La política neuquina, parece volver una y otra vez sobre sus viejos protagonistas. A dos años de la derrota histórica del Movimiento Popular Neuquino (MPN) en manos de Rolando Figueroa, el partido provincial que supo gobernar con mano firme durante seis décadas se encuentra en un estado de hibernación, casi un letargo existencial. Y en medio de ese sopor, surge una pregunta que incomoda y entusiasma a la vez: ¿Jorge Sapag vuelve?
La sola posibilidad de que el exgobernador -tres veces en funciones de responsabilidad institucional y heredero político de una dinastía que moldeó Neuquén- retome la escena abre un abanico de lecturas. Para algunos, sería el intento de rescatar un legado frente al avance de un Figueroa que, paradójicamente, nació y creció dentro del MPN antes de dinamitarlo desde adentro y hoy intentar apropiarse de sus restos. Para otros, puede parecer que la vuelta de Sapag sería apenas una maniobra que busca evitar la colonización de un partido que no logró renovar cuadros ni actualizar su discurso frente a la sociedad.
Mientras tanto, el actual gobernador parece disfrutar del fuego amigo: fogonea la reaparición de Jorge Sobisch, aquel exmandatario marcado a fuego por la represión y el asesinato de Carlos Fuentealba en 2007, a lo que se le suma la causa por la » Zona liberada» en Plaza Huincul, las irregulariades durante su campaña presidencial y la denuncia por «intento de coima» para conseguir Quórum en la legislatura provincial realizada por el entonces diputado Jorge Taylor, entre otros «logros«.
Figueroa deslizó hace un par de semanas la idea en una charla con militancia en Junín de los Andes, habló de homenajes adeudados a Jorge Sobisch y de la necesidad de rescatar al MPN, «tenemos que buscar un candidato de peso para que presida el MPN» dijo.
Como si la historia no hubiera dejado heridas abiertas, Sobisch es presentado ahora como un “político con peso propio”, en un juego de espejos que dice mucho sobre la falta de oxígeno y de evolución en la política neuquina.
La pregunta, entonces, no es solo si Sapag vuelve, sino qué Neuquén vuelve con él. ¿Aquel de la obra pública como motor de legitimidad? ¿El de la política paternalista y la «paz social«, el que aparecía como el impulsor de un “modelo neuquino” y constructor de un Felipismo renovado? ¿O un Sapag adaptado a un escenario donde Vaca Muerta es la verdadera usina de poder, y el federalismo ya no se mide en discursos sino en quién controla el flujo de gasoductos, oleoductos y dólares?
El MPN enfrenta un dilema que va más allá de los apellidos. Si su recuperación depende de reciclar viejas figuras, corre el riesgo de confirmar que su tiempo histórico pasó. Pero si logra reencontrar en ese ADN original la capacidad de ser y de reinventarse -como lo hizo en 1961 tras la proscripción del peronismo, o en los 80 tras la dictadura-, todavía podría sorprender.
Neuquén, tierra de retornos y rupturas, se debate entre la memoria y la necesidad de futuro. La vuelta de Sapag puede ser el símbolo de un renacimiento o la muestra más clara de que el partido que dominó la provincia durante 60 años quedó prisionero de su propio pasado. La autocrítica hacia la militancia y hacia los neuquinos en general, (de un dirigente en el que todavía algunos deposítan sus esperanzas para evitar la muerte o desaparición del MPN), debería ser el primer paso obligado antes de cualquier retorno a la arena política, sea con la intención que sea.
Por ahora son solo rumores apagados, apenas perceptibles, pero en política todos sabemos que algunas intenciones son como bolas de nieve y que «cuando el río suena» hay que abrir bien los ojos y estar atentos a las novedades.