La Valenti es el personaje artístico que inventó Valentina Soria, en principio “para sobrevivir y, luego, para atreverse a lo que Valentina no se animaba”, confiesa. Desde su infancia “modo Tarzán” a orillas del río Limay en Neuquén hasta su éxodo a Buenos Aires, su camino es una aventura permanente marcada por la poesía de resistencia, la autogestión y una obstinada fe en sus propias capacidades. Su inquieta curiosidad le permitió habitar distintas latitudes, pedir permiso en bares para deleitar con su voz y su guitarra, exprimir experiencias para nutrirse a cada paso, y soñar con habitar el escenario, con el teatro primero y con la música después. Tras vencer un linfoma en plena pandemia y transformar el dolor en bitácora colectiva, hoy atraviesa almas con un hilo invisible que une las peñas folklóricas con un set de música electrónica. Con bravura e inteligencia, su ser artístico avanza con la fuerza de un escudo inimputable y la fragilidad de una crisálida que hace de la música su trinchera de salvación.
La herencia que suena en estéreo
Valentina nació en Córdoba. Su mamá y su papá se conocieron en un recital de Spinetta. Por eso, además de admirarlo profesional y artísticamente, Valentina lo reconoce como el punto de inicio de su propia vida. Aún era una dulce beba cuando decidieron arraigarse en la capital neuquina, en una zona de la ciudad próxima al río Limay. Desde allí y para siempre, la escorrentía de las aguas se grabó en sus entrañas para resonar años más tarde en la composición de sus versos de los más diversos estilos musicales. “El río me anima, me atraviesa todo mi cuerpo, mi alma, mi todo… es demasiado lindo”, explica sobre lo que se enciende en su interior cuando visita la región. Sus palabras son precisas y delicadas, como si quisiera regalar honestamente ese sentir profundo que le propone el correr de las aguas en la escenografía donde evoca sus primeros recuerdos. Como si quisiera atesorar imágenes sensoriales de sus tardes de río a las que apelar cada vez que el desarraigo le quiebra la respiración.
La imagen doméstica de la infancia se completa con el sonido de la música en forma permanente. “En mi casa se escuchaba mucha música”, recuerda con una mezcla de nostalgia infantil y el orgullo de haberse criado entre las más diversas melodías. “El año pasado me agarré una caja gigante con todos los CDs que había y le puse: Herencia de Valentina, no tocar”, dice con orgullo sobre su valioso patrimonio.
Al terminar la escuela secundaria en el Colegio Don Bosco, el impulso del teatro, el canto y el baile en los que ya se había iniciado, la llevó a armar las valijas y partir hacia Buenos Aires, asumiendo la difícil elección de cuál de esas disciplinas sería la elegida para profundizar sus estudios. “Estaban como caballos de carrera para ver cuál ganaba porque me gustaban mucho las tres”, grafica sobre esa elección en la que el teatro ganó la pulseada. El desembarco en Buenos Aires no tuvo alfombra roja. Hubo, en cambio, una seguidilla de puertas cerradas en la cara. Valentina quería filmar películas; audicionó en la universidad pública, probó en una privada, insistió en el circuito municipal. La respuesta fue unánime: un montón de «no». Pero el rechazo, lejos de apagarla, activó una certeza silenciosa. «Yo sentía que era muy capaz«, y continúa recordando sus voces internas de aquel momento: “me repetía que si esa gente no lo podía ver era porque estaban buscando otra cosa. No era un problema mío”.
Hay una alquimia sutil en la forma en que Valentina desarma su propia historia. Sus palabras construyen una atmósfera donde la calma y el misterio se trenzan sin esfuerzo, revelando un encanto natural, casi anacrónico, que parece suspendido fuera del tiempo. “Uno tiene que entender que a veces hay lugares en los que sí, y lugares en los que no. Y hoy siento que estuvo bien no haber entrado a esos lugares”, dice con la experiencia de una persona sabia, aunque aún no llega a las tres décadas de vida.
El teatro municipal de Avellaneda fue su trinchera durante cuatro años, un espacio donde le iba demasiado bien como para abandonarlo. “Me encantaba ese lugar, me sentía cobijada”, expresa sobre los cuatro años en las que aprendió para siempre la soberanía de su cuerpo como sujeto expresivo. Hasta que la música, que venía pidiendo pista en los márgenes, se volvió inevitable. Sonó su teléfono en medio de una clase. Una productora la convocaba para abrir el Movistar Free Music en Neuquén. “No sé de donde me sacaron”, rescata sobre ese momento clave en el que sintió que las cosas “empezaron a suceder”. El director de la carrera, que hasta entonces había insistido en que su don era la actuación, la llamó a su oficina para darle la bendición más extraña de su vida: «Ahora si creemos que te tenés que ir». Despedirse de la facultad tuvo el misticismo de una abdicación. «Me fui a mi casa como si fuese la reina de Escocia”. Lo que siguió fue un viaje “en el colectivo de la Línea 17” de regreso a su casa con el peso de la corona rota y el inicio de una guerra fría con su madre, que temía que ese abrupto abandono podría ser el preludio de un desastre. Su padre, en cambio, le dejó la primera gran clave de su pragmatismo: «Cerrá bien la puerta, hija; si querés volver a entrar, podés». Pero Valentina ya sabía que no iba a volver. Ella, que ya había golpeado la puerta de decenas de bares porteños pidiendo permiso para cantar con su guitarra, inició entonces su verdadera formación informal: habitando la noche, conociendo músicos sin flashes, tomando clases particulares, escribiendo sus primeras canciones y fortaleciendo para siempre los cimientos de La Valenti.
La vulnerabilidad del escudo
“La Valenti es inimputable y puede hacer lo que quiera”, confiesa con la madurez de quien ha mirado de frente a sus propios abismos sobre su ser artístico al que se refiere en tercera persona. Su frase se completa con una afirmación que trasciende cualquier lógica convencional: “No sé muy bien quien es, la voy descubriendo todos los días”, concluye con la seguridad de quien se permite desplegar sus alas artísticas para ascender hasta donde se proponga. Es que La Valenti habita el mundo con la fuerza tempestuosa del río Neuquén, mientras que Valentina conserva la claridad transparente de las aguas del Limay, capaces de calmar la mansamente. Una perfecta alegoría de origen: dos ríos distintos que, al fundirse, se convierten en la misma corriente.
Cuando su carrera artística comenzaba a desplegarse, de la mano de su mánager de muchos años, J, un diagnóstico de un linfoma detuvo las rotativas. “Volví a Neuquén para hacer el tratamiento”, explica mientras relata que descansó en las decisiones de su mamá y su papá para afrontar el trance. “Cuando llegó lo de la enfermedad lo recibí muy raramente feliz”, revela en una declaración que estremece por su descarnada lucidez. Pero enseguida se ocupa de ampliar. “Yo tenía una enfermedad autoinmune antes del cáncer que me producía mucho dolor, no podía moverme. Era como un anciano en el cuerpo de una joven y ya me habían dicho que no tenía cura. Cuando apareció el diagnóstico del linfoma, yo estaba segura de que con eso se me iba todo. Y fue así”. El diagnóstico llegó un día antes de su cumpleaños y, con él, una catarata de preguntas sin respuestas, de sensaciones a flor de piel, de dolores y miedos, de tratamientos clínicos y alternativos, de disociaciones con su propio cuerpo y confesiones eternas.
“Pienso que fue romperme en mil pedazos para aprender que puedo amar y ser amada”, es una de las frases que escribió sobre esa etapa en sus redes sociales, una verdadera bitácora para conocer su historicidad en primera persona, sin dudar que tendrá mejor prosa que la que cualquiera que se dedique a la escritura pretenda alcanzar. Porque, además de todo, Valentina es una poeta etérea.
Fueron seis sesiones de quimioterapia demoledoras. Hacia la quinta sesión, Valentina llegó a pactar la posibilidad de la finitud con su madre: «Preparate porque, si esto no funciona, mi decisión es no seguir«, cuenta que le había confesado cuando ya no sabía de donde sacar fuerzas, pero convencida de que iba a funcionar.
“Época de plena pandemia, no me podían acompañar. Mi mamá me decía que cada vez que me iba a buscar, sentía que le entregaban otra persona, y eso es muy fuerte”, relata con crudeza. Su debilitado cuerpo de arcilla atravesó el dolor, la rabia, la pena; enfrentó la enfermedad y le perdió miedo al fin del viaje. En los momentos más oscuros, allí donde sentía perder su valorada libertad, su sensible alma de río la sostuvo, conectándola con paraísos místicos mientras se observaba a sí misma desde afuera.
Durante ese proceso de asedio clínico, la escritura se convirtió en un salvoconducto de salvación. “A partir del diagnóstico, decidí escribir un diario, con la convicción de que un día haría un libro”, relata sobre ese testimonio de puño y cuerpo en el que plasmó para siempre sus emociones más profundas, en las que transformó el dolor en fuente de inspiración. Todo aquello se vuelca hoy en un libro que publica semanalmente a través de la plataforma Substack, donde transcribe los diarios de su tratamiento y los conecta con sus vivencias del presente. Todo aquello, y tanto más, se vuelca también en sus versos y melodías que se convierten en canción.
Su virtud para la escritura se completa con la inspiración que le produce la literatura, la prosa y la sonoridad de otras mujeres, como María Elena Walsh, Mercedes Sosa, Simone de Beauvoir, Irma Cuña, Chavela Vargas, Madonna, Nina Simone, Eva Perón y tantas otras mujeres capaces de marcar un punto de inflexión en su pequeño contexto de mundo. Porque lo hicieron para siempre.
En sus composiciones, se atreve a las preguntas universales y a ir tejiendo respuestas según las experiencias transitadas, las palabras susurradas, los ecos del silencio, los borradores tachados, el péndulo del reloj, los dolores del alma, la soberanía de los cuerpos, la ternura de los vínculos, los caleidoscopios de colores, las dimensiones absolutas, los taquitos brillantes, el peso del desarraigo, el valor de la libertad, las diapositivas en blanco y negro, los discos gastados, los suelos habitados, la humedad en la mirada. El río. “Hago música porque me ha salvado la vida” repite incesantemente. Entonces, ya sanada, la resurrección tomó forma de discos, de videos, de escenarios…. de alas desplegadas.
Hasta la ternura, siempre
Aquel viaje de sanación decantó en R CHOP, su primer disco. Bautizado con el nombre técnico del esquema de su quimioterapia, el álbum se grabó a la vieja escuela, en vivo, en un estudio sin señal en medio de las montañas de Córdoba. Ese primer compilado acústico reunió composiciones del folclore al rap que ella califica como “muy sólidas” y que le van a gustar toda la vida.
Pero el proyecto no fue solo musical; fue una película de la supervivencia. En una serie de videos en continuado, Valentina tradujo de forma onírica el reverso de su internación. En la obra audiovisual, con tintes surrealistas, la hostilidad de la sala de espera y las sesiones de goteo se vuelven estética pura a través de un color obsesivo: el naranja del medicamento. En la pantalla, La Valenti aparece en un sillón, conectada a los tubos, exprimiendo naranjas como quien fabrica su propia salvación para retratar, al fin y al cabo, la marea de quedarse dormida durante ocho horas amarrada a una máquina.
Luego vino La Capitana, una obra inspirada en mujeres próceres de la historia argentina, las de los libros y las de su vida personal: su mamá, su abuela, su hermana, sus amigas. “La capitana es una mujer madura y más terrenal” dice La Valenti respecto del disco anterior que lo sintetiza como “un viejo loco gritando en una nube”. Este compilado, realizado en un moderno estudio, inicia con una reversión de la emblemática “Quimey Neuquén”, de Milton Aguilar y Marcelo Berbel, reivindicando su origen. El desarraigo atraviesa sus composiciones, rescatando su identidad y su mirada permanente hacia el sur.
Este disco, con el que hizo más de 40 shows, también tiene su correlato en formato audiovisual disponible en plataformas en micro clips que, en continuado, cuentan la historia de una mujer urbana atravesada por la historia, el folclore y el pop y toda la impronta que la caracteriza.
“Me considero un artista de vivo, entonces necesito tocar lo más posible”, asegura La Valenti quien conjuga en el escenario su pulso musical con su experiencia como actriz.
Subirse a las tablas o plantarse ante una cámara acciona en ella un mecanismo de transmutación inmediata donde toma el control de la escena con un histrionismo bestial. “Sucede como la Cenicienta cuando se convierte por medio de moño”, bromea respecto a su capacidad de transformarse cuando pone un pie en el escenario o se prende una cámara. “Me encanta, me siento poderosa”.
El escenario es para ella cualquier geografía que le permita compartir su arte, liberar su voz y encontrase con otros. Un bar de barrio, un teatro en Montevideo, las tablas del Konex, la Usina del Arte, el Quilmes Rock, la emblemática Ballena Azul, un espacio improvisado en la vereda, una plaza, o, incluso, una serie de escenarios de su gira artística en España. “Cada uno de ellos es un hito en mi vida porque es lo que más me gusta en el mundo”, confiesa.
En 2024 fue seleccionada por el Instituto Nacional de la Música para ir a presentar La Capitana en la Feria Internacional de la Industria de la Música, en Bilbao. “Fue tipo wow, esto era todo lo que yo necesitaba que pase”, recuerda.
Pero más allá las coordenadas, su entrega artística es total donde sea que la encuentre. Puede ser el más recóndito rincón ibérico hasta la vereda porteña donde ensaya acordes con Juan Falú con la naturalidad de una payada íntima. Es que recientemente deleitó con siete peñas de La Capitana, una propuesta que lideró en el Santa Evita y a la que sumó decenas de colegas a su edén sonoro.
El 2025, un año que definiría como bisagra en su carrera artística, se atrevió a más y se calzó el traje de gestora cultural. Tras encontrarse con una puerta imposible de abrir para homenajear a Mercedes Sosa en el Teatro Colón, no bajó los brazos y orquestó su propio tributo por los noventa años de una de las mujeres que califica como “las más increíbles del mundo”. Contactó a un amigo, se acercó a conversar con los dueños de dos restaurantes de una zona próxima al barrio Florida, armaron un escenario, decoraron las calles e invitaron a los vecinos a vivir un 9 de julio distinto, honrando el legado de Mercedes Sosa en un evento que llamaron Negra querida. “Esperábamos 200 personas y vinieron como 1500. Se vendieron 160 kg de guiso y locro. Pasó algo muy importante de verdad”, confiesa mientras recuerda que al llegar a su casa las emociones se apoderaron de ella.
Es en el escenario, o en la cuidada toma cinematográfica, donde asume el riesgo de atraer todas las miradas, donde se construye a esa mujer atrevida e intrépida que grita con los ojos y enarbola con su andar la bandera de capitanear la propia vida. La belleza singular de la poeta contemplativa contrasta con la intérprete potente y combativa que desnuda su alma y convoca a su público a un “parque de emociones”. La Valenti cuenta con la fidelidad de un público muy diverso en edad, en género, en gustos, en composición. “Toda la gente que se junta está muy cómoda, como contenida”, explica y usa la metáfora del nido para comparar con sus presentaciones. “Es como una guarida donde la gente se encuentra para ser libre, sentir, emocionarse, conversar con el de al lado y salir distinto”, explica sobe esa atmósfera que es capaz de construir con la sensibilidad de quien cuidó la semilla para disfrutar del bosque.
Esa postura ideológica se traduce en lo que ella denomina «la militancia de la ternura«, un concepto estético y político que trabaja palmo a palmo con su socio creativo. “Son juegos de palabras que vamos inventando para decir entre líneas lo que pensamos sin necesidad de nombra todo”, explica con claridad sublime, dando paso a otra personalidad que admira. “María Elena Walsh tuvo esa gran capacidad para entrar en las casas y dejar un mensaje, a veces encriptado, para quien quiera leer”, subraya.
“Siento que soy súper militante de un montón de cosas, de la justicia social y de los derechos humanos. Yo siempre digo que soy como un caballo de Troya, porque entro a lugares en los que tal vez podría no ser admitida, o en familias o en personas que piensan muy distinto a mí, y que sin embargo van, escuchan y disfrutan de eso, y capaz después se vuelven a la casa pensando algo.”
Como una quimera, Valentina proyectaba hace más de 10 años habitar el escenario con todo su ser. Y hoy ese sueño se hizo carne y se volvió río de la mano de la música.
Nunca dejar de capitanear
A los 29 años, tiene la mirada puesta en expandir su horizonte hacia México para seguir los pasos de referentes como Natalia Lafourcade, Mon Laferte y Silvana Estrada, además de trabajar en nuevos proyectos. Consciente de que el camino es largo y ofrece un abanico de bifurcaciones, exprime cada experiencia para nutrirse y aprender. Instalada en las afueras del cemento asfixiante de la gran ciudad, lidera su proyecto con un cuidadoso control de cada detalle estético, desde el vestuario y el maquillaje hasta la puesta en escena. “Tomar decisiones puntuales sobre la producción de una canción es importante, es una necesidad mía de poner los puntos finales sobre las cosas”, afirma reivindicando esa soberanía que le costó alcanzar.
Su punto de partida fue el folclore. “Siento que también va a ser mi recta final”, proyecta sobre su futuro, aunque advierte que en el medio quiere conectar con un montón de otras cosas. “Mi sueño de vida es cantar hasta que sea muy grande. Tengo una imagen mía, de muy vieja, sentada en una silla en un escenario capaz vacío, pero estar ahí cantando”.
En esa ruta de certezas, confiesa que después de tanto andar, solo puede temerle a la soledad. “Mi vida hoy es tal cual la imaginé en esos momentos de dolor, donde me pasaba las horas creando imágenes grandiosas en mi cabeza”, escribió recientemente en sus redes sociales, como quien mira el mapa de una promesa cumplida. Un mensaje que funciona como un abrazo a través del tiempo, una dedicatoria final que desarma cualquier armadura: la de La Valenti, la de la Capitana. Y con una humildad arrolladora, asegura que en su espejo retrovisor puede distinguir sus mensajes mediante los que se dio confianza a través del tiempo. “La vida simplemente se trata de seguir caminando, sin la urgencia de alcanzar nada”, replica con un pragmatismo implacable. Su arte, como el río, nunca se detiene; solo continúa su curso hacia la inmensidad.








