La cuarta Marcha Federal Universitaria llegó a su momento central este martes frente a Casa Rosada, donde la multitud cantó el himno a las 17 horas y comenzaron los discursos que precedieron a la lectura del documento final con los reclamos al Gobierno.
Uno de los oradores fue Anselmo Torres, rector de la Universidad Nacional de Río Negro (UNRN), quien lanzó una advertencia directa: «Está en riesgo la democracia, la plena vigencia del estado de derecho». Sostuvo que restringir el derecho a protestar, emplear la represión policial y desconocer leyes aprobadas por el Congreso nacional constituyen amenazas concretas a la convivencia democrática.
«Una sociedad empieza a quebrarse cuando deja de dolerle el sufrimiento del otro», afirmó Torres, y remarcó que limitar derechos, demorar acciones judiciales o discriminar por pensar diferente pueden dañar de forma irreparable el sistema democrático.
El rector fue explícito en los reclamos: «Exigimos que el Gobierno cumpla con la ley de financiamiento universitario, la voluntad democrática del Congreso y las decisiones de la Justicia». Rechazó además la posibilidad de «condenar a millones de jóvenes a privarse del derecho a estudiar», y aclaró que el ajuste y la crisis económica, aunque relevantes, no explican por sí solos el peligro que enfrenta el sistema educativo.
Torres cerró su discurso destacando el carácter histórico de la jornada. «Nos encontramos en la calle y dijimos que el otro sí nos importa. Nos importan los trabajadores, los jubilados, las personas con discapacidad, los estudiantes», concluyó ante la multitud reunida en Plaza de Mayo.
Dos integrantes de la Corte Suprema argentina han promovido cambios recientes en el mecanismo de selección de juezas y jueces a nivel nacional, proponiendo reducir el margen de apreciación subjetivo y la discrecionalidad al tiempo de las entrevistas. Este hecho nos invita a reflexionar sobre una discusión a la que Argentina vuelve una y otra vez de manera notable y curiosa: la necesidad urgente de dotar de mínimos democráticos y republicanos a la toma de decisiones públicas. Reconocer este problema es, en parte, admitir un gran déficit en la materia; de hecho, es posible afirmar que padecemos de una baja calidad institucional que funciona casi como una política de Estado.
Por un lado, vemos que instituciones como los Consejos de la Magistratura se «exportaron» desde otros sistemas hacia el nuestro. Al observar los resultados, cabe reflexionar: ¿Alguien se preguntó si eran compatibles con la matriz cultural, social e institucional de nuestra realidad? Aunque la respuesta no sea clara, es una sensación generalizada que el acceso a los poderes judiciales no siempre se basa en el mérito, las credenciales académicas o la trayectoria profesional.
El recorrido hacia la discrecionalidad continúa cuando el pliego de la persona seleccionada por el Consejo de la Magistratura llega al Poder Legislativo para su aprobación. Allí nos topamos nuevamente con la falta de institucionalidad: si el pliego es rechazado, nadie fundamenta ni da las razones de esa decisión.
Finalmente, la propia Corte argentina es ella misma protagonista de este movimiento institucional de no fundamentar las decisiones, ya que muchas veces simplemente rechaza su intervención mediante el recurso extraordinario federal sin dar explicación alguna.
Como puede advertirse rápidamente, el problema es mucho más profundo y se vincula con la autopercepción de cada actor en su propio espacio institucional, donde siempre sobran los justificativos para no dar razones de las decisiones públicas. Esta «sin razón democrática» se disfraza siempre en motivos de «poder», ya que es sabido que el poder posee vocación por mayor poder y así lo hace saber. Frente a esto, la propuesta debe ser propositiva y remitirnos al artículo 1 de la Constitución argentina: la república supone la obligación de dar fundamentos en toda decisión pública y que estos sean racionales y razonables. No es posible la ausencia de fundamentos, ni tampoco cualquier fundamento.
Si volvemos al tema del rechazo de los pliegos legislativos, nos encontramos con una clara tensión entre la «facultad discrecional política» que argumenta tener el legislador para no fundamentar su rechazo, y el derecho que tiene la persona “ganadora” del concurso por ante el Consejo de la Magistratura a conocer las razones de su rechazo en el ámbito legislativo. ¿Cómo se resuelve este conflicto? Siempre con más institucionalidad y mayor democracia concluyendo en el deber de fundamentar el voto negativo. Una manera posible de lograrlo es generando estándares o criterios objetivos de esos fundamentos, de modo tal que en cada votación se vayan consolidando y sirvan de guía ineludible.
Adoptar este mecanismo eliminará el autoritarismo que implica no dar explicaciones, contemplará el derecho individual de la persona cuyo pliego es rechazado y finalmente, pero no por ello menos importante, permitirá que la sociedad conozca las razones que invoca el legislador según esos estándares fijados. Si todos ganan con este sistema, resulta válido preguntarse por qué existe tanta resistencia a implementarlo. La respuesta es simple y preocupante: porque el poder posee mayor vocación de poder, consolidando una tipología de poder que perpetúa nuestra baja calidad institucional y que se niega a ver que el ejercicio de sus atribuciones constitucionales debería buscar, ante todo, la realización democrática del bienestar general de la comunidad.
Hoy se cumplen 50 años del golpe de Estado de 1976. Fue anunciado, y favorecido, por un gran descontento, crecido en la sociedad, acerca del gobierno de Isabel (María Estela) Perón. Los militares conjuraron, la izquierda política alentó, los partidos políticos se hicieron los distraídos, el gremialismo colaboró todo lo que pudo. Resultado: la peor dictadura de la historia argentina.
Medio siglo es mucho tiempo. Con mucho esfuerzo y sangre derramada, la democracia retornó para conducir el país, en 1983. Se sostuvo el orden institucional, pese a las crisis: la rebelión carapintada, la hecatombe económica, el adelanto en el traspaso del poder, la asunción de Carlos Menem, el programa de convertibilidad, la agonía del programa de convertibilidad, la asunción de Fernando De la Rúa, el estallido de 2001, los gobiernos previsionales, la asunción de Néstor Kirchner en 2003, y después Cristina, y después Macri, y después Alberto Fernández y la pandemia, y, finalmente, Javier Milei.
Ha sido medio siglo durante el que no se repitió un golpe de Estado como aquellos a los que estábamos acostumbrados, pero en el que sí hubo muchos “golpecitos” disfrazados. Y, sobre todo, una gran relatividad institucional, una insatisfacción popular casi permanente, un muestrario de las deficiencias e impotencias concretas de la democracia argentina.
En definitiva, pasó medio siglo y los argentinos todavía no estamos bien. Ahora mismo, hoy, habrá movilizaciones contradictorias, pues muchos, dentro de esas movilizaciones, alentarán el fin del actual gobierno, porque “no puede haber nada peor”, o porque es el equivalente a aquella dictadura; mientras, el gobierno, se defiende afirmando que los mismos que están en su contra son parte de aquel terrorismo que eclosionó y perjudicó a todos y que después se pretendió ocultar y romantizar: todo muy parecido al clima de agitación propiciatoria que hubo en el proceso previo al golpe de Estado de 1976.
No, no estamos bien los argentinos, fundamentalmente porque nos cuesta una enormidad hacer coincidir la felicidad (siempre relativa) con la democracia.
Neuquén, en este contexto, no difiere demasiado en las razones profundas del malestar incómodo. Pero, al menos, se destaca por razones de estructura económica (la producción de hidrocarburos en gran escala, en un momento clave) e interpretación política mayoritaria sobre esa importancia, con foco en que esa posibilidad se derrame sobre los ciudadanos que aquí viven.
Neuquén procesa heridas similares, con sus desaparecidos, con sus torturados, con sus sobrevivientes, y amasa, entre el descontento y la esperanza, una opción, que puede ser para el país todo.
La comunidad rionegrina se reunió en una jornada de reflexión para consolidar el compromiso con la democracia, la verdad y la justicia, al cumplirse 50 años del golpe cívico-militar de 1976. En distintas ciudades se realizaron actos, marchas y actividades culturales que pusieron en valor la memoria colectiva y reafirmaron la consigna histórica del “Nunca Más”.
En Bariloche, el intendente Walter Cortés encabezó el acto central en el Centro Cívico y destacó que la fecha invita a valorar la democracia y la libertad como pilares de la vida en comunidad. Subrayó que la libertad implica responsabilidad colectiva y llamó a fortalecer la unidad, el diálogo y el trabajo conjunto como camino para construir una ciudad más inclusiva. “Una ciudad crece cuando sus vecinos se sienten parte”, expresó, remarcando que el progreso solo es posible desde la generosidad y el respeto.
En Bariloche el acto central se realizó en el Centro Cívico, destacando la democracia y la libertad como pilares de la vida comunitaria
En Viedma, el intendente Marcos Castro lideró la conmemoración en la Municipalidad, acompañado por organizaciones de Derechos Humanos, familiares de víctimas y vecinos. El subsecretario de Derechos Humanos, Juan Manuel Chironi, recordó que “acá también pasó”, aludiendo a las huellas que dejó la dictadura en la comarca. Cielo Talmitte, de la Asociación de Familiares y Víctimas del Terrorismo de Estado, advirtió sobre discursos actuales que invisibilizan procesos estructurales y reivindicó el rol de Madres y Abuelas de Plaza de Mayo como faros de lucha. Castro, por su parte, llamó a mantener viva la memoria en cada espacio y reafirmó la consigna del “Nunca Más”. La jornada incluyó música en vivo y la inauguración de un mural en homenaje a la campaña “Florecerán Pañuelos”, además de una intervención simbólica en el puente Ferrocarretero con el despliegue de un pañuelo gigante visible desde ambas ciudades.
En Roca, una multitud se movilizó bajo la consigna de Memoria, Verdad y Justicia. Organismos de Derechos Humanos encabezaron la marcha desde la Plaza Manuel Belgrano, acompañados por vecinos, sindicatos, estudiantes y militancia social. La movilización recorrió el centro de la ciudad, reafirmando el compromiso con los derechos humanos y la memoria histórica.
En Cipolletti, el acto se realizó en la plaza San Martín, donde se descubrió un nuevo monumento con la frase “Memoria, Verdad y Justicia”. La Asamblea Multisectorial distribuyó material informativo sobre los desaparecidos locales y la marcha avanzó hasta la Comisaría Cuarta, señalada como centro de detención ilegal durante la dictadura. Allí se realizaron intervenciones simbólicas antes de regresar al punto de inicio.
Cada ciudad aportó su voz y su gesto en una jornada marcada por el respeto y el compromiso colectivo. Río Negro reafirmó que la memoria no es solo recuerdo, sino también guía para construir un presente y un futuro más justo, inclusivo y democrático.
La comunidad rionegrina se reunió en una jornada de reflexión para consolidar el compromiso con la democracia, la verdad y la justicia, al cumplirse 50 años del golpe cívico-militar de 1976. En distintas ciudades se realizaron actos, marchas y actividades culturales que pusieron en valor la memoria colectiva y reafirmaron la consigna histórica del “Nunca Más”.
En Bariloche, el intendente Walter Cortés encabezó el acto central en el Centro Cívico y destacó que la fecha invita a valorar la democracia y la libertad como pilares de la vida en comunidad. Subrayó que la libertad implica responsabilidad colectiva y llamó a fortalecer la unidad, el diálogo y el trabajo conjunto como camino para construir una ciudad más inclusiva. “Una ciudad crece cuando sus vecinos se sienten parte”, expresó, remarcando que el progreso solo es posible desde la generosidad y el respeto.
En Bariloche el acto central se realizó en el Centro Cívico, destacando la democracia y la libertad como pilares de la vida comunitaria
En Viedma, el intendente Marcos Castro lideró la conmemoración en la Municipalidad, acompañado por organizaciones de Derechos Humanos, familiares de víctimas y vecinos. El subsecretario de Derechos Humanos, Juan Manuel Chironi, recordó que “acá también pasó”, aludiendo a las huellas que dejó la dictadura en la comarca. Cielo Talmitte, de la Asociación de Familiares y Víctimas del Terrorismo de Estado, advirtió sobre discursos actuales que invisibilizan procesos estructurales y reivindicó el rol de Madres y Abuelas de Plaza de Mayo como faros de lucha. Castro, por su parte, llamó a mantener viva la memoria en cada espacio y reafirmó la consigna del “Nunca Más”. La jornada incluyó música en vivo y la inauguración de un mural en homenaje a la campaña “Florecerán Pañuelos”, además de una intervención simbólica en el puente Ferrocarretero con el despliegue de un pañuelo gigante visible desde ambas ciudades.
En Roca, una multitud se movilizó bajo la consigna de Memoria, Verdad y Justicia. Organismos de Derechos Humanos encabezaron la marcha desde la Plaza Manuel Belgrano, acompañados por vecinos, sindicatos, estudiantes y militancia social. La movilización recorrió el centro de la ciudad, reafirmando el compromiso con los derechos humanos y la memoria histórica.
En Cipolletti, el acto se realizó en la plaza San Martín, donde se descubrió un nuevo monumento con la frase “Memoria, Verdad y Justicia”. La Asamblea Multisectorial distribuyó material informativo sobre los desaparecidos locales y la marcha avanzó hasta la Comisaría Cuarta, señalada como centro de detención ilegal durante la dictadura. Allí se realizaron intervenciones simbólicas antes de regresar al punto de inicio.
Cada ciudad aportó su voz y su gesto en una jornada marcada por el respeto y el compromiso colectivo. Río Negro reafirmó que la memoria no es solo recuerdo, sino también guía para construir un presente y un futuro más justo, inclusivo y democrático.
Cada 24 de marzo Argentina vuelve a nombrar tres palabras que ya forman parte de su identidad democrática: Memoria, Verdad y Justicia. No son solo consignas. Son el resultado de una lucha histórica que atravesó generaciones y que convirtió a nuestro país en un faro internacional en materia de derechos humanos.
Foto: Marcelo Martínez
Este año la memoria tiene una densidad especial. Se cumplen cincuenta años del inicio de la dictadura más sangrienta de nuestra historia, inaugurada con el golpe de Estado de 1976. Medio siglo después, la pregunta sigue siendo profundamente política: qué hacemos con esa memoria y qué democracia queremos construir a partir de ella.
El terrorismo de Estado no fue solo un proyecto militar. Fue un sistema de disciplinamiento social que buscó imponer miedo, silencio y obediencia. Miles de personas fueron secuestradas, torturadas y desaparecidas porque pensaban distinto, porque militaban, porque soñaban con una sociedad más justa.
Pero también fue la expresión extrema de un orden cultural que exaltaba la autoridad, la jerarquía y la idea del “hombre fuerte” como garante del orden.
Foto Archivo «Río Negro»
En ese sentido, la dictadura también puede leerse como el despliegue de un poder profundamente masculinizado que convirtió la dominación en forma de gobierno. Un modelo de poder basado en la fuerza, la jerarquía y el disciplinamiento, que intenta reprimir la diferencia y controlar todo aquello que se percibe como amenaza: la militancia política, las juventudes organizadas, las mujeres que disputaban espacios de participación política y social y las identidades que desafiaban la norma.
El terrorismo de Estado fue también un intento de imponer una forma única de vivir, sentir y pensar.
Pero la historia argentina demuestra que ningún proyecto basado en el miedo logra borrar del todo el deseo de justicia.
Foto Archivo «Río Negro»
Cuando el silencio parecía imponerse, comenzaron a aparecer las primeras grietas en ese orden autoritario. Mujeres que salieron a la calle con una pregunta simple y devastadora: ¿dónde están nuestros hijos e hijas?
Las rondas de las Madres de Plaza de Mayo, y más tarde el trabajo incansable de las Abuelas de Plaza de Mayo, transformaron el dolor en una de las luchas más profundas de la historia democrática contemporánea. Con sus pañuelos blancos desafiaron a la dictadura, pero también a los mandatos culturales que pretendían relegarlas al silencio.
En un contexto dominado por la lógica del poder masculino y militarizado, ellas construyeron otra forma de hacer política: una política de la memoria, del cuidado y de la persistencia. Aquella lucha, profundamente ética y colectiva, abrió un camino que hoy forma parte del ADN democrático de la Argentina.
También es necesario recordar que el terrorismo de Estado operó en una sociedad atravesada por normas patriarcales y heteronormativas. Las personas del colectivo LGBTIQ+ y otras identidades disidentes vivían en un contexto de persecución, estigmatización y violencia institucional y social que se intensificó durante la dictadura.
Muchas de esas historias quedaron durante años fuera de los relatos oficiales de la memoria, no porque no existieran, sino porque durante mucho tiempo no existieron condiciones sociales para nombrarlas. Recuperarlas hoy es parte de una memoria democrática más amplia.
En ese recorrido histórico, la ampliación de derechos conquistada en democracia —como la histórica Ley de Identidad de Género— también puede leerse en diálogo con ese mismo proceso colectivo que busca garantizar dignidad y reconocimiento para todas las personas.
La memoria, entonces, no es un archivo cerrado. Es un campo de disputa.
Foto: Marcelo Ochoa
Y en esa disputa también aparece la responsabilidad de quienes fuimos socializados en modelos de masculinidad. Si durante décadas los modelos de poder se construyeron sobre la lógica de la dominación y el silencio, el desafío democrático del presente también pasa por transformar esas formas de vincularnos con el poder.
Pensar las masculinidades en clave democrática implica romper con la idea de que la autoridad se sostiene en la fuerza. Implica construir vínculos basados en el cuidado, en la responsabilidad colectiva y en el reconocimiento de la diversidad.
En nuestra región, la memoria también tiene un rostro propio. En Neuquén, la defensa de los derechos humanos encontró una voz firme y profundamente comprometida en la figura de Jaime de Nevares. En los años más duros del terrorismo de Estado, cuando el miedo buscaba paralizar a la sociedad, el obispo neuquino decidió ponerse del lado de quienes eran perseguidos.
Acompañó a familias, denunció violaciones a los derechos humanos y promovió espacios de organización social que permitieron sostener la esperanza democrática en la región. Su compromiso también fortaleció la tarea de organismos como la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos, dejando una huella profunda en la historia política y social de la Patagonia.
Recordar ese legado es recordar que la democracia no se defiende solo en los grandes centros políticos: se construye también en los territorios, en las comunidades y en las personas que, incluso en los momentos más oscuros, deciden ponerse del lado de la dignidad humana.
Por eso, a cincuenta años del golpe, el 24 de marzo sigue siendo una fecha que interpela el presente.
En tiempos en los que resurgen discursos que relativizan el terrorismo de Estado o intentan banalizar la memoria colectiva, defender la democracia también implica defender la verdad histórica y el legado de quienes lucharon para que el horror no vuelva a repetirse.
Y cada vez que la sociedad argentina vuelve a marchar para decir Nunca Más, reafirma algo fundamental: que la democracia se construye todos los días, en las instituciones, en las calles y también en las formas en que decidimos convivir.
Porque la memoria, cuando se vuelve compromiso colectivo, también es una pedagogía de futuro.
Cada 24 de marzo Argentina vuelve a nombrar tres palabras que ya forman parte de su identidad democrática: Memoria, Verdad y Justicia. No son solo consignas. Son el resultado de una lucha histórica que atravesó generaciones y que convirtió a nuestro país en un faro internacional en materia de derechos humanos.
Foto: Marcelo Martínez
Este año la memoria tiene una densidad especial. Se cumplen cincuenta años del inicio de la dictadura más sangrienta de nuestra historia, inaugurada con el golpe de Estado de 1976. Medio siglo después, la pregunta sigue siendo profundamente política: qué hacemos con esa memoria y qué democracia queremos construir a partir de ella.
El terrorismo de Estado no fue solo un proyecto militar. Fue un sistema de disciplinamiento social que buscó imponer miedo, silencio y obediencia. Miles de personas fueron secuestradas, torturadas y desaparecidas porque pensaban distinto, porque militaban, porque soñaban con una sociedad más justa.
Pero también fue la expresión extrema de un orden cultural que exaltaba la autoridad, la jerarquía y la idea del “hombre fuerte” como garante del orden.
Foto Archivo «Río Negro»
En ese sentido, la dictadura también puede leerse como el despliegue de un poder profundamente masculinizado que convirtió la dominación en forma de gobierno. Un modelo de poder basado en la fuerza, la jerarquía y el disciplinamiento, que intenta reprimir la diferencia y controlar todo aquello que se percibe como amenaza: la militancia política, las juventudes organizadas, las mujeres que disputaban espacios de participación política y social y las identidades que desafiaban la norma.
El terrorismo de Estado fue también un intento de imponer una forma única de vivir, sentir y pensar.
Pero la historia argentina demuestra que ningún proyecto basado en el miedo logra borrar del todo el deseo de justicia.
Foto Archivo «Río Negro»
Cuando el silencio parecía imponerse, comenzaron a aparecer las primeras grietas en ese orden autoritario. Mujeres que salieron a la calle con una pregunta simple y devastadora: ¿dónde están nuestros hijos e hijas?
Las rondas de las Madres de Plaza de Mayo, y más tarde el trabajo incansable de las Abuelas de Plaza de Mayo, transformaron el dolor en una de las luchas más profundas de la historia democrática contemporánea. Con sus pañuelos blancos desafiaron a la dictadura, pero también a los mandatos culturales que pretendían relegarlas al silencio.
En un contexto dominado por la lógica del poder masculino y militarizado, ellas construyeron otra forma de hacer política: una política de la memoria, del cuidado y de la persistencia. Aquella lucha, profundamente ética y colectiva, abrió un camino que hoy forma parte del ADN democrático de la Argentina.
También es necesario recordar que el terrorismo de Estado operó en una sociedad atravesada por normas patriarcales y heteronormativas. Las personas del colectivo LGBTIQ+ y otras identidades disidentes vivían en un contexto de persecución, estigmatización y violencia institucional y social que se intensificó durante la dictadura.
Muchas de esas historias quedaron durante años fuera de los relatos oficiales de la memoria, no porque no existieran, sino porque durante mucho tiempo no existieron condiciones sociales para nombrarlas. Recuperarlas hoy es parte de una memoria democrática más amplia.
En ese recorrido histórico, la ampliación de derechos conquistada en democracia —como la histórica Ley de Identidad de Género— también puede leerse en diálogo con ese mismo proceso colectivo que busca garantizar dignidad y reconocimiento para todas las personas.
La memoria, entonces, no es un archivo cerrado. Es un campo de disputa.
Foto: Marcelo Ochoa
Y en esa disputa también aparece la responsabilidad de quienes fuimos socializados en modelos de masculinidad. Si durante décadas los modelos de poder se construyeron sobre la lógica de la dominación y el silencio, el desafío democrático del presente también pasa por transformar esas formas de vincularnos con el poder.
Pensar las masculinidades en clave democrática implica romper con la idea de que la autoridad se sostiene en la fuerza. Implica construir vínculos basados en el cuidado, en la responsabilidad colectiva y en el reconocimiento de la diversidad.
En nuestra región, la memoria también tiene un rostro propio. En Neuquén, la defensa de los derechos humanos encontró una voz firme y profundamente comprometida en la figura de Jaime de Nevares. En los años más duros del terrorismo de Estado, cuando el miedo buscaba paralizar a la sociedad, el obispo neuquino decidió ponerse del lado de quienes eran perseguidos.
Acompañó a familias, denunció violaciones a los derechos humanos y promovió espacios de organización social que permitieron sostener la esperanza democrática en la región. Su compromiso también fortaleció la tarea de organismos como la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos, dejando una huella profunda en la historia política y social de la Patagonia.
Recordar ese legado es recordar que la democracia no se defiende solo en los grandes centros políticos: se construye también en los territorios, en las comunidades y en las personas que, incluso en los momentos más oscuros, deciden ponerse del lado de la dignidad humana.
Por eso, a cincuenta años del golpe, el 24 de marzo sigue siendo una fecha que interpela el presente.
En tiempos en los que resurgen discursos que relativizan el terrorismo de Estado o intentan banalizar la memoria colectiva, defender la democracia también implica defender la verdad histórica y el legado de quienes lucharon para que el horror no vuelva a repetirse.
Y cada vez que la sociedad argentina vuelve a marchar para decir Nunca Más, reafirma algo fundamental: que la democracia se construye todos los días, en las instituciones, en las calles y también en las formas en que decidimos convivir.
Porque la memoria, cuando se vuelve compromiso colectivo, también es una pedagogía de futuro.
El secretario de Cultura del Municipio, Gustavo Santos, detalló las actividades previstas para los próximos días, con motivo de conmemorarse los 50 años del último golpe de Estado en Argentina.
El calendario incluye la inauguración de la Plaza de la Memoria «Rodolfo Fito Teberna»; actividades en el Teatro San José y espectáculos de danza en los barrios.
En el marco de la conmemoración por los 50 años del Golpe de Estado del 24 de marzo de 1976, el Teatro San José llevará adelante el 5º Encuentro de la Memoria.
Las actividades se desarrollarán del 23 al 27 de marzo y consistirán en funciones especiales para colegios secundarios y también para público en general.
La propuesta incluirá funciones teatrales del prestigioso Elenco de Teatro de la Universidad Nacional de Cuyo, con la obra “Tercero Incluido”, de Eduardo Pavlosvky, y proyecciones de películas nacionales vinculadas a la época de la dictadura.
Además, la Secretaría de Cultura organiza el programa “Calle Cultural, a 50 años del Golpe de Estado. Celebramos la Democracia”, que incluirá realizar presentaciones de danza en las plazas de los barrios, entre el 21 y 26 de marzo, para promover los valores democráticos.
A 50 años del golpe de Estado de 1976, un estudio de opinión pública muestra que la memoria sobre lo ocurrido sigue vigente en la sociedad argentina, aunque comienzan a observarse cambios en la mirada de los sectores más jóvenes.
Durante una entrevista en el programa Más Vale Tarde por AM Cumbre 1400, el referente de Zuban Córdoba, Facundo Londero, presentó los resultados de la encuesta realizada a nivel nacional.
En diálogo con los periodistas, explicó que cerca del 70 % de los argentinos considera importante mantener viva la memoria de la dictadura, mientras que un 66 % prefiere la democracia por sobre cualquier otra forma de gobierno.
Según detalló, existe un consenso amplio en torno a la memoria, la verdad y la justicia, pese al crecimiento de discursos que intentan relativizar ese período.
Percepciones sobre la dictadura
El estudio indica que un 60 % de la población interpreta la dictadura como un plan sistemático de violación de derechos humanos, frente a un sector menor que la considera una respuesta al terrorismo.
Estos datos reflejan la persistencia de una mirada crítica sobre ese período histórico.
Foto: Zuban Córdoba
Democracia y descontento
Si bien la democracia mantiene un respaldo mayoritario, el informe advierte sobre un desgaste en la valoración cotidiana, vinculado a la crisis económica y social.
Este escenario genera tensiones entre el apoyo al sistema y la insatisfacción con su funcionamiento.
El foco en las juventudes
Uno de los puntos más relevantes del estudio es el comportamiento de los jóvenes, donde el apoyo a la democracia desciende al 55 %.
Además, crece la indiferencia frente a los sistemas de gobierno, lo que marca un cambio respecto a generaciones anteriores.
En ese sentido, se advierte que las nuevas generaciones presentan una mayor permeabilidad a discursos de derecha, en un contexto global de cambios ideológicos.
El rol de la educación
El informe también señala que una parte importante de la sociedad considera insuficiente la formación en valores democráticos dentro del sistema educativo.
Este aspecto aparece como uno de los desafíos centrales para fortalecer la vida institucional a futuro.
El estudio abre así un escenario de análisis sobre la evolución de la memoria colectiva en la Argentina, donde conviven consensos históricos con nuevas tensiones generacionales.
La entrevista
Facundo Londero, referente de Zuban Córdoba, habló sobre un estudio de opinión pública a 50 años del golpe de Estado y las percepciones actuales sobre memoria, democracia y juventudes.
—Pregunta: ¿Qué analizaron en este estudio? —Respuesta: Consultamos sobre los valores de memoria, verdad y justicia, y sobre lo que dejó la última dictadura. Encontramos un consenso generalizado en la sociedad sobre la importancia de mantener viva la memoria.
—Pregunta: ¿Qué muestran los datos principales? —Respuesta: Casi un 70 % de los argentinos considera importante recordar lo ocurrido durante la dictadura. También hay un fuerte respaldo a la democracia como sistema de gobierno.
—Pregunta: ¿Cómo se posiciona la sociedad frente a los discursos actuales? —Respuesta: Han crecido discursos de derecha que cuestionan lo sucedido, pero no lograron cambiar el consenso general. Siguen siendo posiciones minoritarias.
—Pregunta: ¿Qué percepción hay sobre la dictadura? —Respuesta: Un 60 % considera que fue un plan sistemático de violación de derechos humanos, frente a un 20 % que lo interpreta como una guerra contra el terrorismo.
—Pregunta: ¿Qué pasa con la democracia hoy? —Respuesta: Hay respaldo, pero también desgaste. La crisis económica y social genera descontento, aunque la mayoría sigue prefiriendo la democracia.
—Pregunta: ¿Qué diferencias se ven en las juventudes? —Respuesta: Ahí aparecen cambios. Solo un 55 % de los jóvenes considera que la democracia es la mejor forma de gobierno y crece la indiferencia.
—Pregunta: ¿Qué rol juega la educación en esto? —Respuesta: La mayoría cree que no se está formando lo suficiente en valores democráticos. Es un punto clave a trabajar.
Este domingo 15 de marzo, a las 18.00 hs, en la plaza Marcelo Berbel de Vega Maipú, el grupo de danzas folclóricas Las Mutisias inaugurará el ciclo “Calle Cultural – Celebramos la Democracia”. Será una jornada de baile y música, con mucha alegría, invitando a vecinos y vecinas a encontrarse, participar y celebrar juntos en el espacio público.
Este ciclo, organizado por la Secretaría de Cultura y la Subsecretaría de Juntas Vecinales en conmemoración de los 50 años del último Golpe de Estado, propone la presentación -durante el mes de marzo- de grupos de danza locales en distintos barrios de la ciudad, generando espacios de encuentro comunitario como forma de promover los valores democráticos.
Además, en el marco de la conmemoración por los 50 años del Golpe de Estado del 24 de marzo de 1976, el Teatro San José llevará adelante el 5º Encuentro de la Memoria. Las actividades se desarrollarán del 23 al 27 de marzo y consistirán en funciones especiales para colegios secundarios y también para público en general.
La propuesta incluirá funciones teatrales del prestigioso Elenco de Teatro de la Universidad Nacional de Cuyo, con la obra “Tercero Incluido”, de Eduardo Pavlosvky, y proyecciones de películas nacionales vinculadas a la época de la dictadura.
El 5º Encuentro de la Memoria tiene como objetivo generar espacios de encuentro, diálogo y reflexión a través del arte, acercando a las nuevas generaciones los hechos que marcaron la historia argentina para promover una mirada comprometida con la democracia y los derechos humanos.
Desde la Secretaría de Cultura se invita especialmente a instituciones educativas, estudiantes, docentes y a toda la comunidad a participar de esta programación conmemorativa.
¿Cómo reservar entradas?
Docentes que deseen concurrir con estudiantes deben comunicarse telefónicamente con la Secretaría de Cultura al (02972) 427315, INT 362, o por WhatsApp al 2972537772, desde las 8:00 hasta las 15:00 hs. Se recomienda hacer la reserva con la mayor antelación posible a fin de asegurarse el espacio y poder planificar el traslado de los alumnos y docentes.
Público en general puede retirar entradas en el teatro, desde el 16 de marzo, de lunes a viernes de 8:00 a 20:00 h.