Etiqueta: Juguete Rabioso

  • Juguete Rabioso: Hoy compartimos «Un Fiat rojo», por Carlos Chavez

    Juguete Rabioso: Hoy compartimos «Un Fiat rojo», por Carlos Chavez

    Un llamado inesperado arrastra al narrador hacia un barrio temido y a una noche atravesada por la paranoia, donde el miedo al robo termina revelando una ironía tan absurda como inquietante.

    Me llama Rolando. Hace años que no lo veo pero su urgencia trasciende el teléfono. Se niega a decirme para qué quiere verme pero entiendo que no le puedo fallar.

    ¿Se estará muriendo? ¿Necesita plata? ¿Tuvo un hijo? ¿Se habrá separado? Me entusiasma imaginar cada alternativa y voy pensando escenas acordes con esa realidad. Seguro que ocurren todas, cada una en su dimensión.

    Me pasa una dirección pero cuando estoy llegando los vecinos me advierten de que la cita es en un barrio peligroso, así que estaciono en los bordes. Dejo mi auto, un Fiat 600 rojo en una vereda. Estoy realmente angustiado porque tengo que cumplir con ver a mi amigo pero para entrar al barrio hay que tener cuidado y se me ocurre que lo mejor es dejar mis tarjetas y el efectivo en un lugar seguro. No conozco a nadie por la zona pero la estación de ferrocarril está cerca; voy caminando apurado mientras miro cómo en las esquinas se abren un poco las moles de los viejos edificios y se alcanzan a ver las lejanas construcciones de la capital, reflejando el sol en sus vidrios. El destello llega hasta aquí.

    La estación es lúgubre y llena de gente, es un túnel que conserva en pocos lugares los azulejos que de todas maneras ahora están sucios y descascarados, hay mucha gente caminando por todo lados porque todavía no llego al andén a pesar de que hace largo rato que camino, me consuelo pensando que por suerte es una terminal y no una estación de trasbordo en donde seguramente habría mucha más gente. Por fin llego a la boletería. Mi plan es que alguno de los que atiende cuide mis cosas de valor para que nadie me las pueda robar en el barrio al que tengo que ir. Le pregunto al de la primera ventanilla que encuentro pero me dice que él ya termina su turno, que pregunte en la de al lado que la chica se queda hasta las diez. Espero terminar para esa hora, así que me asomo ya sacando mi billetera sin hacer caso de la multitud que no para de circular a mi alrededor. Cuando le pregunto a la empleada me dice que sí, que ella hoy se queda hasta las diez. Miro mi tarjeta y veo que la de débito está muy gastada, mi nombre casi no se lee y parte del plástico transparente que la recubría está salido pero persistentemente unido formando unos rulos extraños en la superficie. Voy a tener que pedir un cambio al banco lo más pronto posible. Pienso que tal vez la empleada de la estación no quiera cuidarla con el pretexto de que no se lee bien el nombre y qué sabe ella si después la devuelve a la persona correcta, pero finalmente no pasa nada, apenas la mira. Tal vez mucha gente le pide que le guarde sus cosas por un rato, especialmente en las proximidades de semejante barrio.

    De pronto pienso que tal vez ya se robaron mi auto. Si bien no lo dejé puntualmente en el barrio, está muy cerca de su zona de influencia y no les costaría nada caminar unas cuadras; así que prácticamente tiro mis cosas a través de la ventanilla, tengo que apurarme para llegar antes de que se lo lleven, no me acuerdo si dejé las llaves de mi casa adentro y comprobarlo en el camino me haría perder un tiempo precioso porque además tengo que esquivar a los pasajeros que acaban de llegar en un nuevo tren desde la capital. No es hora pico ni nada pero hay mucha gente que terminó su turno de trabajo y también mucha que necesita llegar para tomar servicio y prefiere tomar el tren para que no le roben el auto.

    Me llama Rolando. Hace años que no lo veo pero su urgencia trasciende el teléfono. Se niega a decirme para qué quiere verme pero entiendo que no le puedo fallar.

    ¿Se estará muriendo? ¿Necesita plata? ¿Tuvo un hijo? ¿Se habrá separado? Me entusiasma imaginar cada alternativa y voy pensando escenas acordes con esa realidad. Seguro que ocurren todas, cada una en su dimensión.

    Me pasa una dirección pero cuando estoy llegando los vecinos me advierten de que la cita es en un barrio peligroso, así que estaciono en los bordes. Dejo mi auto, un Fiat 600 rojo en una vereda. Estoy realmente angustiado porque tengo que cumplir con ver a mi amigo pero para entrar al barrio hay que tener cuidado y se me ocurre que lo mejor es dejar mis tarjetas y el efectivo en un lugar seguro. No conozco a nadie por la zona pero la estación de ferrocarril está cerca; voy caminando apurado mientras miro cómo en las esquinas se abren un poco las moles de los viejos edificios y se alcanzan a ver las lejanas construcciones de la capital, reflejando el sol en sus vidrios. El destello llega hasta aquí.

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    La estación es lúgubre y llena de gente, es un túnel que conserva en pocos lugares los azulejos que de todas maneras ahora están sucios y descascarados, hay mucha gente caminando por todo lados porque todavía no llego al andén a pesar de que hace largo rato que camino, me consuelo pensando que por suerte es una terminal y no una estación de trasbordo en donde seguramente habría mucha más gente. Por fin llego a la boletería. Mi plan es que alguno de los que atiende cuide mis cosas de valor para que nadie me las pueda robar en el barrio al que tengo que ir. Le pregunto al de la primera ventanilla que encuentro pero me dice que él ya termina su turno, que pregunte en la de al lado que la chica se queda hasta las diez. Espero terminar para esa hora, así que me asomo ya sacando mi billetera sin hacer caso de la multitud que no para de circular a mi alrededor. Cuando le pregunto a la empleada me dice que sí, que ella hoy se queda hasta las diez. Miro mi tarjeta y veo que la de débito está muy gastada, mi nombre casi no se lee y parte del plástico transparente que la recubría está salido pero persistentemente unido formando unos rulos extraños en la superficie. Voy a tener que pedir un cambio al banco lo más pronto posible. Pienso que tal vez la empleada de la estación no quiera cuidarla con el pretexto de que no se lee bien el nombre y qué sabe ella si después la devuelve a la persona correcta, pero finalmente no pasa nada, apenas la mira. Tal vez mucha gente le pide que le guarde sus cosas por un rato, especialmente en las proximidades de semejante barrio.

    De pronto pienso que tal vez ya se robaron mi auto. Si bien no lo dejé puntualmente en el barrio, está muy cerca de su zona de influencia y no les costaría nada caminar unas cuadras; así que prácticamente tiro mis cosas a través de la ventanilla, tengo que apurarme para llegar antes de que se lo lleven, no me acuerdo si dejé las llaves de mi casa adentro y comprobarlo en el camino me haría perder un tiempo precioso porque además tengo que esquivar a los pasajeros que acaban de llegar en un nuevo tren desde la capital. No es hora pico ni nada pero hay mucha gente que terminó su turno de trabajo y también mucha que necesita llegar para tomar servicio y prefiere tomar el tren para que no le roben el auto.

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    Trato de recordar el camino de vuelta desde la terminal hasta el lugar en donde estacioné pero el contraluz de la tarde casi noche no me permite identificar correctamente las calles, no todas tienen un cartel con el nombre y en realidad hay muchas esquinas parecidas, hay cafés que dejan ver parcialmente la transmisión del fútbol y la gente se detiene en las ventanas porque como es un horario casi laboral muchos no llegan a su casa antes de que termine el partido y también hay escuelas de las que salen niños directamente a los brazos de sus padres aunque también hay quienes se quedan hablando en la vereda y más adelante hay iglesias con limosneros y señoras que todavía cubren su cabeza con redecillas y algunas tienen los ruleros puestos porque tal vez se estén preparando para la boda que pronto se celebrará porque ya veo venir los autos adornados con cintas de colores y fotógrafos que disparan para todos lados y gente muy elegante que viene consumiendo unos bocadillos que parecen muy ricos a pesar de que son mezclas extrañas, tan extrañas como pera granos de café enteros queso y pimienta o uvas con tomates cherry y cuero de buey unos cocineros exquisitos que estuvieron estudiando muchos años en Europa.

    Cuando finalmente llego es como si hiciera coincidir la foto mental que saqué con el lugar donde estacioné, frente a una farmacia y me acuerdo que debería cambiar el cepillo de dientes de mi gato. Entro y cuando voy a sacar número no encuentro el dispensador, que normalmente está junto a la puerta, y por lo general es de plástico rojo aunque los he visto amarillos me parece, uno de los empleados me dice que no es necesario, que él me atiende, gracias, le digo, de nada, ¿es tuyo el fitito rojo? sí, le digo, ah, porque yo tengo uno igual, hoy no lo traje porque lo llevé al taller a cambiarle el embrague, mirá que muchas veces no es necesario le digo, es verdad pero le tengo confianza al mecánico me dice, que suerte que tuviste, me dice, acá cerca hay un barrio muy peligroso, no te robaron el auto porque pensaron que era el mío.

    Trato de recordar el camino de vuelta desde la terminal hasta el lugar en donde estacioné pero el contraluz de la tarde casi noche no me permite identificar correctamente las calles, no todas tienen un cartel con el nombre y en realidad hay muchas esquinas parecidas, hay cafés que dejan ver parcialmente la transmisión del fútbol y la gente se detiene en las ventanas porque como es un horario casi laboral muchos no llegan a su casa antes de que termine el partido y también hay escuelas de las que salen niños directamente a los brazos de sus padres aunque también hay quienes se quedan hablando en la vereda y más adelante hay iglesias con limosneros y señoras que todavía cubren su cabeza con redecillas y algunas tienen los ruleros puestos porque tal vez se estén preparando para la boda que pronto se celebrará porque ya veo venir los autos adornados con cintas de colores y fotógrafos que disparan para todos lados y gente muy elegante que viene consumiendo unos bocadillos que parecen muy ricos a pesar de que son mezclas extrañas, tan extrañas como pera granos de café enteros queso y pimienta o uvas con tomates cherry y cuero de buey unos cocineros exquisitos que estuvieron estudiando muchos años en Europa.

    Cuando finalmente llego es como si hiciera coincidir la foto mental que saqué con el lugar donde estacioné, frente a una farmacia y me acuerdo que debería cambiar el cepillo de dientes de mi gato. Entro y cuando voy a sacar número no encuentro el dispensador, que normalmente está junto a la puerta, y por lo general es de plástico rojo aunque los he visto amarillos me parece, uno de los empleados me dice que no es necesario, que él me atiende, gracias, le digo, de nada, ¿es tuyo el fitito rojo? sí, le digo, ah, porque yo tengo uno igual, hoy no lo traje porque lo llevé al taller a cambiarle el embrague, mirá que muchas veces no es necesario le digo, es verdad pero le tengo confianza al mecánico me dice, que suerte que tuviste, me dice, acá cerca hay un barrio muy peligroso, no te robaron el auto porque pensaron que era el mío.

    *

    CARLOS CHÁVEZ (Buenos Aires, 1961). Su inclinación por las letras lo marcó desde la más temprana infancia, por eso lo llamaban «el itálico» pero con los años se engrosó y oscureció por lo que ahora es conocido como «el negrito»
    Amplio, luminoso, con dependencias. Miembro fundador del colectivo Alamberse, sin embargo al momento de escribirse esta biografía su obra permanece inédita. Tal vez sea mejor.

  • Juguete Rabioso: hoy compartimos “Los biempensantes”, de Beloure

    Juguete Rabioso: hoy compartimos “Los biempensantes”, de Beloure

    El asfixiante relato de un hombre que se vuelve invisible frente a la corrección política. Una disección sobre el rechazo, el silencio y la violencia de ser ignorado.

    Ante el agobio de la desventaja 

    queda la alternativa de ser bufón o ermitaño. 

    Pero, indolente, 

    como soy o como me hicieron,

    preferí volverme invisible. 

    José Emilio Pacheco, Los días que no se nombran (2011)

    De reojo los miraba.

    La postura inicial había sido hacia adelante, con el cuerpo enfrentado hacia el grupo en el que había sido asignado junto a otros colegas. Les dieron el problema, los ejes, los criterios de análisis. Con estos parámetros debían comenzar a abordar la problemática, reflexionar en contexto, analizar bajo esas categorías y finalmente, volcar las observaciones y conclusiones del caso.

    Aunque diversos eran los campos de formación, todos procedían de un marco amplio común. Sin embargo, no pasó mucho tiempo hasta darse cuenta de que cada palabra suya caía en el vacío o era ignorada. Se comenzó a preguntar si eran las formas, si era el tono, si era el contenido. Intentó simular las formas, el tono, el contenido, pero el resultado continuó siendo el mismo: era olímpicamente ignorado. Hasta que comprendió que nada de lo que dijera sería válido.

    ¿Cómo será saberse siempre escuchado, validado? ¿Cómo será recibir la aprobación y el aplauso, incluso cuando digas una soberana estupidez? ¿Cómo será estar en el cuero de los biempensantes, los políticamente correctos, los catalogados desde el inicio como «necesarios»? ¿Cómo saben las palabras correctas, las que gustan ser oídas, las que endulzan? ¿Dónde queda lo que nadie quiere decir o escuchar: los errores, los vacíos, los malos resultados?

    Rodeado de los biempensantes como si de un islote se tratase, comenzaron los síntomas: se le cerraba el pecho al escuchar los discursos acertados y asertivos. El estómago se le arrugaba apretado por una cuerda, la misma estrangulándole la garganta. Las sienes le latían sin ritmo. Las manos y los pies se le fueron helando e insensibilizando. Fue consciente de que cuanto más tiempo pasara con los biempensantes ignorándolo alrededor, más difícil sería evitar la implosión.

    Sintió terror de sí mismo: ¿y si estallaba? ¿y si no podía contener el llanto o la risa histéricos? ¿Qué harían con él? ¿Harían explícito lo que ya era evidente: la segregación, el encierro, el ostracismo público? ¿O continuarían ignorándolo como si nada ni nadie hubiese estado sentado junto a ellos? De pronto descubrió que ya no estaba dentro del grupo, que de a poco lo habían dejado en un extremo de la mesa aunque seguía junto a ellos. Él seguía allí, haciendo de cuenta de que estaba integrado. No lo miraban. Cuando hablaba, no lo escuchaban. O bien lo miraban de reojo, con desaprobación cada vez que decía lo que no querían escuchar. Lo miraban unos segundos y luego seguían la conversación como si nadie hubiese hablado, la conversación salvadora de mundos, de los mundos biempensantes.

    Hicieron un break para tomar café e ir al kiosco. Él decidió quedarse allí, para comer una fruta que había llevado. Bocado tras bocado fue intentando llenar el hambre feroz de sentirse amigo, compañero, hermanado con otros, con la sociedad que lo escupía. Comió hasta saciarse. Hasta ser solamente una boca masticando y luego unos dientes golpeando sin tener que masticar.

    Volvieron del recreo con las manos llenas: café, bizcochos, torta de limón y alfajores de maicena. No preguntaron por él, ni dónde estaba ni a dónde se había ido. Nadie se percató de que no había salido, nadie se percató de que estuviese allí todavía.

    Los homogéneos, los complacientes, los biempensantes se sentaron a comer a sus anchas.

    *

    BELOURE es el seudónimo de Cintia Carolina Mansilla, nacida en prov. de Bs. As, profesora de Lengua y Literatura (UNRC), diplomada en Educación, imágenes y medios (Flacso) y actual Tesista por la Maestría en género, sociedad y políticas públicas (FlacsoPrigepp).

    En 1997 participó en la V Antología literaria de cuentos y poesías. Reflejos del alma. En 1998 recibió Mención de honor en el 3° Concurso Provincial de Poesía y Cuento Suburbano, (Dir. Gral. de Cultura y Educación. Prov. de Bs. As).

    Publicó su primer libro en 2021: Lo que el tiempo se llevó. Relatos sesgados. En 2022 publicó el poemario Ambedo, místico y subliminal, junto a Gisele Faya y Carolina Massa.

    Desde 2018 reside en San Martín de los Andes. En 2024 formó parte de la Poesía del Sur de Neuquén. Antología de Poesía Contemporánea, organizada por el Gobierno de la Provincia.

    En 2025 publicó su tercer libro: Costura invisible. Relatos huérfanos.

  • Juguete Rabioso: Hoy compartimos: «Opio Azul», de José Ignacio Hernández

    Juguete Rabioso: Hoy compartimos: «Opio Azul», de José Ignacio Hernández

    Una cena compartida abre la puerta a un visitante inquietante y a una historia donde lo cotidiano se vuelve sospecha. Entre el deseo de escribir y una red oscura de videntes, dinero imposible y obsesiones, el narrador desciende hacia una verdad que tal vez siempre estuvo destinada a alcanzarlo.

    Luis

    Nunca tendría que haber visto a Luis aparecer esa noche por el pasillo. Salir del ascensor y doblar justo para ver su sombra recortándose hacia mí, como si alguien le hubiera dicho que a esa hora, esa noche, él me vería y me hablaría por primera vez. Nunca. Nunca debí apurarme para entrar en el ascensor y besarme con la vecina del quinto. Pero Luis me vio y caminó hacia mí: yo sé que ustedes cenan de noche, dijo, me gusta escucharlos.

    Yo no estaba bien de plata; cada mes que pasaba me dejaba menos tiempo para escribir. Pero el pedido no estaba tan fuera de lugar. Un plato más no traía nuevos gastos y una cena de tres siempre es mejor cuando dos no se hablan. Entramos y llamé a Silvina:

    – Él es Luis.

    – ¿Y quién es Luis? – dijo.

    – Luis, el vecino de acá al lado, el silencioso. Siempre te elogiamos porque no hacés ruido. Tenemos problemas con la de arriba, con la del quinto.

    – Un gusto, Luis. No sabés lo bien que nos caíste siempre y eso que no te conocíamos.

    – Un gusto,…

    – Silvina, soy Silvina.

    – Me dice que le gustaría quedarse a cenar con nosotros, que no cocina y le gustaría…

    – No sé si saben pero me encanta escucharlos, cuando hacen ese arroz, no sé qué le ponen…

    – Ah, el guiso de azafrán – dijo Silvina – mirá cómo te diste cuenta.

    – Es la única noche en la semana que puedo dormir bien – dijo Luis –. Cuando cocinan ese guiso.

    – Bueno, váyanse un rato de la cocina así empiezo.

    – Vamos, ella también tiene sus secretos.

    La puerta de Luis estaba pegada a la nuestra, formaba una esquina al final del pasillo. Los guardias nos decían que tenía el departamento más grande del piso. Nunca antes lo había visto en persona, ni siquiera en el ascensor, en el piso de la basura, en el lavadero o en el estacionamiento. Ese día habíamos quedado con Silvina que en la noche comeríamos el arroz. 

    – Esto es lo mejor de la semana, ¿azafrán me dijiste que tenía?

    – Sí – respondió Silvina – no, en realidad le pongo un reemplazo que me enseñó mi mamá, más barato. Amor, ¿me ponés vino? Luis, decime, ¿a qué te dedicás?

    – Soy escritor y…

    – Yo también – interrumpí.

    – ¿Sí? Mirá, de haber sabido…

    – Sí pero tengo otro trabajo durante el día, estoy un poco estancado. ¿Qué escribís? Tenés pinta de escribir mucho…

    – Ja, ja, no, de hecho estoy un poco estancado también. Estoy investigando sobre un tema, empecé hace unos años… venía bien… ahora me está costando encontrar evidencias nuevas.

    – ¿Y qué es lo que investigás? – dijo Silvina – ¿se puede saber?

    – Estudio personas videntes.

    – ¿Videntes? ¿Cómo? – pregunté.

    – ¿Como Nostradamus? – preguntó Silvina.

    – Un poco más contemporáneos pero sí, algo así, Baba Vanga, Gushterov, Briggs, eh, Cayce, muchos.

    – ¿Y… por qué…?

    – Estoy siguiendo, más que nada, la historia de los escritos robados de ciertos videntes. Hay un grupo muy reducido, curiosamente son los más importantes, que dejó muchos escritos después de morir y…

    – ¿Y eso qué…?

    – Y que fueron robados, todos, apenas murieron.

    – ¿Estás rastreando los textos robados? Amor, ¿vino? Servile a él también…

    – Venía bien – siguió, sin responder – gracias… había dado con un vidente local, que murió hace poco. El Facha Motarda le decían. En la escuela era el tigre blanco porque su mamá le remendaba toda la ropa con hilo del mismo color. Uh, no saben. Tenía visiones cuando soñaba. Se lo podía ver todas las noches en una esquina, en el centro. Le preguntabas lo que quisieras, él siempre te escuchaba apoyado sobre la moto, campera de cuero, una rodilla desnuda por el jean descosido, ahora sí, siempre lúcido. No te aceptaba ni un cigarrillo siquiera. A mí nunca me dijo nada, apenas me le acercaba él sabía a qué iba. Yo igual caía todas las noches.

    Así pasó un año, más o menos. Ya no le hablaba, lo espiaba de lejos. Una mujer lo veía seguido; después supe que era la esposa. Me mudé a este edificio para estar más cerca de esa esquina. Estuve a punto de bajar los brazos, no tenía ningún indicio nuevo, no había podido averiguar dónde vivía. Nada.

    – ¿Pudiste…?

    – Hasta que una noche – me interrumpió y me asustó la manera en que empezó a hablar – una noche llego y veo la moto sin el Facha. La esposa estaba tirada en el piso, llorando, dando puñetazos. Yo le pedía, decía, le pedía que dejara a esa gente, que era peligrosa. Logré que me diera el domicilio del Facha y corro lo más rápido que puedo. No estaba lejos pero igual ya era tarde. Yo sabía, yo sabía – clavó el índice en la mesa y rebotó un tenedor – que este era el tipo de videntes que tenía escritos. El departamento olía a vómito, o pis de gato, no sé, tenía un cuarto todo revestido con estantes. No había un solo papel. Todo había sido vaciado, eso era obvio.

    – Traigo más vino…

    – Pero hubo algo – Luis me tomó del antebrazo y me impidió levantarme de la mesa – en ese departamento hubo algo que los saqueadores no advirtieron esa noche.

    – ¿Qué? – preguntó Silvina.

    – Un baúl. Estaba bien escondido, detrás de un placard. Un baúl lleno de billetes. Eran millones en billetes que decían ser argentinos. Hasta tenían cierto desgaste por el uso. Pero no se parecían a ningún billete argentino, histórico o actual, que hubiera circulado jamás.

    – Era plata de mentira, imaginaria – dije.

    – No, querido. Esa plata se usa, circula y vale más que la nuestra.

    – ¿Dónde se usa, entonces?

    Luis revolvió el último cono de vino en la copa y dijo:

    – Ojalá nunca tengas que conocer a las personas con las que usarías esa plata – se llevó el vino a la boca.

    – ¿Y qué pasó con la chica? – preguntó Silvina.

    – Nunca dije que era una chica – Luis y Silvina se miraron –. Supe que ella lo había dejado mucho antes de que todo esto pasara. Se cansó de vivir con miedo. El Facha trabajaba para esa gente, o esa gente lo usaba, no sé. La cosa es que no podía equivocarse con ellos. Cualquiera sabe que las visiones no siempre son fáciles de interpretar. Es fácil caer en un error, o leer muy antes de tiempo. El Facha leyó su propia muerte y ni siquiera se dio cuenta. Esa gente lo torturaba, muchas veces lo dejaron en coma. La mujer se escapó y se fue a vivir con otro. Al poco tiempo volvió a verlo en la esquina todas las noches.

    – Una mujer devota – dijo Silvina.

    – Yo no lo podría haber dicho mejor.

    – ¿Y el cuerpo del Facha? – quise saber.

    – Puf, se evaporó. Increíble. Mirá que he investigado. Lo limpiaron de la faz de la tierra.

    – ¿Y toda esa plata? – insistí – ¿qué pasó?

    – La plata azul – respondió Luis, pensativo – yo la llamo opio azul, por el uso que tiene y lo que le hace a las personas que la manejan. Somos cada vez más infantiles. Siempre extrañamos a Dios, por eso queremos ser dioses. Antes nos bastaba dar la vida en la guerra para sentir que éramos héroes. Hoy somos más voraces. Les damos palabras a las máquinas, como si fuéramos creadores, con la esperanza de hacer algo nuevo que nunca será nuevo, ni significativo.

    – No entiendo… ¿por qué opio azul?

    – Porque se usa para traficar inteligencias, entre otras cosas.

    – Mm, Luis, ¿tenés familia? ¿Estás en pareja?

    – Sil…

    – Está bien, está bien. Te lo digo de esta manera: antes miraba el precio de los preservativos para hacer chistes en mis grupos de amigos. Tenía miedo de que alguna vez me preguntaran y yo no supiera ni dónde se compran. Después, más o menos desde la muerte del Facha, ya no me importa seguirles el precio ni mostrar mi ignorancia.

    – El diablo siempre vuelve a pedirnos demostraciones – agregué –, como si se olvidara de las cosas.

    Luis me miró y dijo:

    – Como el buen viejo que es…

    *

    *

    II

    MMC

    Las cenas siguieron y mi trabajo me hacía llegar cada vez más tarde. Después de unos meses empecé a perderme la mitad de las conversaciones. Una noche estaban comiendo otra vez el guiso de arroz:

    – Está igual que siempre – dije – pero tiene algo distinto, está increíble, ¿qué le pusiste?

    Ella no me respondió pero alcancé a ver cómo se miraron con Luis:

    – No… ¿le pusiste azafrán?

    La noche siguiente no volví a comer. Cuando llegué, Luis ya no estaba.

    – Puedo lavar yo, Sil, andá a dormir…

    – ¿Dónde estabas?

    – En el trabajo, ¿no te avisé acaso?

    – Sí, claro…

    – ¿Cómo?

    – Encima no encuentro el cucharón de la mamá, ¡no lo encuentro! ¡Carajo! Es lo único que me queda de mi mamá…

    – Bueno, tranquila, ya aparecerá…

    – Ah, sí, menos mal que llegaste justo para decírmelo. Todo con vos es así… va apareciendo, cae y aparece, ¿viste?

    – Callate, caradura, ¿y vos? ¿Qué hacés poniéndole azafrán al tarado ese?

    – ¿Qué te molesta? A mí no me callás, ¿entendiste?

    – ¿Y? ¿Vos pagaste el puto azafrán? ¡No, querida! ¡Yo lo pagué! Capaz que el hijo de puta este te robó el cucharón…

    – ¡Es culpa tuya! ¡Imbécil! ¿Qué más querés que haga? ¡Carajo!

    – Bueno, dejá de romper las cosas, por favor, ¿qué querés que haga yo? ¿No ves la hora a la que llego?

    – Mañana le decís al tipo ese que para él no cocino más. Tampoco para vos, ¡ahora te vas, imbécil! ¡No te quiero acá!

    Tuve que decirle a Luis que no viniera más. Se mostró un poco incómodo al principio. La excusa de que mis horarios dificultaban las cosas pareció convencerlo. Hay algo que me preguntó en un momento y no supe responder. Decidí quedarme unos días en el departamento donde guardo las herramientas de mi trabajo. No recuerdo haber pasado en ese lugar ni una noche siquiera. La primera vez que amanecí ahí sentí un olor a encierro desagradable, como el vómito y el pis de gato del Facha Motarda. ¿Qué le preguntarías a un vidente? Esa pregunta me golpeaba el pecho, ¿por qué tuvo que hacérmela? ¿Habrá adivinado que la sola idea de acercarme a alguien así me produce espanto?

    Todos somos adictos a lo desconocido. Despegamos la cabeza de la almohada para creer que estamos a salvo, que el sueño ha terminado. Y no hay nada mejor, tengo que admitirlo, que seguir durmiendo, con los ojos pegados a ese brillo azul en la noche y, por qué no, hasta me gusta vivir entre el vómito y el pis de gato. Todo con tal de no ver esa luz temprana que me dice es hora de hacer las cosas que no quiero hacer. Que no querría haber hecho.

    Silvina me llamó una noche, desesperada. Eran cerca de las cuatro de la mañana y me pidió que fuera a verla. Cuando llegué estaba terminando de hacer las valijas. Me dijo que se iba a vivir con la hermana. Alguien había entrado en el departamento mientras dormía. Así no podía seguir. Respondí algo, no recuerdo bien qué, la vi de pronto gritando, temblando, apuntándome con el Buda de hueso. Después me vi apretándole el cuello con las manos. Yo no quería que se fuera, no así.

    Pero tuve que dejarla ir…

    La noche siguiente invité a Luis a cenar. ¿Qué pasó con Silvina?, es lo primero que me preguntó.

    – ¿Whisky?

    Chasqueó los dedos y dijo:

    – Tomarás whisky en conmemoración mía.

    – Amén. Estás animado hoy.

    – No sabés – habló casi en secreto –, encontré la pista de un depósito.

    – ¿De un vidente nuevo?

    – No, no, encontré el depósito, ¿y la Sil, no va a venir a cenar?

    – Está en lo de su madre, viste cómo es, ¿un depósito?

    – Sí… con hielo, por favor, gracias. Si llego a dar con este lugar… no sé…

    – ¿Cómo lo encontraste?

    – En mi archivo está todo – siguió, sin responder – es el mejor trabajo que hice, le puse mi mejor cuento, ja, ja, ¿qué te parece?

    – ¿Mi mejor cuento?

    – Tiene un toque de añejo… agradezco que pusieras esa música, no soporto a los escritores que se la dan de rockeros…

    – Amén.

    – Y a volver a casa con olor a jabón chico – chocamos los vasos –. Cambiando de tema – dijo –, o volviendo al tema, ja – tomó un sorbo de whisky, agitó los hielos y volvió a tomar –, ¿sabías que la esposa del Facha se llamaba Silvina, no? 

    – ¿Y? ¿Tu pregunta es acaso una forma de decirme que estás al tanto de eso?

    – ¿De qué? No, no sé…

    – ¿Qué querés, Luis? Decime qué querés.

    – Mirá, te voy a dejar esto en claro… – me miró, con la boca abierta.

    – ¿Luis? ¿Estás bien?

    Empezó a atragantarse, se le hincharon los labios, sus ojos despidieron un líquido amarillo. Con una mano levantó el vaso como para tirármelo en la cara. Pero el esfuerzo fue en vano, perdió el equilibrio y se cayó de la silla. Supe que agonizaba, podía escucharlo a pesar de la música. En algún momento, los sollozos se aplacaron, se perdieron en una última erupción de saliva. La música terminó, me levanté y caminé hacia él. Palpé en sus bolsillos un juego de llaves.

    Es verdad lo que decían los guardias. Tiene un departamento impoluto, cuatro veces más grande que el mío. La cocina está adelante, hay una fuente alta con forma de flor de loto en el centro. Por un pasillo se llega a las habitaciones. Casi todas las paredes cubiertas con bibliotecas. A los pies de su cama, el baúl. No me costó encontrarlo, siempre supe que si él lo tenía, ese sería el lugar donde lo guardaría. Lo guardaría y no tocaría ni un solo billete. Sobre los fajos azules había una carpeta que decía: MMC.

    Le di la carpeta a mi editor, le dije que ese era mi mejor cuento. Lo demás es innecesario, como la sentencia que hoy firmó el juez Versa, declarándome culpable. Yo nunca leí el escrito; por lo que me dijeron, es una declaración de Luis en mi contra, donde me acusa de matarlo a él, a Silvina y a la vecina del quinto piso. Todo es mentira, es un cuento. Pero mi editor pensó que debía terminar en manos de un juez. Mi único trabajo era recuperar el baúl. Me habían prometido una buena paga en opio azul por hacerlo. Si la policía no hubiera llegado justo cuando lo llevaba al depósito – no sé quién me delató –, lo hubiera conseguido. Cuando esa sombra, Luis, apareció por el pasillo, yo ya era su presa. La rara presa, irrefutable, del deseo de escribir.

    *

    JOSÉ IGNACIO HERNÁNDEZ (1988, Mendoza, Argentina) es escritor y estudiante de música. Desde el año 2019 hasta el 2024, estudió en el taller literario de Diego Niemetz. Publicó en diversas revistas literarias, entre ellas Ceniza, Surco, Buenos Aires Poetry, Irradiación, Ulrica, Santa Rabia Poetry, Phantasma, Grifo, Autores, Portal Azimut, El Poeta Ocasional. También participó en distintas antologías, como la antología de cuento psicológico, Psicogramas, de la Editorial Palabra Herida; en la Segunda Antología de Poesía, de Autores; en la primera antología de relatos, La casa, lo extraño, de la Editorial Lengua Suelta; en la colección La caravana del rayo: 28 poetas panhispánicos, de Santa Rabia Poetry; en Criaturas y mundos fantásticos: Antología de cuentos, del sello Nébula. En 2025 fue seleccionado para estudiar en el Writers’ Workshop de la Universidad de Iowa, con el poeta Mark Levine. En el presente, continúa sus estudios de escritura con el poeta Lucas Margarit.

  • Juguete Rabioso: Hoy compartimos «Darwin, un cuchillo, una caja y un libro», de Santiago Iturbe

    Juguete Rabioso: Hoy compartimos «Darwin, un cuchillo, una caja y un libro», de Santiago Iturbe

    Entre anécdotas filosas y destinos cruzados, Charles Darwin y Robert FitzRoy encarnan el choque entre ciencia y fe, curiosidad y tragedia. Un relato que desarma libros —y certezas— para explorar el precio íntimo de cambiar la manera en que entendemos la vida.

    Cuenta, Richard Lee Marks, que le contaron que el naturalista, Charles Darwin, cuando leía, tenía cerca un cuchillo afilado, con el cual sacaba el lomo del libro y así sus hojas quedaban libres para leerlas con más comodidad, las hojas sueltas las depositaba en una caja vacía. Si el libro le interesaba, las guardaba, sino las desechaba. Cuentan que Karl Marx le envió su libro, El Capital con el cual aplicó su procedimiento y le envió unas líneas donde le decía: “su libro me ha interesado pero no soy especialista en ciencias político económicas”, de todas maneras conservo el libro (las hojas sueltas) en una caja. 

    Su amistad con el capitán Robert FitzRoy  data desde su infancia, si bien son muy distintos, uno laborista, otro conservador. Los une la vuelta al mundo de cinco años en el “Beagle”, Robert como Capitán y Charles como científico. El capitán es cinco años mayor que Charles.
    Darwin publica, en 1860, El origen de las especies, treinta años después del viaje, FitzRoy no comparte la idea, idea que refuta la escritura bíblica. La reina Victoria, no le presta mucha atención al libro. Charles escribe, la “selección natural” es para el más “adecuado”, no para el más apto.
    Sin embargo, la propuesta de publicación tiene un éxito rotundo en ventas. La salud de Darwin declina, si bien vivirá veintidós años más con cierta comodidad. No así FitzRoy que, imposibilitado del vigor físico de otros años, decide, luego del desayuno con su esposa, pasar al toilette y cortarse la yugular con una navaja bien afilada. Frente al espejo, se miran por última vez, el capitán y su “yo”.
    Hoy sabemos, somos producto de millares de generaciones, poco más que un millón de años de “evolución”.

    Imitador, imitado

    La mariposa Leptalis imita a una Ithomia. Podemos encontrar otras especies imitadoras o imitadas, pertenecientes a dos mismos géneros, cuya semejanza es igualmente estrecha. Se han encontrado, nada menos que diez géneros que imitan o son imitados, siempre viven en la misma región. Cabe preguntarse: ¿Por qué ciertas formas son consideradas como imitadoras y otras como imitadas?
    ¿Quién imita a quién y por qué? Estudiosos llegan a la conclusión que es un mecanismo de conservación, de defensa. Si trasladamos esta observación de Charles Darwin, quien la realizó hace más de ciento cincuenta años, la pensamos en nuestra sociedad actual, el ser social vive por imitación, lo cual lo ayuda a su supervivencia, ¿a quién imita?

    ¿Quién es el imitador? ¿Quién el imitado?

    El gran pianista y músico, Lalo Schifrin, (1932-2025), argentino, radicado en Nueva York, cuenta una anécdota en las calles del Bronx, que, volviendo de una noche de tocar en un bar, se cruza con dos mastodontes que lo amenazan con robarle y molerlo a palos. Él, como actitud de supervivencia, se hace el loco, haciendo contorsiones y muecas y asusta a los atacantes: instinto de supervivencia.
    Fuera de la anécdota, siempre imitamos a alguien o somos imitados por alguien.

    Flores de mí jardín (lo eficiente y la hermosura)

    Las flores se vuelven hermosas, por contraste del verde de las hojas, estos colores atraen y orientan a los insectos que las polinizan. El color es hermoso, no importa, «tiene una finalidad», una eficiencia. Antes que el ser humano existiera, ya existía la hermosura. La simetría. El concepto de «hermoso» es mental, es particular. Aquello que a vos te gusta, puede no gustarle a otro y viceversa. Aquello que no es factible de subjetividad, es que, si talamos el bosque, su eficiencia declinará y así, todo aquello que lo rodea, incluidos nosotros.

    *

    SANTIAGO ITURBE, de Roca, Patagonia Argentina. Me convocaron a escribir en el ´81 en Propuestas, Alternativa de Rock, luego, el Centro de Escritores y la lectura y tres hijos y un sueño y los amigos y los lectores y hacer un mundo mejor o escribirlo.

    Libros publicados: El hombre de traje blanco (Novela colectiva, Centro de Escritores de General Roca, PubliFadecs), Relatos 1 (Kuruf Ediciones), Haz que llueva, historia de escuelas, revistas y diarios y paredes (Kuruf Ediciones).

  • Juguete Rabioso: hoy compartimos «La Alarma», de Santiago Darío López

    Juguete Rabioso: hoy compartimos «La Alarma», de Santiago Darío López

    En este relato, el autor refleja la rutina y la frustración empujan a un hombre al límite moral ante una escena de violencia.

    “Tu alarma sonará en 3 horas 23 minutos”.

     Apagó la pantalla y dejó el celular cargando sobre la mesita de luz. Bostezando se giró en la cama en una oscuridad tan absoluta, que hubiera dado lo mismo si hubiera tenido los ojos abiertos o cerrados, pero él los tenía abiertos.

     Aquellas noches había estado particularmente inconforme con la vida… con su vida. Iván había comenzado su carrera laboral hace 24 años, como bachero en un restaurante, meses después y solo a causa de su larga insistencia, lo ascendieron a mozo. Allí estuvo unos 9 años hasta su despido resultado de una escandalosa discusión que mantuvo con un importante cliente al principio y que terminó luego en la oficina con su jefe, todo en la misma fatídica noche. Iván se había iniciado en los puestos más bajos y, muy a su pesar, ahí se mantuvo toda su vida. Nunca se amigó con la idea de que quizá estaba predeterminado psicológicamente solo a esos puestos y que inútil sería aspirar a cargos superiores, por esta negación es que Iván siempre trató de imponer su dignidad en todo momento y tarea, aunque esto le significara albergar una fuerte frustración.

    Pasados unos meses de aquel episodio en el restaurante, finalmente encontró trabajo en un hotel de egresados en el sector de limpieza, el horario rotativo le trajo algunas dificultades para dormir hasta el día de hoy, pero eso es secundario. A quienes realmente padece es a los estudiantes, todas las noches los ve allí eufóricos, con una alegría molesta, exaltada y según Iván hasta fingida. Cada 7 noches, nuevos estudiantes, los mismos disfraces, el mismo boliche, los mismos gritos, preservativos usados, etc. Pero los baños… con los baños ocurría algo curioso, a Iván le costaba creer lo que veía al entrar en ellos: era el absurdo mismo en forma de mierda, de todas las texturas y colores, mierda en el piso detrás del inodoro, mierda dentro del bidet, pero no de la líquida, de la sólida, la que no se va por el desagüe con un baldazo de agua, cada azulejo del piso y de las paredes estaba meticulosamente ensuciado.

     Para Iván no había descuido allí, no había caos, había intención, era poco menos que un mensaje, una gran metáfora escatológica que dejaba en claro quienes estaban por encima y quien por debajo. Semana a semana durante años los huéspedes le recordarían esto dentro del hotel, mientras que él se encargaría de hacerlo todas las noches en su cama. Ya había acumulado en su cuenta de banco bastantes años de humillación, esa humillación que está socialmente aceptada, de la “deseable”, la que está bien vista por la gente, sobre todo por la gente de clase alta y, aun así, no eran suficientes para retirarse y dejar de limpiarle el culo a cuanto patrón se lo pague.

    Cerró los ojos e intentó dormir. De hecho, lo logró, durmió unos treinta minutos hasta que unos gritos desesperados lo sobresaltaron, en la oscuridad encendió la pantalla de su celular iluminando su fruncida cara, marcaba las 03:17, tardó en determinar si habían provenido de una de sus habituales pesadillas o si venían desde la calle, otra vez alguien gritó, con pereza pero intrigado se asomó a la ventana de su monoambiente en el tercer piso, pero no había nadie, una vez más, ahora se oían claramente en la esquina, desgraciadamente no tenía visión hasta allí, más gritos, quizás de dos o hasta tres personas diferentes, más despierto que nunca se mantuvo observando con todas las luces apagadas para no ser advertido, hasta que iluminado por la luz naranja de la calle, pasó un joven de unos veinte años aproximadamente, piel blanca, cabello claro y bien vestido, llevaba de esas camperas infladas de esas marcas europeas que tantas veces vio en su trabajo, corría torpe y descoordinado, como si estuviese golpeado, a pocos metros lo perseguían cinco hombres jóvenes, la frenética fuga terminó en mitad de la cuadra a metros del local abandonado donde cada dos por tres, la policía venía a sacar a los adolescentes o gente sin hogar que allí se reunían a drogarse. Con una zancadilla lo tiraron y tapándole la boca lo metieron sin perder tiempo, al parecer conocían muy bien ese local.

    A estas alturas Iván tenía la adrenalina por las nubes, en un primer impulso tomó su celular para dar aviso a la policía, pero se detuvo un instante, miró las ventanas del edificio de enfrente con el tono de la llamada en curso aun en el oído, al parecer solo él estaba despierto a esas horas y, por lo tanto, era el único que había visto toda la escena, cortó. Volvió a apagar la pantalla de su celular y lo apoyó torpemente en su mesita de luz sin quitar la mirada de lo que pasaba allí abajo. Ya lo habían metido entre forcejeos, patadas al aire y golpes.

     Quizás a causa de esto es que habían sido tan descuidados al cerrar la destartalada puerta, ya que ésta se había abierto permitiendo que los quejidos se oigan, aunque tenues, desde donde estaba Iván. Se oía como por momentos la víctima lograba liberar su boca para soltar un grito fuerte el cual era rápidamente acallado, tal vez con la palma de una mano, volvía a soltar un quejido corto pero interrumpido casi al instante, como lo hace una rodilla cayendo violentamente en el pecho, quitándole todo el aire. Iván supo que, si alguien tenía que hacer algo era él, el único testigo del infortunio de aquel rubio muchacho.

    Tenía las pulsaciones aceleradas y sentía una energía sobrehumana que no había sentido jamás, se colocó las zapatillas y el pantalón corto y bajó ruidosamente decidido hacia la vereda, al cruzar la calle sigilosamente, volvió a observar las ventanas del edificio de enfrente, no había nadie. Cuidaba cada paso que daba evitando tropezar o pisar algo que pudiera hacer ruido, en cada paso que lo acercaba más y más a la puerta, rogaba porque no saliera ninguno de los delincuentes.

     En el estado de exaltación que atravesaba Iván, sus sentidos estaban más finos que nunca y él mismo no se explicaba cómo nadie más oía los sonidos de desesperación que emitía el joven. Al llegar a la puerta apoyó las manos en la pared y acercó la cabeza al borde del marco, pero con cuidado de no sobrepasarlo para que desde adentro no lo vieran, no se oía ningún ruido cercano, todos los que se oían provenían del fondo del ruinoso local. Se animó a asomarse, no había nadie, se dio vuelta para observar una vez más todas y cada una de las ventanas de los edificios, ninguna tenía luces prendidas, ninguna tenía cortinas corridas ni siquiera parcialmente, volvió a mirar hacia el interior del local, nadie se había quedado cuidando la puerta, señal de que no tenían mucha experiencia. Levantó la mano y temblorosa la extendió al interior, debería haber dado un paso para llegar cómodamente a agarrar el picaporte, pero en lugar de eso, se sostuvo de la pared con los dos pies juntos y se extendió tanto como pudo hasta tomarlo, la puerta se encontraba abierta de par en par, con su transpirada mano en el picaporte, miró por última vez hacia el interior, se oía al muchacho rubio intentar gritar, aunque ahora con menos ímpetu, como si finalmente hubiera aceptado su destino. Iván cerró la puerta lentamente y con un leve tirón hacia arriba se aseguró de que la dañada cerradura encaje y quedara trabada para que ya no pudiera abrirse sola y que nadie pudiera oír los cada vez más tenues gritos. Volteó, las ventanas estaban allí, igual que antes, vacías… igual que él lo estaba hace 15 minutos, pero no ahora, ahora tenía algo por lo que aguardar, algo como una semilla, una negra semilla germinando en este preciso momento, algo como una justicia poética o mejor aún, una venganza, que no es otra cosa que la justicia que uno mismo se proporciona, lo que la hace aún más satisfactoria.

    Volvió a cruzar la calle y subió las escaleras hasta su monoambiente, pero a diferencia de cuando bajó, esta vez lo hizo con sumo sigilo para asegurarse de no despertar a nadie, de no ser oído ni siquiera por los perros, cerró lentamente con llave en la oscuridad y se acurrucó calentito en su cama, se sentía liviano, como con un verde brote de alegría en el pecho que florecería en unas pocas horas en brillantes colores, tomó su celular y seleccionó la alarma que había activado hacía unos minutos, había decidido que faltaría al trabajo, que sería despertado por las sirenas de la policía y de la ambulancia a la hora que ellas consideren indicada y entonces se asomaría a la ventana y disfrutaría de que por un momento no sería él, el que estaría allí abajo, por un pequeño instante él sería el que observaría desde arriba y se regocijaría por dentro cosquilleándole las entrañas, aunque por fuera solo media sonrisa se le dibujara en el rostro, pero eso sería en unas cuantas horas. Tocó la pantalla. “Todas tus alarmas están desactivadas”.

    *

    SANTIAGO DARÍO LÓPEZ.

    Nacido en San Carlos de Bariloche (1989), su primer acercamiento a la literatura fue una vieja biblioteca de madera que tenía su madre, llena de libros muy distintos entre sí. Entre esos estantes empezó a leer sin demasiado orden, y así nació su interés por la literatura. Ese mismo entusiasmo lo llevó a la escuela, donde pasaba bastante tiempo en la biblioteca, leyendo y ampliando sus primeras lecturas. Ya en su adolescencia, ese recorrido se cruzó con la música. El Rap fue un espacio de aprendizaje importante, donde incorporó nociones de ritmo, estructura y cuidado por la palabra. Cuando esa etapa fue quedando atrás, la escritura siguió siendo un lugar propio. Ya entrados sus treinta años, el interés por la literatura volvió a despertar una vez más. Ese regreso se dio primero desde la poesía, a partir del descubrimiento de sus autores y de la lectura de sus obras, y luego desde el cuento. 

  • Juguete Rabioso: hoy compartimos «Nada», de Patricia Mercado

    Juguete Rabioso: hoy compartimos «Nada», de Patricia Mercado

    En la rutina doméstica, una mujer lava, repite y piensa, mientras algo imperceptible comienza a correrse de lugar. Un retrato preciso donde lo cotidiano se vuelve extraño y el vacío asoma sin aviso.

    La mujer lava los platos en la cocina.

    El agua caliente desengrasa mejor: esa idea cruza el páramo de su mediodía y dirige una mano hacia la canilla de la izquierda.

    Repasa la olla mientras el locutor y la locutora discuten acaloradamente en la pantalla del televisor que cuelga de la pared.

    El lavarropas chilla con voz aguda desde el lavadero, la luz marca el último tramo del programa de lavado.

    ¿Ella se enganchó en un engranaje y gira también?

    El gato se acomoda entre sus piernas en una danza de movimientos mínimos, precisos.

    Toma el detergente que tiene agua agregada al envase para llegar a fin de mes. Hace espuma, todavía. Por tercera vez repasa el tenedor que sigue sucio, con eso pegado. Cambia la esponja blanda por la de metal, sabe, lo sabe bien, que ese tenedor volverá a ensuciarse, aunque cambie la esponja.

    En cambio, no sabe cómo, la pila de enseres sucios de la noche anterior, pasó al lado derecho de la mesada, donde coloca las cosas lavadas para escurrir.

    Pone la pava y prepara el mate.

    El lavarropas sigue aferrado a su partitura automática. No lo escucha. Ni a la tele. A la sirena de la ambulancia, sí. Viene de la calle. La ventana del comedor está abierta.

    Saca la pava del fuego antes que hierva. Carga el termo.

    Arrastra la silla hasta el patio. Se sienta al lado del malvón. Ceba un mate y toma.

    No tiene hambre.

    Ni sed.

    Nada.

    Patricia Mercado

    PATRICIA MERCADO. Licenciada en Psicología Social. Fue docente de la UBA. Coordina el espacio Caligrafía Nómade. Publicó Deambular la inquietud (Ediciones Campo Grupal, 2024), Carne sin luz (Alción, 2011), Diccionario de equívocos (Alción, 2004 junto a Walter Vargas). Participó en numerosos libros colectivos. Fue redactora de las revistas especializadas Campo Grupal y Psicología Social Hoy. Es columnista de la revista Adynata.

  • Juguete Rabioso: hoy compartimos «Nada», de Patricia Mercado

    Juguete Rabioso: hoy compartimos «Nada», de

    En la rutina doméstica, una mujer lava, repite y piensa, mientras algo imperceptible comienza a correrse de lugar. Un retrato preciso donde lo cotidiano se vuelve extraño y el vacío asoma sin aviso.

    La mujer lava los platos en la cocina.

    El agua caliente desengrasa mejor: esa idea cruza el páramo de su mediodía y dirige una mano hacia la canilla de la izquierda.

    Repasa la olla mientras el locutor y la locutora discuten acaloradamente en la pantalla del televisor que cuelga de la pared.

    El lavarropas chilla con voz aguda desde el lavadero, la luz marca el último tramo del programa de lavado.

    ¿Ella se enganchó en un engranaje y gira también?

    El gato se acomoda entre sus piernas en una danza de movimientos mínimos, precisos.

    Toma el detergente que tiene agua agregada al envase para llegar a fin de mes. Hace espuma, todavía. Por tercera vez repasa el tenedor que sigue sucio, con eso pegado. Cambia la esponja blanda por la de metal, sabe, lo sabe bien, que ese tenedor volverá a ensuciarse, aunque cambie la esponja.

    En cambio, no sabe cómo, la pila de enseres sucios de la noche anterior, pasó al lado derecho de la mesada, donde coloca las cosas lavadas para escurrir.

    Pone la pava y prepara el mate.

    El lavarropas sigue aferrado a su partitura automática. No lo escucha. Ni a la tele. A la sirena de la ambulancia, sí. Viene de la calle. La ventana del comedor está abierta.

    Saca la pava del fuego antes que hierva. Carga el termo.

    Arrastra la silla hasta el patio. Se sienta al lado del malvón. Ceba un mate y toma.

    No tiene hambre.

    Ni sed.

    Nada.

    Patricia Mercado

    PATRICIA MERCADO. Licenciada en Psicología Social. Fue docente de la UBA. Coordina el espacio Caligrafía Nómade. Publicó Deambular la inquietud (Ediciones Campo Grupal, 2024), Carne sin luz (Alción, 2011), Diccionario de equívocos (Alción, 2004 junto a Walter Vargas). Participó en numerosos libros colectivos. Fue redactora de las revistas especializadas Campo Grupal y Psicología Social Hoy. Es columnista de la revista Adynata.

  • Juguete Rabioso: En la 11° entrega, compartimos «La novia», de Patricio Denegri

    Juguete Rabioso: En la 11° entrega, compartimos «La novia», de Patricio Denegri

    En un pueblo donde el rumor pesa más que la verdad, un crimen abre la puerta a algo más oscuro: la culpa, la superstición y una noche de tormenta que no distingue entre vivos y muertos.

    Domingo 19:12 hs.

    La anaranjada luz del atardecer se filtra por la puerta abierta de la comisaría y llega hasta el fondo del calabozo permitiendo que la sombra de los barrotes se le dibuje en el cuerpo a Tomás, que está sentado con los pies arriba del catre, con los codos apoyados en las rodillas, y con la cabeza escondida entre los brazos.

    Las libertades, o lo desestructurado de los pueblos chicos le ha permitido a Martín, de once años y hermano de Tomás, mediante permiso del comisario que los conoce desde borregos, tener unos minutos junto a su hermano.

    -Tenemos que hacer algo Tomás, no sabés las cosas que andan diciendo…

    -Ya está, Martín -Tomás habla desde el fondo del calabozo, sin levantar la cabeza y con una voz exhausta.

    -¿Cómo ya está boludo? Están diciendo pavadas Tomás, están diciendo que vos mataste a Gutiérrez, al Rubén, dicen que te lo llevaste puesto con la chata…

    -Ya está Martín.

    -¿El pueblo entero diciendo eso y vos no te vas a defender? -Martín está a punto de que se le salten las lágrimas.

    Desde el escritorio de la entrada se escucha la vos del oficial:

    -¡Pibito! ¡Dos minutos y arafue!

    Martín se queda en silencio, las manos aferradas a los barrotes, los ojos brillosos clavados en esa imagen derrotada de su hermano. Una imagen que nunca creyó ver. Tomás había sido, y era, todo para él. Lo crió después de que sus padres murieran en un accidente, cuando volvían de la ciudad hacía ya más de cinco años atrás.

    – ¿Fuiste vos? -consigue articular Martín con la voz quebrada.

    Y Tomás, al menos una parte de él, se muere por decirle la verdad, de gritarle que sí, que estaba borracho, que la Silvia lo dejó, y que dobló muy abierto y que no lo vio, ¡que eran las cuatro de la mañana! ¡Que qué carajo andaba haciendo el Rubén Gutiérrez a esa hora por ahí, en el camino para el cementerio! que lo primero que pensó fue en irse a la mierda, pero no, se quedó ahí, y ahí lo encontraron, sentado en el pasto, con los ojos rojos, a unos pocos metros del cuerpo. Pero no. No puede decirle eso. No puede decirle la verdad a Martín, porque si bien ahora no levanta la cabeza y no puede verle la cara, sabe de la mirada que tienen su hermano en este mismo momento. Son unos ojos que ruegan que no. Que él le desmienta lo que en las calles del pueblo circula. Son los mismos ojos que a menudo lo miran con idolatría, los que cuando él llega de la leñera lo reciben con orgullo. Él no puede decirle a Martín que él, que  su hermano, es ahora un asesino.

    Una parte de Tomás, la que planifica la excusa, rebusca en la memoria, y encuentra. Las historias junto al fogón, generalmente después del asado del domingo. Cuentos, leyendas del pueblo que al mismo tiempo aterran y encantan a su hermano pequeño.

    Apenas levanta la mirada.

    -No fui yo Martín. Fue la novia.

    Tomás alcanza a ver la mueca que mezcla el asombro y el horror en el rostro de su hermano. Un segundo después, el oficial esta junto a él y lo obliga a retirarse.

    *

    Domingo 22:28 hs.

    Marianela escucha los truenos desde la habitación. Le agradan, le sirven para acallar el constante cuchicheo que viene de la cocina que esta junto a su habitación. Quiere ir y mandarlos a todos a la mierda, ordenarle a los gritos que se vayan, que se vayan todos, que quiere estar sola. Pero no puede, no tiene fuerzas para levantarse, para despegarse de aquella almohada empapada por sus lágrimas. Y también sabe que no es culpa de ellos. Que ellos, sus padres, sus tíos, y sus vecinos de toda la vida, solo están preocupados por ella. Pero ese susurro constante que procura no molestarla… la está volviendo loca.

    Solo quiere poder estar en silencio. Llorar. Y pensar en Rubén, su Rubén. Poder imaginarlo, dibujarlo en su mente. No puede ser verdad. No puede estar muerto. Hoy mismo, en este mismo momento, él y ella estarían saliendo de la iglesia, casados.

    Marianela levanta la vista y ve el maniquí que está en el fondo de su habitación, junto al espejo. Calzado en él, el vestido que ella no usará, el vestido blanco que Rubén nunca verá. No sabe por qué, si guiada por la pena o el dolor, se deshace de su ropa y se lo pone. Y se mira en el espejo, y llora, y siente una puntada de fuego que le atraviesa el esternón. En un rapto de ira se rompe el vestido, le arranca partes, le hace agujeros. Pero nada le da paz. Se deja caer el velo sobre la cara. No soporta ver ni el reflejo de su propio rostro marcado por el dolor. Escucha los susurros de la cocina y no los aguanta más. Solo quiere estar con Rubén. Abre la ventana y los postigos de su habitación. Sale con su vestido de novia a la calle en el mismo momento en que la tormenta se desata.

    *

    Domingo 04:12 hs.

    Rubén recorre el camino de tierra. Agradece que sea una noche cálida de primavera porque si no se congelaría. Va en calzoncillos y camina a los tumbos porque lleva los pies atados con una soga, al igual que sus manos en la espalda. Los graciosos de sus amigos lo dejaron así, atado y en paños menores en el cementerio hace como quince minutos. Le deben faltar unos quince más para llegar al pueblo. Él suponía que su despedida de soltero iba a ser brava pero no creyó que iba a terminar así. Seguro que ahora esos cuatro hijos de puta se estarán tomando una cerveza en Barrabas, el único bar del pueblo.  El viento sacude los eucaliptus enormes que flanquean el camino. El pedregullo le lastima la planta de los pies, pero aun así, nada logra ponerlo de mal humor. Mañana se casa. Y con Marianela. Rubén se distrae de lo tedioso de la marcha rememorando los meses de conquista, los años de noviazgo.

    Pasa unos cinco minutos así, avanzando a paso de pingüino y con una sonrisa que se le dibuja en el rostro con cada recuerdo, cuando escucha el rugido de un motor que se acerca. Ve la luz amarillenta que se asoma por la calle que desemboca en el camino al cementerio. El rugido crece, no hay dudas que es una camioneta. Rubén se ilusiona con que sean sus amigos que regresan por él, o aunque sea un conocido que lo pueda llevar hasta su casa. La chata se aparece por entre los pajonales que crecen a las orillas de la calle, se bambolea, va a una velocidad demasiado alta, peligrosa. Dobla demasiado abierto y los faroles ovalados ciegan a Rubén. Intenta apartarse, pero con los pies atados, tropieza. Antes de caer al suelo la camioneta lo impacta de lleno en lo largo de su cuerpo. Rubén muere en el acto. Jamás se casará con Marianela.

    *

    Domingo 23:11 hs.

    Marianela camina en el barro. Su vestido de novia se arruina. Pero a ella poco le importa. Camina en la tormenta, bajo el agua, bajo los relámpagos que iluminan el cielo, bajo los rayos que se cortan en el cielo nocturno que se esconde tras los eucaliptus que custodian su camino. El camino al cementerio. El camino a Rubén.

    Su familia, la de Rubén no quiso ni velorio ni nada por el estilo. Incluso ninguno de ellos se acercó ni a darle su pésame. Ella sabe que nunca la aprobaron, y que solo acudirían a su casamiento porque amaban a Rubén. ¿Quién no amaba a Rubén?

    Ahora el cuerpo descansa en la cripta de su familia. Y Marianela irá hasta allí para estar con él. Para estar con él.

    *

    Lunes 02:14  hs.

    Martín aguarda. Agazapado junto al muro ennegrecido de una casa abandonada. Se resguarda allí de la tormenta que amenaza con no escampar en toda la noche. Aferra con firmeza y ambas manos una de las hachas de su hermano.

    No puede decirle la verdad al pueblo. Nadie creerá que su hermano es inocente. Se reirán de él cuando afirme que a Rubén lo mató la novia. Ese espíritu vengativo de una mujer que asesina hombres para vengarse de aquel que la abandono en el altar y la condujo al suicidio. Nadie le creerá. Martín sabe que con seguridad Tomás, todo lo que él tiene en la vida, se va a pudrir en la cárcel. Ni siquiera lo tendrá cerca, se lo llevarán a una de esas cárceles de ciudad, lejos, y él no lo verá nunca más. Y Martín está harto. Harto de no tener nada, harto de perderlo todo.

    Escucha algo como un susurro y levanta el hacha. ¿Puede matarse un espíritu asesino con un hacha? Se lo ha preguntado una y otra vez durante las horas que lleva escondido. No lo sabe. Ruega que sí.

    Asoma la cabeza por el hueco de la pared en donde antaño hubo una ventana. El camino está hecho un barrial, hace más de dos horas que no para de llover con una fuerza inusual. No ve nada, pero cuando mira hacia su izquierda, hacia el lado del cementerio, un relámpago colabora y por apenas dos segundos puede ver con claridad una figura que regresa. Que se acerca. Lleva un vestido. Martín siente que se le congela el corazón.

    El susurro se ha transformado en un lamento. La novia llora bajo el aguacero. Martín se ha arrastrado por un agujero en el muro, ha salido de la casa y ahora se esconde detrás de un árbol, oculto entre pastos largos que lo cubren. A medida que ella se acerca puede verla mejor. El vestido grisáceo, embarrado y harapiento. Los movimientos torpes, espasmódicos. El llanto continuo. El rostro oculto tras el velo y un pelo largo y oscuro que le cae desordenado sobre los hombros.

    EL corazón de Martín ya no está congelado, ahora da golpes violentos como si quisiera escaparse de su propio cuerpo. Piensa en Tomás, al que no sabe si podrá volver a ver.

    Martín salta de entre los pastos cuando la novia ha pasado justo por delante de él. Ella se gira sorprendida. Él da una patinada en el barro pero consigue recomponerse. Ella lanza un grito cuando ve el hacha en las manos del pequeño. Martín tras el velo, solo percibe dos cuencas oscuras y una mueca negra. Supone el rostro del horror. Y baja el hacha con todas sus fuerzas.

    Martín no necesita de otro golpe. El hacha rompe el pecho de Marianela. Ella cae en el barro. Su lamento cesa, y ahora su vestido, el que nunca vio ni verá Rubén, se tiñe con el rojo oscuro de la sangre.

    La tormenta no cesa, y Martín se pregunta si todos los fantasmas sangran de esa forma.

    Lunes 02:27 hs.

    La novia observa. Desde allí, desde el lugar en donde están los que no están. Ve al niño que bajo el agua, arrastra por el camino, por su camino, el cuerpo de una joven con un vestido de novia. Lo arrastra tirando desde los tobillos en dirección al pueblo, dejando un surco en el barro. En el pecho, la chica lleva incrustada un hacha.

    Desde allí, sin todavía decidir si hacerse presente o no, la novia ve junto a aquel alma en pena, la tristeza de ambos, del vivo y de la muerta. Ve la que ni la tormenta más grande podrá disipar, y se pregunta si ya no basta, si ya no es suficiente, con tanto dolor.

    *

    PATRICIO DENEGRI. Plottier, Neuquén Argentina. Publicaciones digitales en Historias Pulp, revista Insomnia, diario La mañana de Neuquén, y en el sitio del Cedie (Centro de documentación e información educativa Alicia Pifarre). Participó en Antologías 2021 y 2022 de la editorial Ofidia.En 2021 se publicó la colección de cuentos Los perros negros no traen mala suerte. En 2023 se publicó la novela Todos los pájaros de humo. En 2025 Publicó en la Antología En el susurro de los primigenios, de Editorial Tirnanog. En 2022 fue primer puesto del concurso de cuento de ciencia ficción “De Abreu”  organizado por la “Asociación venezolana de ciencia ficción”. En 2024 ganó el segundo premio del mismo certamen.

  • Juguete Rabioso: En la décima entrega de esta temporada, «La Condición de la Estrella», de  Viviana Núñez Cabral

    Juguete Rabioso: En la décima entrega de esta temporada, «La Condición de la Estrella», de Viviana Núñez Cabral

    Un fotógrafo marcado por una extraña condición: un beso en la frente capaz de apagar la vida. Entre memoria, violencia y amor, su don —o condena— lo enfrenta al límite entre la piedad y la muerte.

    Lo esperaba, tenía una peregrina idea en la cabeza sobre los procedimientos, pero el mazazo hizo que saltara sobre el banco de metal renovándole el frío en los muslos a través de la bermuda. Por instinto abrazó la mochila para evitar que los rollos se desparramaran en el piso. El equipo le golpeó el pecho que, gracias a la correa, se mantuvo colgando en su cuello. Adentro estallaron carcajadas.

    Imbéciles.

    Enseguida hubo golpes casi rítmicos como si trataran de picar una barra de hielo. El pensamiento voló al refugio de un recuerdo de la niñez, cuando todavía no se le había revelado la condición. Sobre una bolsa de arpillera limpia, prolijamente extendida en el mesón de madera, su papá y el tío martillaban un punzón para sacar cubos de extrañas geometrías que enfriaran las jarras de agua, o vino, o granadina. Si tenían suerte, podían capturar pequeños cristales y metérselos en la boca.

    No se metan muchos, que les va a doler la garganta.

    Alguien empezó a aserrar del otro lado. No tenía recuerdos coincidentes; lo más parecido era su padre serruchando tablas para arreglar alguna cosa de la casa. El abuelo sí tenía sierras, dos tenía y dos serruchos. Uno muy chiquito, que sin embargo era pesado para sus manos infantiles. Quería usarlos, aprender, pero siempre se le saltaban a la primera mordida, entonces venían la reprimenda y el secuestro de la herramienta. Con el martillo, a veces tenía mejor suerte. Pero si no, mejor era aguantarse el machucón en el dedo para poder seguir practicando.

    Deje de travesear y guarde esas herramientas.

    El ruido adentro es insoportable, agudo. Lo odia tanto como a los dentistas. De eso dicen que se murió su primo. De una infección. El dentista lo había atacado con ese aparato que le metía adentro de la boca y a la boca la tenía abierta como si fuera a tragarse entera la sandía, agarrada con unos fierros la tenía. Esa vez también esperaba del otro lado. Se asomó con desesperación cuando escuchó gritar a Ramoncito. Parecía el chancho que carneó una vez el tío para una navidad y que ninguno de ellos comió. Se hizo pis y alguien dijo que hubiera sido menos problema si se quedaba en la casa. Pero en la casa no quedaba nadie, todos salieron urgente para llevarlo a Ramón, que pegó el primer alarido cuando mordió la sandía y después se desmayó.

    Que no le pase nada, cuántas veces te dijo que tenía ese dolor.

    Se putean, se amenazan. Cayeron instrumentos, algún órgano tal vez. Que la sangre que la mierda que este enchastre que te voy a reventar la cabeza hijo de puta que te voy a cagar matando pará pará pará. Sale uno, violento, da un portazo. Pero no mira; aprendió a focalizar en lo importante. El padre de Ramoncito estaba rojo, transpirado, y los ojos se le iban saliendo de la cara cuando gritaba insultando a la tía. Ella, que era tan grandota al lado de él, no hacía otra cosa que llorar y se iba achicando como un trapo empapado. No lo quería al padre de Ramoncito, nadie lo quería. Quería irse a su casa, que su papá viniera, pero entró al dormitorio y como si no tuviera miedo, ni los viera, se enfocó en su primo. Estaba muy feo, todo hinchado, con un poco de sangre y baba en la cara; no le importó: mejoró su foco y lo miró directo a los ojos, todavía estaba ahí adentro. Se inclinó sobre él y le besó la frente. Ramoncito sonrió; se agarraron las manos.

    Las personas a veces se mueren porque necesitan descansar.

    Aquella habitación quedó en silencio y su primo al fin pudo dormir. En la sala habían menguado las voces, apenas se escuchaba algún intercambio de murmullos y el sonido apagado de cosas que se iban poniendo en orden. Suspiró. Sacó de la mochila unos hilos encerados y se puso a tejer una trama. El tipo violento volvió, se había cambiado el ambo. Antes de entrar hizo un gesto como para decirle algo, pero se arrepintió enseguida, en cambio le largó una mirada de reojo, mezcla de registro y demarcación. No hizo caso, mantuvo la atención en el diseño que tenía entre sus manos. Ya había recibido miradas de ese estilo: impersonales, de escaneo. Como los lectores que evalúan el precio de un producto en los supermercados. Antes no había esos lectores, pero sí esas miradas. Los compañeros de su papá miraban así.

    Dios sabrá por qué.

    Por mucho tiempo revisó esa escena minuciosamente en el recuerdo; como si se tratara de un rompecabezas intentaba descubrir la pieza adulterada, la faltante. No había nada que su mente infantil de entonces pudiera aportar para resolverlo. Se había levantado temprano, con la urgencia de orinar a pesar de la oscuridad que separaba la cama del baño. Un sonido familiar le trajo alivio, su papá estaba vestido, listo para irse a trabajar. Con un dedo sobre los labios le indicó que no hablara y escoltó su regreso del baño a la cama. Le cubrió hasta el mentón con las cobijas y le pasó el dedo por la nariz para que cierre los ojos y vuelva al sueño. En un impulso sacó los brazos y, tomándolo del cuello, atrajo hacia sí la frente de su padre y la besó. A la mañana siguiente se encontró en la casa velatoria junto a su mamá, sus abuelos y un sinnúmero de hombres vestidos de azul observándoles con esa mirada de costado. Cuando hablaban decían que eran familia, cuando miraban, no. Adentro reinaba el silencio.

    Es temprano todavía para despertarse.

    Parecía que todos se hubieran retirado por otra puerta. Podría dormir ahí mismo si no fuera por la situación y por el frío imperante del lugar. La dureza del banco no sería condicionante para su sueño. Así de rígido era el asiento del tren conque llegó, después de un día y medio de viaje, al lugar más ignoto de la Patagonia. Su nueva casa, su decisión. A unas semanas de su arribo, un cartero le entregaba el telegrama donde le avisaban que había muerto la abuela. Deambuló por calles desconocidas hasta llegar a la orilla del río donde se sentó a llorar. Al despedirse antes del viaje, en el portón de su casa, le corrió un mechón y besó la frente de su abuela. Entonces tomó conciencia de su estrella.

    Cuidate mucho, siempre cuidate.

    La puerta se abrió. Un tipo flaco, con el ambo manchado le indicó que ya podía pasar. El lugar estaba impecable, mejor que la primera vez que entró. Se habían esmerado en no dejar rastro del zafarrancho que causaron un rato antes. El único espectáculo ostensible estaba sobre la camilla. Cuando volvió a Buenos Aires lo hizo para cuidar la agonía de su abuelo. No merecía morir así; le habían rebajado la morfina porque el hospital no tenía insumos ni remedios. Y tenía cama porque una sobrina de él era médica y se la había conseguido. Dudó; se torturó tres noches seguidas, alentándose en los momentos de sueño y descanso del abuelo que cada vez eran menos. Se retaba a hacerlo bajo el pertinaz razonamiento, pero el estómago y la voluntad le impedían el gesto liberador. El abuelo gritaba y gemía aún dormido, entonces no tuvo corazón para negarse y en medio de un llanto estremecido, lo besó. Un hondo suspiro apagó los signos vitales, quitándole toda duda para su espanto.

    Me lo pedía el corazón.

    Los tipos no le sacaban los ojos de encima. La clásica broma del muerto agarrándose la poronga, no surtió el efecto que esperaban cuando entró antes. Hizo una sesión rápida; un rollo de doce para el frente, ahora carga otro de veinticuatro para espalda y detalles. Mintió algunos disparos; no como las bestias que lo habían acribillado. La Patagonia es ventosa porque el viento tiene dónde ser. Su condición hizo que se apartara del contacto con la gente. Se valió de su capacidad para escribir, redactando algunas notas para un diario regional. A falta de recursos desde la redacción, se compró una cámara de segunda para ilustrar sus publicaciones. Creció en el periodismo gráfico y le encomendaron todo tipo de registros. En los grandes latifundios aprendió mucho del poder verdadero. No pudo sustraerse a la tentación de besar el visor de la Canon antes del último disparo a un hacendado que celebraba la apropiación de tierras de varias comunidades junto a un diputado de turno. Fue un gesto infantil, un juego. Enfocó directo a la frente; el efecto fue inmediato y la conmoción de todos los presentes fue tal, que nadie se percató de su turbación. Un derrame cerebral, diagnosticaron. El diario y otros medios le ofrecieron fortunas por la última foto, pero la familia del occiso le ofreció mucho más.

    Mírame, mírame, mírame y no me toques.

    Manuel yacía abierto ante sus ojos. En la primera sesión se convenció de que dormía. Corrían juntos, registrando la violencia de los hidrantes y esquivando balas cuando quedaron al resguardo de un móvil volcado; en la inminencia de la hora se atrevió a abrirse y habló con verborragia de su mala estrella. Al salir de Télam, decidieron tomar una cerveza en un bar de Retiro. Después de la sexta botella, Manuel, emergiendo de un profundo silencio entre ambos, miró directo a sus ojos y le dijo que no quería morir de otro modo que no fuera con un beso suyo en la frente.

    Y se hicieron leyenda los dos amantes.

    Entre los presentes en la sala, estaba su asesino. Piensa en flores, enormes cantidades, pletóricas de colores, muchas flores rabiosas de rojos. Dispara sin mirar. Sólo ve flores en la geografía del cuerpo de él. No tienen idea de quién tienen delante. El centralismo porteño, tal vez, era una frontera más sólida que la cordillera. Ahora esa frontera protege su fama. La de Manuel, era suficiente como para que ellos lo consideraran una presa de coto. Germinan amarillos en las capas expuestas de su piel y al fin el rojo se repliega ante un manto naranja. Manuel amó la Patagonia y embelleció el tiempo de su mirada. Algún día tendrían su hogar allí, un pedacito de tierra, quizá algún arroyo cercano. Y su beso en la frente para cerrar los ojos.

    Ya despiértate nena sube al rayo al fin.

    Los tipos están inquietos, tanta pericia los incomoda. Sobre su cuerpo sin vida regaron balas sin sentido, como todos los perros hacen cuando uno mea para marcar el territorio. Pero hay uno, uno, que está deseoso de develar su destreza. Lo capta cuando está registrando los disparos certeros; ninguno en el rostro para no arruinar la presa. Es una presa con mensaje. Reconoce el sudor frío que amenaza delatarse en su ropa. Reacciona y pregunta quién entalló esos tiros. El estatus de la palabra cautiva a la bestia que sonríe triunfal y se declara protagonista con un gesto de manos apuntándose en el pecho. Levanta una ceja, besa el visor, hace foco y dispara.

    *

     Viviana Núñez Cabral

    VIVIANA NÚÑEZ CABRAL. Técnica en Política, Gestión y Comunicación; Gestora Cultural Universitaria; Diplomada en DDHH. Integra: Allan Verse, Colectiva de Escritoras Patagónicas y la Unión Argentina de Escritores y Escritoras. Publicó: 2017: 27 Lenguajes+1 Arte y Psicoanálisis (co-autoría).  2019: Taller de Tango, narrativa. Los días del vinagre, poesía. 2020: Vestido, en Grito de Mujer 2020 Mar del Plata. Colgado en la plaza, Chile en Vigilia. Antología Internacional de Poesía: Contra molinos de Viento. Mención Premio Nacional Manuel Mujica Láinez, Como el Paraná. 2021: Antología. Poemas que serán árboles. Voces invisibles, antología de Literatura Infantil Juvenil del FEN. Los días del vinagre en antología Poetas del Neuquén FEN. 2022: Bitácora, poesía. 2023: Tren Patagónico, poesía. 2024: Poesía del Sur de Neuquén; CeDIE. 2025: Romance de la Insolda. Romancero patagónico. (También en formato de radioteatro). Premio Nacional CFI 2020 por revista web Patagonia CulturaS. Participante de los Encuentros “Chileno Argentino de Escritores, Puerto Montt”. Dicta talleres en línea y presenciales de poesía erótica y narrativa

  • Juguete Rabioso: En la décima entrega de esta temporada, «La Condición de la Estrella», de Viviana Núñez Cabral

    Un fotógrafo marcado por una extraña condición: un beso en la frente capaz de apagar la vida. Entre memoria, violencia y amor, su don —o condena— lo enfrenta al límite entre la piedad y la muerte.

    Lo esperaba, tenía una peregrina idea en la cabeza sobre los procedimientos, pero el mazazo hizo que saltara sobre el banco de metal renovándole el frío en los muslos a través de la bermuda. Por instinto abrazó la mochila para evitar que los rollos se desparramaran en el piso. El equipo le golpeó el pecho que, gracias a la correa, se mantuvo colgando en su cuello. Adentro estallaron carcajadas.

    Imbéciles.

    Enseguida hubo golpes casi rítmicos como si trataran de picar una barra de hielo. El pensamiento voló al refugio de un recuerdo de la niñez, cuando todavía no se le había revelado la condición. Sobre una bolsa de arpillera limpia, prolijamente extendida en el mesón de madera, su papá y el tío martillaban un punzón para sacar cubos de extrañas geometrías que enfriaran las jarras de agua, o vino, o granadina. Si tenían suerte, podían capturar pequeños cristales y metérselos en la boca.

    No se metan muchos, que les va a doler la garganta.

    Alguien empezó a aserrar del otro lado. No tenía recuerdos coincidentes; lo más parecido era su padre serruchando tablas para arreglar alguna cosa de la casa. El abuelo sí tenía sierras, dos tenía y dos serruchos. Uno muy chiquito, que sin embargo era pesado para sus manos infantiles. Quería usarlos, aprender, pero siempre se le saltaban a la primera mordida, entonces venían la reprimenda y el secuestro de la herramienta. Con el martillo, a veces tenía mejor suerte. Pero si no, mejor era aguantarse el machucón en el dedo para poder seguir practicando.

    Deje de travesear y guarde esas herramientas.

    El ruido adentro es insoportable, agudo. Lo odia tanto como a los dentistas. De eso dicen que se murió su primo. De una infección. El dentista lo había atacado con ese aparato que le metía adentro de la boca y a la boca la tenía abierta como si fuera a tragarse entera la sandía, agarrada con unos fierros la tenía. Esa vez también esperaba del otro lado. Se asomó con desesperación cuando escuchó gritar a Ramoncito. Parecía el chancho que carneó una vez el tío para una navidad y que ninguno de ellos comió. Se hizo pis y alguien dijo que hubiera sido menos problema si se quedaba en la casa. Pero en la casa no quedaba nadie, todos salieron urgente para llevarlo a Ramón, que pegó el primer alarido cuando mordió la sandía y después se desmayó.

    Que no le pase nada, cuántas veces te dijo que tenía ese dolor.

    Se putean, se amenazan. Cayeron instrumentos, algún órgano tal vez. Que la sangre que la mierda que este enchastre que te voy a reventar la cabeza hijo de puta que te voy a cagar matando pará pará pará. Sale uno, violento, da un portazo. Pero no mira; aprendió a focalizar en lo importante. El padre de Ramoncito estaba rojo, transpirado, y los ojos se le iban saliendo de la cara cuando gritaba insultando a la tía. Ella, que era tan grandota al lado de él, no hacía otra cosa que llorar y se iba achicando como un trapo empapado. No lo quería al padre de Ramoncito, nadie lo quería. Quería irse a su casa, que su papá viniera, pero entró al dormitorio y como si no tuviera miedo, ni los viera, se enfocó en su primo. Estaba muy feo, todo hinchado, con un poco de sangre y baba en la cara; no le importó: mejoró su foco y lo miró directo a los ojos, todavía estaba ahí adentro. Se inclinó sobre él y le besó la frente. Ramoncito sonrió; se agarraron las manos.

    Las personas a veces se mueren porque necesitan descansar.

    Aquella habitación quedó en silencio y su primo al fin pudo dormir. En la sala habían menguado las voces, apenas se escuchaba algún intercambio de murmullos y el sonido apagado de cosas que se iban poniendo en orden. Suspiró. Sacó de la mochila unos hilos encerados y se puso a tejer una trama. El tipo violento volvió, se había cambiado el ambo. Antes de entrar hizo un gesto como para decirle algo, pero se arrepintió enseguida, en cambio le largó una mirada de reojo, mezcla de registro y demarcación. No hizo caso, mantuvo la atención en el diseño que tenía entre sus manos. Ya había recibido miradas de ese estilo: impersonales, de escaneo. Como los lectores que evalúan el precio de un producto en los supermercados. Antes no había esos lectores, pero sí esas miradas. Los compañeros de su papá miraban así.

    Dios sabrá por qué.

    Por mucho tiempo revisó esa escena minuciosamente en el recuerdo; como si se tratara de un rompecabezas intentaba descubrir la pieza adulterada, la faltante. No había nada que su mente infantil de entonces pudiera aportar para resolverlo. Se había levantado temprano, con la urgencia de orinar a pesar de la oscuridad que separaba la cama del baño. Un sonido familiar le trajo alivio, su papá estaba vestido, listo para irse a trabajar. Con un dedo sobre los labios le indicó que no hablara y escoltó su regreso del baño a la cama. Le cubrió hasta el mentón con las cobijas y le pasó el dedo por la nariz para que cierre los ojos y vuelva al sueño. En un impulso sacó los brazos y, tomándolo del cuello, atrajo hacia sí la frente de su padre y la besó. A la mañana siguiente se encontró en la casa velatoria junto a su mamá, sus abuelos y un sinnúmero de hombres vestidos de azul observándoles con esa mirada de costado. Cuando hablaban decían que eran familia, cuando miraban, no. Adentro reinaba el silencio.

    Es temprano todavía para despertarse.

    Parecía que todos se hubieran retirado por otra puerta. Podría dormir ahí mismo si no fuera por la situación y por el frío imperante del lugar. La dureza del banco no sería condicionante para su sueño. Así de rígido era el asiento del tren conque llegó, después de un día y medio de viaje, al lugar más ignoto de la Patagonia. Su nueva casa, su decisión. A unas semanas de su arribo, un cartero le entregaba el telegrama donde le avisaban que había muerto la abuela. Deambuló por calles desconocidas hasta llegar a la orilla del río donde se sentó a llorar. Al despedirse antes del viaje, en el portón de su casa, le corrió un mechón y besó la frente de su abuela. Entonces tomó conciencia de su estrella.

    Cuidate mucho, siempre cuidate.

    La puerta se abrió. Un tipo flaco, con el ambo manchado le indicó que ya podía pasar. El lugar estaba impecable, mejor que la primera vez que entró. Se habían esmerado en no dejar rastro del zafarrancho que causaron un rato antes. El único espectáculo ostensible estaba sobre la camilla. Cuando volvió a Buenos Aires lo hizo para cuidar la agonía de su abuelo. No merecía morir así; le habían rebajado la morfina porque el hospital no tenía insumos ni remedios. Y tenía cama porque una sobrina de él era médica y se la había conseguido. Dudó; se torturó tres noches seguidas, alentándose en los momentos de sueño y descanso del abuelo que cada vez eran menos. Se retaba a hacerlo bajo el pertinaz razonamiento, pero el estómago y la voluntad le impedían el gesto liberador. El abuelo gritaba y gemía aún dormido, entonces no tuvo corazón para negarse y en medio de un llanto estremecido, lo besó. Un hondo suspiro apagó los signos vitales, quitándole toda duda para su espanto.

    Me lo pedía el corazón.

    Los tipos no le sacaban los ojos de encima. La clásica broma del muerto agarrándose la poronga, no surtió el efecto que esperaban cuando entró antes. Hizo una sesión rápida; un rollo de doce para el frente, ahora carga otro de veinticuatro para espalda y detalles. Mintió algunos disparos; no como las bestias que lo habían acribillado. La Patagonia es ventosa porque el viento tiene dónde ser. Su condición hizo que se apartara del contacto con la gente. Se valió de su capacidad para escribir, redactando algunas notas para un diario regional. A falta de recursos desde la redacción, se compró una cámara de segunda para ilustrar sus publicaciones. Creció en el periodismo gráfico y le encomendaron todo tipo de registros. En los grandes latifundios aprendió mucho del poder verdadero. No pudo sustraerse a la tentación de besar el visor de la Canon antes del último disparo a un hacendado que celebraba la apropiación de tierras de varias comunidades junto a un diputado de turno. Fue un gesto infantil, un juego. Enfocó directo a la frente; el efecto fue inmediato y la conmoción de todos los presentes fue tal, que nadie se percató de su turbación. Un derrame cerebral, diagnosticaron. El diario y otros medios le ofrecieron fortunas por la última foto, pero la familia del occiso le ofreció mucho más.

    Mírame, mírame, mírame y no me toques.

    Manuel yacía abierto ante sus ojos. En la primera sesión se convenció de que dormía. Corrían juntos, registrando la violencia de los hidrantes y esquivando balas cuando quedaron al resguardo de un móvil volcado; en la inminencia de la hora se atrevió a abrirse y habló con verborragia de su mala estrella. Al salir de Télam, decidieron tomar una cerveza en un bar de Retiro. Después de la sexta botella, Manuel, emergiendo de un profundo silencio entre ambos, miró directo a sus ojos y le dijo que no quería morir de otro modo que no fuera con un beso suyo en la frente.

    Y se hicieron leyenda los dos amantes.

    Entre los presentes en la sala, estaba su asesino. Piensa en flores, enormes cantidades, pletóricas de colores, muchas flores rabiosas de rojos. Dispara sin mirar. Sólo ve flores en la geografía del cuerpo de él. No tienen idea de quién tienen delante. El centralismo porteño, tal vez, era una frontera más sólida que la cordillera. Ahora esa frontera protege su fama. La de Manuel, era suficiente como para que ellos lo consideraran una presa de coto. Germinan amarillos en las capas expuestas de su piel y al fin el rojo se repliega ante un manto naranja. Manuel amó la Patagonia y embelleció el tiempo de su mirada. Algún día tendrían su hogar allí, un pedacito de tierra, quizá algún arroyo cercano. Y su beso en la frente para cerrar los ojos.

    Ya despiértate nena sube al rayo al fin.

    Los tipos están inquietos, tanta pericia los incomoda. Sobre su cuerpo sin vida regaron balas sin sentido, como todos los perros hacen cuando uno mea para marcar el territorio. Pero hay uno, uno, que está deseoso de develar su destreza. Lo capta cuando está registrando los disparos certeros; ninguno en el rostro para no arruinar la presa. Es una presa con mensaje. Reconoce el sudor frío que amenaza delatarse en su ropa. Reacciona y pregunta quién entalló esos tiros. El estatus de la palabra cautiva a la bestia que sonríe triunfal y se declara protagonista con un gesto de manos apuntándose en el pecho. Levanta una ceja, besa el visor, hace foco y dispara.

    *

     Viviana Núñez Cabral

    VIVIANA NÚÑEZ CABRAL. Técnica en Política, Gestión y Comunicación; Gestora Cultural Universitaria; Diplomada en DDHH. Integra: Allan Verse, Colectiva de Escritoras Patagónicas y la Unión Argentina de Escritores y Escritoras. Publicó: 2017: 27 Lenguajes+1 Arte y Psicoanálisis (co-autoría).  2019: Taller de Tango, narrativa. Los días del vinagre, poesía. 2020: Vestido, en Grito de Mujer 2020 Mar del Plata. Colgado en la plaza, Chile en Vigilia. Antología Internacional de Poesía: Contra molinos de Viento. Mención Premio Nacional Manuel Mujica Láinez, Como el Paraná. 2021: Antología. Poemas que serán árboles. Voces invisibles, antología de Literatura Infantil Juvenil del FEN. Los días del vinagre en antología Poetas del Neuquén FEN. 2022: Bitácora, poesía. 2023: Tren Patagónico, poesía. 2024: Poesía del Sur de Neuquén; CeDIE. 2025: Romance de la Insolda. Romancero patagónico. (También en formato de radioteatro). Premio Nacional CFI 2020 por revista web Patagonia CulturaS. Participante de los Encuentros “Chileno Argentino de Escritores, Puerto Montt”. Dicta talleres en línea y presenciales de poesía erótica y narrativa