Para muchas personas, la jubilación representa el final de una etapa. Para Gabriela Cañone, en cambio, fue el comienzo de una nueva vida y por eso la entrevistamos para esta edición de El Diario de Vanesa.
Después de más de 30 años dedicados a la docencia, la profesora nacional de Inglés creyó que había llegado el momento de bajar el ritmo. Sin embargo, apenas cerró una puerta, comenzó a abrir muchas otras. El deporte, la música, los escenarios, las clases virtuales y el trabajo con adultos mayores le demostraron que todavía tenía mucho por descubrir.
A los 56 años, Gabriela corre varios kilómetros por semana, dicta clases en gimnasios, canta en eventos, trabaja con residentes de hogares geriátricos y continúa enseñando inglés. Su historia es la prueba de que la jubilación no siempre significa detenerse; a veces, significa animarse a empezar de nuevo.
Una vida dedicada a enseñar
La educación fue durante décadas el eje de su vida. Formada en una institución bilingüe, desarrolló su carrera en escuelas públicas y privadas, donde construyó una trayectoria marcada por el compromiso y la vocación.
«Siempre pensé que iba a trabajar toda mi vida en las escuelas», recuerda.
Las aulas, los proyectos institucionales, los encuentros con colegas y el contacto permanente con los alumnos formaron parte de su rutina durante más de tres décadas. Por eso, cuando llegó el momento de jubilarse, la decisión no fue sencilla.
Una pausa obligada
Lejos de ser un retiro soñado, la jubilación apareció como una necesidad. Después de atravesar situaciones personales difíciles y de sentir que el desgaste comenzaba a afectar su salud, comprendió que necesitaba detenerse.
«Me di cuenta de que era el momento de parar porque ya me estaba perjudicando», cuenta.
Pero aquella pausa no tardó en convertirse en movimiento.
Mientras muchas personas asocian la jubilación con el descanso permanente, Gabriela descubrió algo diferente: extrañaba las rutinas, el contacto con la gente y el sentido de pertenencia que le brindaba el trabajo.
«Uno piensa que ya no habrá más despertador, pero después se da cuenta de que sigue necesitando proyectos, desafíos y vínculos», reflexiona.
El deporte como motor
La actividad física siempre había estado presente en su vida, aunque después de jubilarse ocupó un lugar aún más importante. Entrenadora de spinning, stretching, pilates, hard combat y gimnasia aerolocalizada, encontró en el ejercicio una fuente constante de bienestar.
Corre entre tres y cuatro veces por semana y suele completar recorridos de unos siete kilómetros. Pero para ella, el deporte es mucho más que una cuestión física.
«Sirve para descargar tensiones y también para recargar energías», asegura.
Además, el gimnasio le permitió mantener algo que considera fundamental: el contacto con otras personas.
Porque si algo aprendió después de dejar la actividad formal es que los vínculos también necesitan movimiento.
La voz que apareció para sanar
Si el deporte la ayudó a mantenerse activa, la música le permitió sanar.
Gabriela asegura que cantar llegó a su vida en momentos de profunda angustia y se transformó en un refugio emocional.
«Mi voz llegó justo a tiempo», resume.
La música, en realidad, siempre estuvo presente. Incluso durante sus años como docente la utilizaba dentro del aula para conectar con los alumnos.
Recuerda que muchas veces, cuando los chicos estaban inquietos, comenzaba a cantar y el clima cambiaba por completo.
«Ahí entendía que la música realmente tiene un poder especial», dice.
Con el tiempo, esa pasión comenzó a ocupar cada vez más espacio.
Del aula al escenario
Cuando la jubilación le permitió disponer de más tiempo, Gabriela empezó a presentarse a castings y a buscar oportunidades para desarrollar una faceta artística que durante años había quedado relegada.
Las puertas comenzaron a abrirse poco a poco.
Una de las experiencias más significativas fue su interpretación de Tita Merello en televisión, una actuación que mostró toda la personalidad y la presencia escénica que había construido con los años.
Pero para ella, cantar va mucho más allá del espectáculo.
Subirse a un escenario significa dejar atrás las preocupaciones y entregarse por completo al momento.
«Es una transformación. Es darlo todo y recibir la energía que vuelve desde el público», explica.
Una nueva misión con los adultos mayores
La reinvención también la llevó por un camino inesperado. A partir de una experiencia puntual, comenzó a trabajar en residencias geriátricas realizando actividades vinculadas a la musicoterapia.
Allí logró unir dos de sus grandes pasiones: la enseñanza y la música.
Hoy acompaña a adultos mayores a través de canciones, juegos y propuestas que estimulan la memoria, las emociones y los vínculos.
Y cada vez que ve una sonrisa, un recuerdo que vuelve o una emoción que despierta, confirma que eligió el camino correcto.
El arte de reinventarse
Cuando le preguntan cómo hizo para reinventarse tantas veces, Gabriela responde con una naturalidad que parece esconder una enorme fortaleza.
«Creo que la vida misma es reinventarse», afirma. Lo hizo cuando tuvo que enfrentar momentos difíciles en lo personal. Lo hizo cuando se convirtió en madre. Lo hizo cuando la jubilación la obligó a replantear su rutina.
Y lo sigue haciendo cada día. Porque para ella quedarse quieta nunca fue una opción.
A su manera
Hay una canción que resume gran parte de su historia. Se trata de «A mi manera», el clásico que interpreta con frecuencia en distintos eventos y que considera una especie de declaración personal.
La letra habla de decisiones, de caminos recorridos y de la posibilidad de mirar hacia atrás sin arrepentimientos.
Algo de eso hay en la vida de Gabriela.
Hoy elige con más libertad que nunca cómo ocupar su tiempo, qué proyectos abrazar y qué cosas dejar atrás.
La jubilación, lejos de apagar sus sueños, le permitió volver a encontrarse con ellos.
Y mientras sigue enseñando, entrenando, cantando y acompañando a otras personas, demuestra que algunas etapas no terminan cuando se cierra una puerta.
A veces, simplemente comienzan de otra manera.
Lo que nos dijo Gabriela Cañone, donde cada final es un principio
Mi nombre es Gabriela Cañone, tengo 56 años. A lo largo de toda mi vida me he dedicado, y me sigo dedicando, a distintas actividades, siempre desde la pasión por lo que elegí hacer.
Soy profesora nacional de Inglés y durante muchos años trabajé en escuelas estatales y privadas. También tuve y sigo teniendo alumnos particulares hasta el día de hoy.
Además, soy entrenadora. Me gusta mucho la actividad física. Doy clases de spinning, stretching, pilates, hard combat y gimnasia aerolocalizada. También me gusta correr; lo hago tres o cuatro veces por semana, recorriendo aproximadamente siete kilómetros.
Y, además, soy cantante. La música me apasiona y ha sido un gran cable a tierra a lo largo de toda mi vida.
Hoy, cuando te preguntan a qué te dedicás, ¿qué respondés? Fuiste profesora nacional de Inglés durante muchos años. ¿Qué extrañás del día a día con los alumnos y cuándo sentiste que había llegado el momento de jubilarte?
Bueno, como les decía, soy profesora nacional de Inglés. Me formé en una institución bilingüe y trabajé allí y en muchas otras instituciones estatales y privadas durante más de 30 años.
De esa etapa, tal vez lo que más extraño es el contacto diario con mis colegas: las planificaciones, los proyectos institucionales, los encuentros y el intercambio de experiencias. Los nombro primero porque con los niños todavía sigo teniendo contacto.
Me jubilé durante la pandemia y, desde ese momento, emprendí mi negocio online. Gracias a la virtualidad, sigo ejerciendo la docencia y manteniendo ese vínculo que tanto disfruto.
Sabemos que la docencia requiere mucha paciencia, manejo de la voz y conducción de grupos. ¿Notás que esas herramientas hoy te sirven para dar clases de fitness o subirte a un escenario?
Sí, por supuesto. Toda la experiencia que me brindó la docencia la puedo aplicar hoy en distintos ámbitos.
Me sirve para plantarme frente a una clase en un gimnasio, para organizar y conducir un show, y también para una actividad que descubrí en esta etapa de mi vida: la musicoterapia en residencias geriátricas.
A partir de una experiencia puntual, comencé a trabajar con adultos mayores y toda mi formación docente me ayuda a planificar actividades y generar propuestas que conecten con ellos. Además, puedo unirlo con la música, que es algo que me apasiona profundamente.
Llega el día de jubilarse. ¿Cómo fue para vos? ¿Qué se te pasó por la cabeza? ¿Te propusiste no quedarte quieta y dedicarte a todo aquello que te apasionaba?
En realidad, creo que me jubilé más por necesidad que por decisión.
Siempre decía que iba a trabajar toda mi vida en las escuelas porque disfrutaba muchísimo lo que hacía. Más allá del desgaste o del cansancio que implica trabajar con niños, me sentía muy cómoda.
Pero a veces la vida te golpea con situaciones que generan un cansancio extra. Llegó un momento en que mi salud comenzó a verse afectada y entendí que necesitaba parar.
Por esa misma razón, hoy no puedo quedarme quieta. De hecho, creo que trabajo una cantidad de horas similar a la que trabajaba cuando estaba en plena actividad docente.
Para muchas personas la jubilación es sinónimo de quietud. En tu caso, ¿el deporte comenzó como una recomendación de salud o fue una pasión de toda la vida que ahora ocupa más espacio?
La jubilación definitivamente no fue sinónimo de quietud para mí.
Cuando llega ese momento uno piensa que ya no habrá más despertadores a las cinco y media o seis de la mañana. Pero con el paso de los días y de los meses te das cuenta de que, siendo joven, con apenas 50 años, dejás de pertenecer a un sistema y empezás a extrañar muchas cosas.
Extrañás prepararte para salir, elegir tu ropa, tener rutinas y responsabilidades. Entonces comprendés que la vida no termina ahí y que podés continuar desarrollando otras actividades que siempre te apasionaron.
En mi caso, el gimnasio siempre formó parte de mi vida. Durante muchos años di clases de gimnasia. Después de jubilarme retomé esa actividad de una manera diferente, sin tantas presiones, pero con el tiempo volví a comprometerme, a planificar clases y a asumir responsabilidades.
Hoy forma parte de mi vida porque me gusta, porque me hace bien y porque también me permite mantener mi círculo social.
¿Qué le dirías a alguien de tu edad que cree que ya es tarde para empezar a entrenar? ¿El movimiento sirve más para descargar tensiones o para recargar energía?
Hoy la actividad física ocupa un lugar muy importante en la vida de muchas personas adultas, y eso es algo muy positivo.
Es cada vez más común ver personas mayores haciendo musculación, actividades aeróbicas o ejercicios cardiovasculares. También es habitual ver gente caminando o corriendo en las plazas.
Creo que la actividad física cumple ambas funciones: ayuda a descargar tensiones y, al mismo tiempo, recarga energías. La mayoría de las personas busca justamente eso cuando comienza a entrenar.
Te vimos en televisión interpretando a Tita Merello con muchísima personalidad. ¿El canto era una asignatura pendiente o te animaste a desarrollarlo plenamente en esta etapa?
La música formó parte de mi vida desde siempre.
No la considero una asignatura pendiente, pero sí es cierto que cuando uno tiene una actividad principal, muchas veces las pasiones quedan en segundo plano porque toda la energía está puesta en el trabajo.
Cuando tuve más tiempo disponible, comencé a presentarme en distintos castings y poco a poco se fueron abriendo puertas.
La reciente presentación en televisión es un ejemplo de eso. Siempre digo que cada escenario me fue llevando al siguiente. En esta etapa de mi vida pude desarrollar mucho más esa faceta artística.
¿Qué te pasa por el cuerpo cuando te subís a un escenario después de todo lo que viviste?
Subirme a un escenario implica transformarme.
Significa dejar de lado las preocupaciones y entregarme por completo al público.
Me ocurre algo similar cuando me subo a una bicicleta o cuando estoy frente a una clase. Me meto en ese rol y doy todo de mí.
Quizás con la música se siente aún más intensamente, porque uno entra dentro de una canción y tiene que transmitir emociones para llegar al otro.
Es algo maravilloso. No me genera cansancio; al contrario, me recarga de energía.
Además, el público siempre devuelve lo que uno entrega. Es un ida y vuelta permanente. Uno da algo desde el escenario y recibe mucho a cambio. Por eso siempre termino llena de energía.
Te reinventaste muchas veces. ¿Cómo se hace?
Creo que la vida misma consiste en reinventarse.
Tuve que hacerlo en distintos momentos, especialmente desde lo personal. Si no hubiera buscado salir adelante, no habría podido criar a mis hijos ni construir todo lo que vino después.
Cuando me jubilé tuve el mismo pensamiento: debía reinventarme y comenzar una nueva etapa de una manera diferente.
Para mí es necesario reinventarse. No podría quedarme quieta ni permanecer en una zona de confort. Reinventarse es tener ganas de seguir viviendo y creciendo.
Dicen que la voz es el reflejo del alma. ¿Qué sanó tu voz?
Creo que mi voz llegó justo a tiempo.
Apareció en momentos en los que atravesaba mucha angustia y descubrí que cantar me ayudaba enormemente. Muchas veces me refugié en la música.
También la utilicé en mi vida profesional con los niños. Siempre sentí que la música sana y ayuda.
Recuerdo que cuando un aula se desordenaba, muchas veces comenzaba a cantar y de inmediato se generaba un silencio absoluto. Ahí entendía que realmente la música tiene un poder especial.
Hoy también acompaño a muchos adultos mayores a través de la música. Es muy hermoso encontrar refugio en una pasión. Para mí, la música fue una herramienta fundamental para sanar.
¿Alguna vez se cerró un telón? Y si fue así, ¿cuándo decidiste volver a abrirlo con más fuerza?
Sí, claro. Un telón se cierra cada vez que termina una etapa.
En mi caso, esa etapa se cerró de manera forzosa cuando tuve que dejar la actividad docente.
Pero el telón volvió a abrirse cuando regresé al sistema educativo desde otro lugar, cuando volví a conectarme con los chicos, con las familias y con mis colegas.
Ahí sentí que volvía a insertarme en el mundo social y laboral.
Para ir cerrando, ¿hay alguna canción que se haya convertido en tu himno de batalla? ¿Quién es Gabriela hoy cuando apoya la cabeza en la almohada?
Sí, hay una canción que considero mi himno de batalla: “A mi manera”.
La interpreté muchas veces y también la canto con frecuencia en distintos eventos.
Creo que refleja bastante mi forma de vivir. Es una etapa en la que elijo. Elijo qué quiero para mi vida y qué ya no quiero.
Lo que no me hace bien deja de formar parte de mi camino. Lo que me genera demasiado estrés intento dejarlo atrás. Con el tiempo aprendemos a valorar lo positivo, el optimismo y la buena energía.
Por eso siento que esa canción me representa y que muchas personas también se sienten identificadas con ella.
¿Qué te da más satisfacción: los aplausos de un show o ver los progresos de tus alumnos en el gimnasio?
Soy una persona muy perfeccionista.
Planifico y trabajo para que las cosas salgan bien. No voy improvisada a un show, como tampoco voy improvisada a una clase.
Por eso valoro mucho la devolución de la gente. Tengo la costumbre de pedir opiniones después de cada actividad, ya sea a quien me contrató o a los padres de un alumno.
No porque necesite elogios, sino porque me interesa saber qué gustó, qué funcionó y qué se puede mejorar.
La satisfacción que me genera un aplauso es muy similar a la que siento cuando un alumno disfruta una clase o alcanza sus objetivos.
En ambos casos, es la confirmación de que el trabajo fue bien hecho. Y eso es lo que más valoro.
Espero que les haya gustado esta edición de El Diario de Vanesa, y ¡será hasta la próxima!









