En junio de 1872, Mariano Bejarano, oficial del ejército argentino, inició un viaje hacia las profundidades del Neuquén. Enviado por el Ministerio de Guerra y Marina, su misión tenía un doble propósito: establecer contacto con los caciques del «País de las Manzanas», especialmente Sayhueque, y recopilar información estratégica sobre el territorio, sus recursos y las fuerzas indígenas.
Tras semanas de travesía, soportando temporales y el desafío de los terrenos inhóspitos, Bejarano llegó a los toldos de Sayhueque en Caleufú. Allí, el cacique lo recibió con la hospitalidad característica de su pueblo, pero bajo una atmósfera de prudencia. Para el líder mapuche, Bejarano no era solo un emisario, sino un potencial espía.
Sayhueque, sabiendo que el oficial venía a evaluar la fortaleza de sus tierras y recursos, diseñó una estrategia para proyectar una imagen controlada. Según el diario de Bejarano, el cacique se mostró reservado y diplomático, limitándose a responder lo necesario. Le permitió observar sus tierras, participar en reuniones y hasta presenciar una boleada de avestruces, todo cuidadosamente calculado para evitar revelar información crucial.
Lo que Bejarano no sabía era que detrás de esta fachada pacífica, Sayhueque ocultaba la verdadera magnitud de su poder. Mientras el oficial creía estar recopilando datos precisos, el cacique le mostraba solo lo que quería que viera: un ejército aparentemente reducido y un pueblo que aparentaba una situación menos favorable de la real.
Entre los datos que Bejarano recopiló, destacó su evaluación de que las fuerzas combinadas de Sayhueque y otros caciques no superaban los 800 guerreros. Este cálculo, erróneo pero intencionadamente manipulado por Sayhueque, fue clave para que el cacique preservara una ventaja estratégica frente al gobierno argentino.
Además, Sayhueque permitió que el oficial compartiera tiempo con otras comunidades y observase sus costumbres, pero siempre bajo su supervisión y control. El cacique también supo manejar los rumores que lo vinculaban con Chile, devolviendo banderas chilenas que un emisario le había llevado con el mensaje: “Yo soy argentino.” Este gesto reforzó su posición como aliado del gobierno argentino, mientras mantenía abiertas sus relaciones con otras naciones.
Tras casi tres meses, Bejarano regresó a Carmen de Patagones. En su informe, presentó los datos recopilados, pero el relato mostraba más vacíos que certezas. El oficial concluyó que la región era estratégica y recomendó el establecimiento de una guarnición en el cruce de los caminos hacia Salinas Grandes. Sin embargo, no pudo proporcionar información concluyente sobre la capacidad militar de los mapuches ni sus verdaderas intenciones.
El cacique Sayhueque no solo logró preservar la integridad de su pueblo frente a un emisario extranjero, sino que utilizó el encuentro para reforzar su posición diplomática y militar. Su estrategia de engaño no se basó en la confrontación, sino en la manipulación inteligente de lo que mostraba y ocultaba. La visita de Bejarano, lejos de debilitar su posición, reafirmó el poder estratégico del cacique en el sur.