no de la líquida, de la sólida, la que no se va por el desagüe con un baldazo de agua, cada azulejo del piso y de las paredes estaba meticulosamente ensuciado.

     Para Iván no había descuido allí, no había caos, había intención, era poco menos que un mensaje, una gran metáfora escatológica que dejaba en claro quienes estaban por encima y quien por debajo. Semana a semana durante años los huéspedes le recordarían esto dentro del hotel, mientras que él se encargaría de hacerlo todas las noches en su cama. Ya había acumulado en su cuenta de banco bastantes años de humillación, esa humillación que está socialmente aceptada, de la “deseable”, la que está bien vista por la gente, sobre todo por la gente de clase alta y, aun así, no eran suficientes para retirarse y dejar de limpiarle el culo a cuanto patrón se lo pague.

    Cerró los ojos e intentó dormir. De hecho, lo logró, durmió unos treinta minutos hasta que unos gritos desesperados lo sobresaltaron, en la oscuridad encendió la pantalla de su celular iluminando su fruncida cara, marcaba las 03:17, tardó en determinar si habían provenido de una de sus habituales pesadillas o si venían desde la calle, otra vez alguien gritó, con pereza pero intrigado se asomó a la ventana de su monoambiente en el tercer piso, pero no había nadie, una vez más, ahora se oían claramente en la esquina, desgraciadamente no tenía visión hasta allí, más gritos, quizás de dos o hasta tres personas diferentes, más despierto que nunca se mantuvo observando con todas las luces apagadas para no ser advertido, hasta que iluminado por la luz naranja de la calle, pasó un joven de unos veinte años aproximadamente, piel blanca, cabello claro y bien vestido, llevaba de esas camperas infladas de esas marcas europeas que tantas veces vio en su trabajo, corría torpe y descoordinado, como si estuviese golpeado, a pocos metros lo perseguían cinco hombres jóvenes, la frenética fuga terminó en mitad de la cuadra a metros del local abandonado donde cada dos por tres, la policía venía a sacar a los adolescentes o gente sin hogar que allí se reunían a drogarse. Con una zancadilla lo tiraron y tapándole la boca lo metieron sin perder tiempo, al parecer conocían muy bien ese local.

    A estas alturas Iván tenía la adrenalina por las nubes, en un primer impulso tomó su celular para dar aviso a la policía, pero se detuvo un instante, miró las ventanas del edificio de enfrente con el tono de la llamada en curso aun en el oído, al parecer solo él estaba despierto a esas horas y, por lo tanto, era el único que había visto toda la escena, cortó. Volvió a apagar la pantalla de su celular y lo apoyó torpemente en su mesita de luz sin quitar la mirada de lo que pasaba allí abajo. Ya lo habían metido entre forcejeos, patadas al aire y golpes.

     Quizás a causa de esto es que habían sido tan descuidados al cerrar la destartalada puerta, ya que ésta se había abierto permitiendo que los quejidos se oigan, aunque tenues, desde donde estaba Iván. Se oía como por momentos la víctima lograba liberar su boca para soltar un grito fuerte el cual era rápidamente acallado, tal vez con la palma de una mano, volvía a soltar un quejido corto pero interrumpido casi al instante, como lo hace una rodilla cayendo violentamente en el pecho, quitándole todo el aire. Iván supo que, si alguien tenía que hacer algo era él, el único testigo del infortunio de aquel rubio muchacho.

    Tenía las pulsaciones aceleradas y sentía una energía sobrehumana que no había sentido jamás, se colocó las zapatillas y el pantalón corto y bajó ruidosamente decidido hacia la vereda, al cruzar la calle sigilosamente, volvió a observar las ventanas del edificio de enfrente, no había nadie. Cuidaba cada paso que daba evitando tropezar o pisar algo que pudiera hacer ruido, en cada paso que lo acercaba más y más a la puerta, rogaba porque no saliera ninguno de los delincuentes.

     En el estado de exaltación que atravesaba Iván, sus sentidos estaban más finos que nunca y él mismo no se explicaba cómo nadie más oía los sonidos de desesperación que emitía el joven. Al llegar a la puerta apoyó las manos en la pared y acercó la cabeza al borde del marco, pero con cuidado de no sobrepasarlo para que desde adentro no lo vieran, no se oía ningún ruido cercano, todos los que se oían provenían del fondo del ruinoso local. Se animó a asomarse, no había nadie, se dio vuelta para observar una vez más todas y cada una de las ventanas de los edificios, ninguna tenía luces prendidas, ninguna tenía cortinas corridas ni siquiera parcialmente, volvió a mirar hacia el interior del local, nadie se había quedado cuidando la puerta, señal de que no tenían mucha experiencia. Levantó la mano y temblorosa la extendió al interior, debería haber dado un paso para llegar cómodamente a agarrar el picaporte, pero en lugar de eso, se sostuvo de la pared con los dos pies juntos y se extendió tanto como pudo hasta tomarlo, la puerta se encontraba abierta de par en par, con su transpirada mano en el picaporte, miró por última vez hacia el interior, se oía al muchacho rubio intentar gritar, aunque ahora con menos ímpetu, como si finalmente hubiera aceptado su destino. Iván cerró la puerta lentamente y con un leve tirón hacia arriba se aseguró de que la dañada cerradura encaje y quedara trabada para que ya no pudiera abrirse sola y que nadie pudiera oír los cada vez más tenues gritos. Volteó, las ventanas estaban allí, igual que antes, vacías… igual que él lo estaba hace 15 minutos, pero no ahora, ahora tenía algo por lo que aguardar, algo como una semilla, una negra semilla germinando en este preciso momento, algo como una justicia poética o mejor aún, una venganza, que no es otra cosa que la justicia que uno mismo se proporciona, lo que la hace aún más satisfactoria.

    Volvió a cruzar la calle y subió las escaleras hasta su monoambiente, pero a diferencia de cuando bajó, esta vez lo hizo con sumo sigilo para asegurarse de no despertar a nadie, de no ser oído ni siquiera por los perros, cerró lentamente con llave en la oscuridad y se acurrucó calentito en su cama, se sentía liviano, como con un verde brote de alegría en el pecho que florecería en unas pocas horas en brillantes colores, tomó su celular y seleccionó la alarma que había activado hacía unos minutos, había decidido que faltaría al trabajo, que sería despertado por las sirenas de la policía y de la ambulancia a la hora que ellas consideren indicada y entonces se asomaría a la ventana y disfrutaría de que por un momento no sería él, el que estaría allí abajo, por un pequeño instante él sería el que observaría desde arriba y se regocijaría por dentro cosquilleándole las entrañas, aunque por fuera solo media sonrisa se le dibujara en el rostro, pero eso sería en unas cuantas horas. Tocó la pantalla. “Todas tus alarmas están desactivadas”.

    *

    SANTIAGO DARÍO LÓPEZ.

    Nacido en San Carlos de Bariloche (1989), su primer acercamiento a la literatura fue una vieja biblioteca de madera que tenía su madre, llena de libros muy distintos entre sí. Entre esos estantes empezó a leer sin demasiado orden, y así nació su interés por la literatura. Ese mismo entusiasmo lo llevó a la escuela, donde pasaba bastante tiempo en la biblioteca, leyendo y ampliando sus primeras lecturas. Ya en su adolescencia, ese recorrido se cruzó con la música. El Rap fue un espacio de aprendizaje importante, donde incorporó nociones de ritmo, estructura y cuidado por la palabra. Cuando esa etapa fue quedando atrás, la escritura siguió siendo un lugar propio. Ya entrados sus treinta años, el interés por la literatura volvió a despertar una vez más. Ese regreso se dio primero desde la poesía, a partir del descubrimiento de sus autores y de la lectura de sus obras, y luego desde el cuento. 

  • Juguete Rabioso: hoy compartimos: «Entre tumbas, cartas y recuerdos de Gardel», de Araceli Otamendi

    Juguete Rabioso: hoy compartimos: «Entre tumbas, cartas y recuerdos de Gardel», de Araceli Otamendi

    Entre papeles viejos y memorias familiares, una fotografía desata un relato donde el amor, la traición y la muerte se cruzan bajo la sombra de Carlos Gardel, en un cuento que oscila entre lo íntimo y lo sobrenatural.

    De vez en cuando revolvía entre los papeles viejos: cartas, documentos, antiguas facturas pagas, fotografías familiares amarillentas.

    Era un exorcismo que me servía para tomar nota de los recuerdos, a la espera de que algún acontecimiento, algo los evocara y me pusiera a escribir, así, la historia que jamás me había atrevido a escribir, hasta ahora.

    Y así fue como encontré la fotografía de la tumba de Gardel en el cementerio de la Chacarita bordeada de flores rojas que los visitantes a diario le arrojaban. ¿Por qué la tenía ahí guardada en esa carpeta entre tantos papeles?

    A mi abuela le gustaba Gardel, lo había conocido en el pueblo de ella, allá en Rojas, en la Provincia de Buenos Aires donde también nació Sabato. Donde mi abuela tenía el hotel y el Zorzal pasaba por ahí en sus giras junto a Razzano. Además de admirar a Gardel, porque ¿quién no?, si cada día cantaba mejor, como decían, mi abuela conocía algunas historias del cementerio.

    Una de las historias que prefería contarme era la de dos amantes que se encontraban en una bóveda, a la tarde.

    “…Ella salía arreglada, muy pintada, se usaba el sombrero. Nosotros la conocíamos y sabíamos adónde iba. Se había casado con ese infeliz del farmacéutico, no había tenido alternativa. Quedó embarazada y la familia la obligó a casarse. Pero ella no lo quería. Tenía un novio anterior, fino, de bigotitos, medio tramposo, al que le gustaba mucho el baile. Un día, cuando el chico ya tenía unos diez años el novio se le apareció. Y ella, la estúpida, se puso a llorar, y me contó, porque eso me lo contó, que el tipo quería salir con ella de nuevo, que le había escrito cartas, muchas cartas. La mujer, Marta, era una estúpida, y se metió de nuevo con el del bigote.

    Nosotros a veces le cuidábamos el chico, porque no tenía con quien dejarlo, y ella se iba a la hora de la siesta, enfilaba para el cementerio. Sabíamos también la hora en que iba a volver. Pero, sospechábamos que el marido ya se había dado cuenta porque llegaba a la casa cada vez más temprano. Al chico lo entreteníamos con la radio y los radioteatros. Era bueno. Jugábamos a las cartas con él. Matilde y Nora preparaban el mate y yo, a veces, me ponía a jugar con él, Huguito, se llamaba. La mujer llegaba después, a la tardecita, cansada, ojerosa. Sabíamos que se encontraba con el flaco ese en la bóveda familiar. Porque ella decía que era el único lugar donde no la iban a descubrir. Sí, una historia sórdida. La bóveda de la familia de ella estaba cerca de la de Gardel, nosotros la conocíamos porque ya habíamos ido al entierro de unos cuantos. Al padre de ella le gustaba el tango, como a mí. Pero el tango de Gardel, no de cualquiera. Porque nunca nos gustó cualquiera sino Gardel, el mejor. Y mirá, yo en la vida, siempre quise ser como Gardel, ¿ves tu tío? Siempre fue el mejor de la clase, el más trabajador, el que salió adelante. Y eso porque yo se los enseñé: sean como Carlos Gardel, siempre el mejor. Pero eso se logra con trabajo, además de talento. Porque Gardel ensayaba mucho. En cambio Matilde, tu tía… hmmm. Un día Carlos Gardel paró en Rojas, en el hotel. Nora estaba silbando, silbaba en la terraza, justo era un tango y él se paró en puerta y dijo: – Buenos días, señora: -¡qué bien silba el pibe! Y yo me puse a reir, porque la confundió a Nora con un chico, tenía el pelo corto y parecía un varón. Y entonces le dije: ¡es una nena! Y ahí nos quedamos conversando un rato, en la puerta. Esa noche paró ahí, en el hotel, Razzano lo acompañaba con la guitarra. Fue todo un alborto, ya te voy a contar…Porque Nora se había aprendido los tangos que escuchaba por la radio, eran los tangos de Gardel.

    Te sigo contando, acerca de la mujer, Marta. Un día el marido la siguió, hasta el cementerio. Y cuando estaban ahí, ella y el amante, adentro de la bóveda, les tiró varios tiros, a ella y a él. Después vino a casa, porque el chico estaba en casa y nos dijo que se iba a entregar a la policía, que había matado a la mujer, se puso a llorar…”.

    El cuento de mi abuela no terminaba ahí. Porque también decía que a veces, de vez en cuando, tenía la sensación de que la mujer, Marta, volvía, aparecía en la casa, como buscándola, para decirle algo. Y mi abuela decía que se caía algo al suelo cada vez que ocurría eso, o se movía algún cuadro, o una lamparita estallaba de golpe. Y es como ahora, mientras escribo esto que una ventana se cerró de golpe, casi se rompe el vidrio por el estrépito, y se escuchan algunos ruidos en la terraza, como si alguien estuviera caminando por ahí, por el techo, tal vez porque cuento cosas que no debiera contar. Y una música y un tango de Gardel ha empezado a sonar en la radio.

    *

    ARACELI OTAMENDI (Quilmes, Provincia de Buenos Aires) vive en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires desde los 9 años. Graduada en la carrera de Análisis de Sistemas (Universidad Tecnológica Nacional – Fac. Regional Buenos Aires). Cursó estudios de literatura principalmente en el taller de Mirta Arlt.  Es escritora y periodista, dirige desde hace veinticinco años las revistas digitales de cultura Archivos del Sur y Barco de papel. Publicó las novelas policiales Pájaros debajo de la piel y cerveza – Premio Fundación El Libro a escritores noveles 1994 y Extraños en la noche de Iemanjá. En 2000 su antología de escritores hispanoamericanos Imágenes de New York fue presentada en el Centro Rey Juan Carlos I de NYU, New York. Es traductora, tradujo a varias escritoras y escritores brasileños. Publica habitualmente en revistas y suplementos literarios de Argentina y de otros países, y también en antologías de escritores argentinos y de otros países. Es miembro correspondiente de la Academia Gloriense de Letras (Brasil), silla Silvina Ocampo.

  • “El buen mal”: el libro de una escritora argentina que ganó el Premio Aena de Narrativa y se llevó un millón de euros

    “El buen mal”: el libro de una escritora argentina que ganó el Premio Aena de Narrativa y se llevó un millón de euros

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    La escritora argentina Samantha Schweblin fue distinguida con el Premio Aena de Narrativa Hispanoamericana en su primera edición y se alzó con un galardón de un millón de euros por su libro El buen mal, una colección de relatos que, según el jurado, “eleva la tradición del cuento al punto más alto”.

    El anuncio se realizó en la ciudad de Barcelona, donde la autora fue elegida por mayoría entre los finalistas. La presidenta del jurado, Rosa Montero, destacó que la obra de Schweblin “recorre la frontera de lo posible y lo imposible”, consolidando su estilo como una de las voces más destacadas de la literatura contemporánea en español.

    Durante su discurso, la escritora agradeció a los lectores y reflexionó sobre el valor de la literatura en contextos adversos: “Cuando parece que el mundo se cae en pedazos, insistimos en celebrar la literatura”, afirmó. Además, hizo referencia a la situación de la educación pública en Argentina, poniendo el foco en la “muy quebrada Universidad pública de Buenos Aires”.

    El premio, que busca reconocer a la mejor novela en español publicada durante el último año, posiciona rápidamente al certamen entre los más importantes del mundo por su monto económico. Además del reconocimiento principal, los otros cuatro finalistas recibieron 30.000 euros cada uno.

    Entre ellos se encontraban los españoles Enrique Vila-Matas, por Canon de cámara oscura, y Marcos Giralt Torrente, por Los ilusionistas; el colombiano Héctor Abad Faciolince, con Ahora y en la hora; y la chilena Nona Fernández, autora de Marcianos.

    El acto de cierre estuvo a cargo del presidente de Cataluña, Salvador Illa, quien destacó el papel de Barcelona como uno de los principales centros editoriales del mundo hispanohablante y rindió homenaje al recientemente fallecido escritor valenciano Josep Piera.


  • Cubrí mis ojos con tus manos: la primera novela de la periodista Natali Ruiz de Galarreta

    Cubrí mis ojos con tus manos: la primera novela de la periodista Natali Ruiz de Galarreta

    Una historia de amor, identidad y los lazos que heredamos sin elegirlos. Esa es la esencia de la primera novela de la periodista y escritora Natali Ruiz de Galarreta, que acaba de publicarse y ya está disponible en librerías de Neuquén y Buenos Aires.

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    Nacida en Buenos Aires en 1992 y radicada en Neuquén, Natali es licenciada en Comunicación Social por la Universidad Nacional del Comahue y magíster por la Universidad de Salamanca. Periodista, consultora en comunicación y docente, hizo de la palabra su oficio desde siempre.

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    Pero la ficción era un territorio reservado para su intimidad y aunque escribía poemas y textos breves, nunca había escrito una novela. Eso cambió a fines de 2024, cuando un momento de transición personal la impulsó a sentarse a escribir en serio.

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    Tras un año de escritura y algunos meses más de edición, llegó el resultado: Cubrí mis ojos con tus manos. «Hace dos semanas me siento escritora. Antes no. Cuando tuve el libro en mis manos fue como decir: bueno, realmente se hizo realidad esto», contó en una entrevista en radio LU5.

    De qué trata la obra

    Cubrí mis ojos con tus manos es una novela sobre las complejidades del amor, la búsqueda de la identidad y una pregunta que late en cada página: ¿es posible superar los lazos de las historias que cargamos por el solo hecho de ser quienes somos y haber nacido donde nacimos?

    La novela tiene dos líneas argumentales que se alternan capítulo a capítulo. En el presente, sigue a una protagonista atravesando un vínculo amoroso complejo mientras intenta entenderse a sí misma. Intercalados con ese hilo, aparecen relatos que viajan hacia atrás en el tiempo —a principios del siglo XX, a mediados del siglo pasado— para contar las vidas de las mujeres de su linaje: su bisabuela, su abuela.

    Para construir ese pasado, Natali se apoyó en su propia genealogía, en testimonios familiares y en una pequeña investigación de época. El resultado es una narración íntima que navega con suspenso entre la psique de la protagonista y esos pasajes históricos que se van intercalando. Una voz nueva en la literatura argentina, psicológicamente resonante y estructuralmente ambiciosa.

    Dónde conseguir el libro

    Por el momento la novela se consigue en dos librerías físicas: en Neuquén, en la librería Mala Palabra (Ministro González 63) y en Buenos Aires, en la librería Dunken (Ayacucho 357). También está disponible para compra online a través de Mercado Libre.

    Para Natali, tener el libro en papel era una instancia irrenunciable. «Quise tenerlo en físico, me parecía como el primer paso», explicó. Sin embargo, adelanta que más adelante podría estar disponible en formato digital para leer en Kindle, celular o computadora.

    «Mi primer ideal es que la gente lo lea y que si hay alguien que resuene con la historia, que eso pueda hacer luz en alguien que haya vivido algo parecido o que esté atravesando una pregunta existencial como la que sucede en la historia», concluye.

  • Cubrí mis ojos con tus manos: la primera novela de la periodista Natali Ruiz de Galarreta

    Cubrí mis ojos con tus manos: la primera novela de la periodista Natali Ruiz de Galarreta

    Una historia de amor, identidad y los lazos que heredamos sin elegirlos. Esa es la esencia de la primera novela de la periodista y escritora Natali Ruiz de Galarreta, que acaba de publicarse y ya está disponible en librerías de Neuquén y Buenos Aires.

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    Nacida en Buenos Aires en 1992 y radicada en Neuquén, Natali es licenciada en Comunicación Social por la Universidad Nacional del Comahue y magíster por la Universidad de Salamanca. Periodista, consultora en comunicación y docente, hizo de la palabra su oficio desde siempre.

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    Pero la ficción era un territorio reservado para su intimidad y aunque escribía poemas y textos breves, nunca había escrito una novela. Eso cambió a fines de 2024, cuando un momento de transición personal la impulsó a sentarse a escribir en serio.

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    Tras un año de escritura y algunos meses más de edición, llegó el resultado: Cubrí mis ojos con tus manos. «Hace dos semanas me siento escritora. Antes no. Cuando tuve el libro en mis manos fue como decir: bueno, realmente se hizo realidad esto», contó en una entrevista en radio LU5.

    De qué trata la obra

    Cubrí mis ojos con tus manos es una novela sobre las complejidades del amor, la búsqueda de la identidad y una pregunta que late en cada página: ¿es posible superar los lazos de las historias que cargamos por el solo hecho de ser quienes somos y haber nacido donde nacimos?

    La novela tiene dos líneas argumentales que se alternan capítulo a capítulo. En el presente, sigue a una protagonista atravesando un vínculo amoroso complejo mientras intenta entenderse a sí misma. Intercalados con ese hilo, aparecen relatos que viajan hacia atrás en el tiempo —a principios del siglo XX, a mediados del siglo pasado— para contar las vidas de las mujeres de su linaje: su bisabuela, su abuela.

    Para construir ese pasado, Natali se apoyó en su propia genealogía, en testimonios familiares y en una pequeña investigación de época. El resultado es una narración íntima que navega con suspenso entre la psique de la protagonista y esos pasajes históricos que se van intercalando. Una voz nueva en la literatura argentina, psicológicamente resonante y estructuralmente ambiciosa.

    Dónde conseguir el libro

    Por el momento la novela se consigue en dos librerías físicas: en Neuquén, en la librería Mala Palabra (Ministro González 63) y en Buenos Aires, en la librería Dunken (Ayacucho 357). También está disponible para compra online a través de Mercado Libre.

    Para Natali, tener el libro en papel era una instancia irrenunciable. «Quise tenerlo en físico, me parecía como el primer paso», explicó. Sin embargo, adelanta que más adelante podría estar disponible en formato digital para leer en Kindle, celular o computadora.

    «Mi primer ideal es que la gente lo lea y que si hay alguien que resuene con la historia, que eso pueda hacer luz en alguien que haya vivido algo parecido o que esté atravesando una pregunta existencial como la que sucede en la historia», concluye.

  • Juguete Rabioso: hoy compartimos «Nada», de Patricia Mercado

    Juguete Rabioso: hoy compartimos «Nada», de Patricia Mercado

    En la rutina doméstica, una mujer lava, repite y piensa, mientras algo imperceptible comienza a correrse de lugar. Un retrato preciso donde lo cotidiano se vuelve extraño y el vacío asoma sin aviso.

    La mujer lava los platos en la cocina.

    El agua caliente desengrasa mejor: esa idea cruza el páramo de su mediodía y dirige una mano hacia la canilla de la izquierda.

    Repasa la olla mientras el locutor y la locutora discuten acaloradamente en la pantalla del televisor que cuelga de la pared.

    El lavarropas chilla con voz aguda desde el lavadero, la luz marca el último tramo del programa de lavado.

    ¿Ella se enganchó en un engranaje y gira también?

    El gato se acomoda entre sus piernas en una danza de movimientos mínimos, precisos.

    Toma el detergente que tiene agua agregada al envase para llegar a fin de mes. Hace espuma, todavía. Por tercera vez repasa el tenedor que sigue sucio, con eso pegado. Cambia la esponja blanda por la de metal, sabe, lo sabe bien, que ese tenedor volverá a ensuciarse, aunque cambie la esponja.

    En cambio, no sabe cómo, la pila de enseres sucios de la noche anterior, pasó al lado derecho de la mesada, donde coloca las cosas lavadas para escurrir.

    Pone la pava y prepara el mate.

    El lavarropas sigue aferrado a su partitura automática. No lo escucha. Ni a la tele. A la sirena de la ambulancia, sí. Viene de la calle. La ventana del comedor está abierta.

    Saca la pava del fuego antes que hierva. Carga el termo.

    Arrastra la silla hasta el patio. Se sienta al lado del malvón. Ceba un mate y toma.

    No tiene hambre.

    Ni sed.

    Nada.

    Patricia Mercado

    PATRICIA MERCADO. Licenciada en Psicología Social. Fue docente de la UBA. Coordina el espacio Caligrafía Nómade. Publicó Deambular la inquietud (Ediciones Campo Grupal, 2024), Carne sin luz (Alción, 2011), Diccionario de equívocos (Alción, 2004 junto a Walter Vargas). Participó en numerosos libros colectivos. Fue redactora de las revistas especializadas Campo Grupal y Psicología Social Hoy. Es columnista de la revista Adynata.

  • Juguete Rabioso: hoy compartimos «Nada», de Patricia Mercado

    Juguete Rabioso: hoy compartimos «Nada», de

    En la rutina doméstica, una mujer lava, repite y piensa, mientras algo imperceptible comienza a correrse de lugar. Un retrato preciso donde lo cotidiano se vuelve extraño y el vacío asoma sin aviso.

    La mujer lava los platos en la cocina.

    El agua caliente desengrasa mejor: esa idea cruza el páramo de su mediodía y dirige una mano hacia la canilla de la izquierda.

    Repasa la olla mientras el locutor y la locutora discuten acaloradamente en la pantalla del televisor que cuelga de la pared.

    El lavarropas chilla con voz aguda desde el lavadero, la luz marca el último tramo del programa de lavado.

    ¿Ella se enganchó en un engranaje y gira también?

    El gato se acomoda entre sus piernas en una danza de movimientos mínimos, precisos.

    Toma el detergente que tiene agua agregada al envase para llegar a fin de mes. Hace espuma, todavía. Por tercera vez repasa el tenedor que sigue sucio, con eso pegado. Cambia la esponja blanda por la de metal, sabe, lo sabe bien, que ese tenedor volverá a ensuciarse, aunque cambie la esponja.

    En cambio, no sabe cómo, la pila de enseres sucios de la noche anterior, pasó al lado derecho de la mesada, donde coloca las cosas lavadas para escurrir.

    Pone la pava y prepara el mate.

    El lavarropas sigue aferrado a su partitura automática. No lo escucha. Ni a la tele. A la sirena de la ambulancia, sí. Viene de la calle. La ventana del comedor está abierta.

    Saca la pava del fuego antes que hierva. Carga el termo.

    Arrastra la silla hasta el patio. Se sienta al lado del malvón. Ceba un mate y toma.

    No tiene hambre.

    Ni sed.

    Nada.

    Patricia Mercado

    PATRICIA MERCADO. Licenciada en Psicología Social. Fue docente de la UBA. Coordina el espacio Caligrafía Nómade. Publicó Deambular la inquietud (Ediciones Campo Grupal, 2024), Carne sin luz (Alción, 2011), Diccionario de equívocos (Alción, 2004 junto a Walter Vargas). Participó en numerosos libros colectivos. Fue redactora de las revistas especializadas Campo Grupal y Psicología Social Hoy. Es columnista de la revista Adynata.

  • El libro que surgió tras pasar una noche a solas en el museo Picasso de París

    El libro que surgió tras pasar una noche a solas en el museo Picasso de París

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    “Hay un solo amor”, de Santiago Amigorena, es un libro breve y concentrado, escrito desde una experiencia tan concreta como extraña: pasar una noche solo en el Museo Picasso de París.

    Invitado por la editorial Stock, el autor, nacido en Argentina y emigrado a París en 1973, recibe un catre, una vianda y un edificio entero en silencio. Ese encierro aceptado y desafiante funciona como disparador de un monólogo íntimo en el que el narrador intenta pensar -más bien conjurar- sus propios miedos a través del amor. El texto avanza como un diálogo interior, una rumia mental a veces oscura, a veces luminosa, siempre en tensión con preguntas que no tienen respuesta fácil.

    “Esperaba dormir -y soñar. Esperaba recorrer el museo, disfrutar de las obras y regresar hasta la cama plegable, exhausto, para acostarme. Esperaba que tu cuerpo, y los cuerpos densos de los dibujos de Picasso y los cuerpos congelados de las esculturas de Giacometti, devinieran un solo cuerpo, un cuerpo apaciguado, apaciguador, un cuerpo pesado y frágil al mismo tiempo, que estaría, durante la noche, a mi lado. Esperaba dormir como un niño, acunado por dos madres: el arte y el amor”, escribe en uno de los fragmentos del libro publicado en la Argentina por Serapis.

    El texto gira alrededor de una idea insistente: ¿se puede amar a dos personas al mismo tiempo?, ¿qué significa “amaré” o “amé” cuando el tiempo modifica todo?, ¿es posible haber amado de verdad?

    Santiago Amigorena, escritor, guionista y director de cine.

    Amigorena, autor de otros 13 libros, guionista en más de 30 filmes, director, entre otras, de la película “Algunos días en septiembre”, con Juliette Binoche, que se presentó en el Festival de Cine de Venecia, propone aquí una experiencia de lectura, un viaje hacia la intimidad de alguien que piensa en voz baja, rodeado de obras de arte, tratando de entender qué lugar ocupa el amor en su vida. Y con ese ánimo, convierte esas preguntas en un hilo narrativo que no busca conclusiones. El museo, que le sirve de escenario y de decorado nunca impostado a sus preguntas, se convierte, en esa soledad de la noche, en la cámara de resonancias de todas las preguntas.

    La noche en el museo se vuelve entonces un laboratorio emocional no siempre apacible: el narrador revisa su historia afectiva, sus contradicciones y la forma en que el amor, lejos de ser lineal, atraviesa todo un territorio lleno de pliegues.

    Con apenas 74 páginas, “Hay un solo amor” funciona como una pieza mínima y, al mismo tiempo, como una onda expansiva. No es una novela y tampoco un ensayo, sino un texto híbrido que se lee en una sentada y permanece mucho más tiempo.

    A lo largo del libro, aparece una rara mezcla de pudor y lucidez que convierte lo autobiográfico en una forma de pensamiento. Da la impresión de que Amigorena no escribe para confesar, sino para entender. Y en ese intento, el museo funciona como un espejo: las obras de Picasso, con sus fragmentos y recomposiciones, dialogan con un narrador que también se siente hecho de partes que no terminan de encajar. Pero de esa noche en vela quedan algunas certezas, mínimas, a veces dolorosas, a veces extraordinarias, sobre el amor.