Que está viejo. Que juega en una liga menor. Que ya no corre como antes. Que perdió el desequilibrio en el uno contra uno. Que juega de los recuerdos y del apellido. Que le quita espacio a la renovación. Bienvenidos, una vez más, a los expertos del pesimismo.
Mientras las críticas se acumulan, Lionel Messi sigue respondiendo donde más le gusta: dentro de la cancha. Y cuando el Mundial 2026 abrió oficialmente sus puertas, fue el capitán argentino quien volvió a marcar el camino. Porque pasan los años, cambian los nombres, se renuevan las generaciones, pero Messi sigue ahí. El campeón sigue ahí.
Kansas City fue testigo de una nueva función del mejor futbolista del mundo. Más de 50 mil argentinos colmaron las tribunas para verlo y millones siguieron la presentación desde todos los rincones del planeta. No era un partido más: era la aparición del vigente campeón del mundo, del dueño de la Copa, del hombre que todavía obliga a todos los rivales a tomar nota.
Argentina no la pasó bien en varios pasajes del encuentro. Argelia, un rival intenso y ordenado, confirmó los elogios previos de Lionel Scaloni. “Juega como Marruecos”, había advertido el entrenador. Y durante buena parte de la primera etapa quedó claro por qué.
Más allá de un cabezazo peligroso de Lautaro Martínez y un gol correctamente anulado a Messi, el conjunto africano encontró espacios en el mediocampo argentino y generó preocupación. Chaibi, justamente portador de la camiseta número 10, se movió con libertad a espaldas de Rodrigo De Paul y fue una de las figuras de su equipo. Incluso llegó a convertir un golazo que silenció por unos instantes a los hinchas argentinos, hasta que el VAR apareció para invalidarlo.
La Selección necesitaba ordenarse. Juntarse. Recuperar el control. Y fue entonces cuando apareció una conexión de las que quedan grabadas. De Paul, que alternaba errores y aciertos, sacó un pase extraordinario, de esos que rompen líneas y desarman defensas. La pelota llegó a Messi y el resto fue una secuencia conocida: control orientado, perfil zurdo y definición letal. Un movimiento repetido cientos de veces, pero que sigue siendo imposible de detener.
El gol alivió la presión del debut, aunque no solucionó todos los problemas. Thiago Almada se mostraba como una opción permanente para asociarse con Messi, mientras Lautaro parecía desconectado de la dinámica ofensiva. La entrega estaba intacta, pero las decisiones no encontraban destino. En defensa, Facundo Medina sufría algunos desajustes y Emiliano Martínez debía mantenerse siempre alerta ante cualquier avance rival.
Los cambios tampoco modificaron de inmediato el desarrollo, aunque sí ayudaron a inclinar lentamente la balanza. Con Gonzalo Montiel y luego con Nicolás González, Argentina ganó equilibrio. El mediocampo se sintió más protegido y el equipo comenzó a encontrar paciencia para administrar la ventaja. Messi, mientras tanto, seguía esperando su momento.
Y llegó.
Las bandas comenzaron a ser una herramienta más frecuente, aparecieron espacios por dentro y crecieron las posibilidades de rematar desde media distancia. En una de esas acciones, el capitán volvió a demostrar que su relación con la pelota pertenece a otra dimensión. Tras un rebote que pudo haber sido mejor resuelto por el arquero Zidane, Messi no remató: acarició el balón. Lo amortiguó con precisión quirúrgica y definió de derecha para empezar a sentenciar la historia.
El espectáculo ya estaba garantizado. Los hinchas podían regresar felices. El equipo podía dormir tranquilo. Pero Messi nunca se conforma.
Su tercer gol de la noche tuvo un significado que excedió el resultado. No sólo le permitió alcanzar a Miroslav Klose como máximo goleador histórico de los Mundiales con 16 tantos. También fue una declaración de principios. Un mensaje dirigido a las otras 47 selecciones que sueñan con levantar la Copa.
El campeón sigue vivo. Y su capitán también.
Porque mientras algunos insisten en anunciar su final, Messi continúa escribiendo capítulos. Porque la corona todavía tiene dueño. Y porque si alguien quiere arrebatársela a la Argentina, primero deberá encontrar la forma de detener al hombre que sigue desafiando al tiempo.









